Curiosidades científicas sobre los tatuajes

Tatuarse la piel es una costumbre muy antigua, como ponen de manifiesto los dibujos hallados en la piel de la famosa momia Ötzi, cuyo origen se remonta a hace más de cinco mil años.

Pero este no es el único detalle científico que se esconde detrás del arte de tatuar, pues para hacerlo es necesario tener unos conocimientos básicos sobre la fisiología de la piel, pues esta tiende a renovarse cada cierto tiempo, pudiendo llevarse con ella el dibujo en caso de no haberse hecho correctamente.

 

Con el fin de evitar que esto ocurra, los tatuadores introducen la tinta en la dermis, una capa que, al ser más profunda que la epidermis, se encuentra protegida del descamamiento y el deterioro ocasionado por agentes externos, como la luz del sol.

 

Esto no salva a los pigmentos del ataque del sistema inmune, que interpreta el tatuaje como la herida que es y envía hasta allí un regimiento de glóbulos blancos. Afortunadamente, aunque estos "soldados" degradarán parte del tejido teñido, las moléculas de pigmento son demasiado grandes para ser retiradas totalmente, por lo que el tatuaje permanecerá en su sitio, afectado por poco más que una leve inflamación.

 

 

Tatuarse, un hábito que parece ser bueno para la salud

 

Aunque todavía existen algunas personas que siguen asociando los tatuajes a tipos duros y maleantes, lo cierto es que es una práctica cada vez más común, que puede observarse en hombres y mujeres de cualquier edad.

 

De hecho, muchos estudios científicos han contribuido a demostrar los beneficios que aporta para nuestra salud, tanto física como psicológicamente.

 

Un claro ejemplo es el de un estudio reciente llevado a cabo por científicos de la Universidad de Alabama, que demostró los efectos beneficiosos sobre el sistema inmune que tiene tatuarse. Y es que, como ya hemos visto, la primera vez que nos tatuamos, nuestras defensas se ponen en guardia ante la tinta que invade el organismo, pero si volvemos a hacerlo más adelante éstas se irán reforzando, como si de una vacuna se tratase.

 

 

En principio, al no tratarse de algo tan peligroso como otros objetos de adicción, acudir con mucha regularidad a nuestro tatuador de confianza no tiene por qué ser un motivo de preocupación, aunque cuando se convierte en un hábito insistente, que interfiere con el desarrollo normal de nuestras vidas, sí que debemos preocuparnos. Pero, ¿a qué se debe este impulso incontrolable?

 

Más allá de las connotaciones personales de cada uno, del mismo modo que ocurre con otras adicciones, la culpa de que algunas personas se enganchen a los tatuajes la tiene la liberación de sustancias como las endorfinas, que son producidas por la glándula pituitaria y el hipotálamo como respuesta natural al dolor lógico de que nuestra piel sea perforada por una aguja.

 

El problema es que esto actúa sobre los sistemas de recompensa del cerebro, produciendo una sensación de placer que se hace cada vez más necesaria y dando lugar a una adicción similar a la de otros compuestos, como la morfina.

 

No es necesario ser un adicto para arrepentirse

 

A veces no necesitamos sentir un impulso incontrolable para hacernos tatuajes de los que terminaremos arrepintiéndonos. Caprichos inconfesables de juventud, nombres de ex parejas y un largo etcétera se encuentran grabados en la piel de miles de personas a las que les encantaría retroceder en el tiempo para eliminar el momento en el que se les pasó por la cabeza hacérselo.

 

Y como el tema de los viajes en el tiempo todavía tiene unos cuantos asuntos que pulir para poder llevarse a cabo, la startup Ephemeral ha presentado este año una tinta diseñada para ser eliminada después de un año, debido a que las moléculas de pigmento, mucho más pequeñas que las convencionales, pueden ser capturadas fácilmente por las células del sistema inmune, que acabarán dando buena cuenta de ellas.

 

Si pasado un año estais seguros de que hicisteis lo correcto, siempre podéis recurrir a los tatuajes de toda la vida, pero hay que reconocer que tener una oportunidad para arrepentirse es una gran suerte. Eso sí, si aún así os acabáis haciendo algo de lo que os terminéis avergonzando, la ciencia no se hace responsable; eso ya es cosa vuestra.

 

Etiquetas: curiosidadessalud

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