Consumo de ansiolíticos. Un mejor control para evitar usos injustificados

Las situaciones sociales complejas derivan en un incremento de los problemas de salud mental que, en muchas ocasiones, se tratan mediante terapia farmacológica. Los expertos demandan más control para que los medicamentos que se emplean para ello, como ansiolíticos, se usen de forma justificada y limitada en el tiempo.

En el mes de marzo, la Agencia Española del Medicamento y el Producto Sanitario (Aemps) publicaba el informe Consumo de fármacos ansiolíticos e hipnóticos en Receta Oficial y Mutuas. Los datos recogidos en el mencionado estudio reflejan un aumento del empleo de estos medicamentos especialmente significativo desde el año 2010. Además, se puede apreciar claramente dos momentos en los que se acentúa significativamente esta tendencia: uno situado entre los años 2011 y 2012, y otro muy marcado en 2020. Estos picos corresponden con algunos de los momentos más duros de la crisis económica que arrancó en 2008, así como la pandemia de COVID-19, respectivamente.

Los expertos coinciden en que situaciones sociales que califican como «complicadas», como, sin duda son las mencionadas anteriormente, sumadas a las situaciones familiares, sociales, laborales o económicas que puedan surgir en el ámbito individual de cada persona, son una causa clara de malestar que, en algunos casos, puede derivar en problemas de ansiedad o depresión.

Hombre con cápsula en la mano
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Para controlarlos, en especial en las fases más agudas, en ocasiones es necesario el uso de medicación. Sin embargo, los profesionales sanitarios remarcan la necesidad de contar con otros recursos humanos —como psicólogos— para reducir su uso y dotar a los pacientes de herramientas para afrontar estos malestares. Cuando menos, en los casos que sea posible.

Seguimiento del paciente

Guillermo Lahera, profesor titular de Psiquiatría en la Universidad de Alcalá de Henares y miembro de la Junta Directiva de la Sociedad Española de Psiquiatría y Salud Mental, señala que «con la pandemia se ha observado un aumento de ansiedad y depresión en la población adulta y, llamativamente, un aumento de urgencias en adolescentes, autolesiones y trastornos de la conducta alimentaria». Este período propició, según explica el experto, «muchas visitas telefónicas a los pacientes, con un manejo fundamentalmente farmacológico de estos trastornos».

Aquí, el experto apunta que destaca especialmente «el aumento de medicamentos del tipo ansiolíticos e hipnóticos, muchas veces usados en el abordaje del insomnio».

La atención primaria es en muchas ocasiones el primer punto de contacto de las personas que sufren estos cuadros clínicos. Pero los expertos señalan que el problema no es la prescripción de fármacos, sino la falta de otros recursos que complementen la terapia farmacológica. Vicente Gasull, coordinador del Grupo de Trabajo de Salud Mental de la Sociedad Española de Médicos de Atención Primaria (SEMERGEN) indica que lo ideal sería contar con más profesionales de la psicología, añadiendo que «en muchas ocasiones lo que el paciente necesita es el apoyo de este tipo de profesionales. Hablar y poner la situación en perspectiva, y aprender técnicas para afrontar los problemas, que derivarían en una reducción del uso inadecuado de estos fármacos».

No es cuestión de « demonizar» el uso de estos fármacos, así lo consideran estos facultativos, sino de asegurar que haya recursos humanos para hacer un seguimiento correcto en los casos que se prescriban. «Como muchos otros fármacos, cuando se prescriben, es necesario controlarlos», asevera Antonio Torres, responsable del Grupo de Trabajo de Salud Mental de la Sociedad Española de Médicos Generales y de Familia (SEMG).

Aquí, el facultativo expresa que «es curioso que los medicamentos del grupo de los antidepresivos tengan peor fama que los ansiolíticos o los hipnóticos, porque son estos dos últimos los que mayor adicción producen y, además, los antidepresivos pueden retirarse con mayor rapidez».

En esta idea coincide Lahera, aunque sí matiza y puntualiza la idea de su colega afirmando que «su uso debe estar limitado temporalmente, y siempre con la idea de la retirada. Sin embargo, en la práctica, muchos pacientes cronifican su uso, debido al refuerzo que supone su efecto ansiolítico».

La retirada, una asignatura pendiente

Con todo esto como contexto, Vicente Gasull señala que «monitorizar el uso de estos fármacos y asegurar su retirada a tiempo es una asignatura pendiente». Y es que, según explica el experto, hay situaciones o circunstancias concretas que es posible que pueden pasar desapercibidas, pero en las que el uso de los fármacos mencionados deja de estar justificado.

«Hay personas mayores que llevan muchos años de su vida tomando ansiolíticos pero no suben dosis. En estos casos, lo que se debe hacer es replantearse si realmente les está haciendo efecto. A esto se suma que, concretamente en el caso de estas personas mayores, hay fármacos que pueden estar alterando el equilibrio, lo que aumenta la probabilidad de sufrir una caída y, por tanto, de fractura de cadera, por ejemplo». Así que, con la falta de beneficio que tendría en los casos explicados y el posible impacto negativo, Gasull insta a analizar mejor cada situación en concreto y evitar un uso prolongado de este tipo de medicamentos. Es fundamental que se analice de forma individualizada.

Cabe destacar que esta situación no afecta solo a las personas de edad más avanzada. De hecho, Torres añade que «hay estudios más alejados de los criterios puramente científicos que evidencian que el uso de estos fármacos tienen influencia, por ejemplo, sobre el tráfico vial y los accidentes, así como en accidentes laborales o domésticos». Por ello, insta a revisar «el uso de estos fármacos a largo plazo, sobre todo, debido a las interacciones que puede tener en la vida de los pacientes».

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