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Omega-3: ¿un ácido graso milagroso?

Del omega-3 se dice que mejora el aprendizaje y la memoria, combate el cáncer, refuerza el sistema inmune, previene la degeneración neuronal, reduce el colesterol malo... ¿Qué hay de verdad en todo ello?

En los tebeos de Zipi y Zape, don Pantuflo se pasaba los días corriendo detrás de sus traviesos hijos con una cuchara llena de aceite de hígado de bacalao en la mano. Un repulsivo ungüento que hacía furor hace décadas entre los padres españoles por sus presumibles beneficios para el corazón, los huesos, el cerebro y hasta la visión. El secreto de aquel mejunje era que contenía ácidos grasos omega-3, esos que se usan ahora para enriquecer la leche, la margarina, las galletas o el pan de molde.
Los primeros en ponerlo en el punto de mira fueron los daneses Hans Olaf Bang y Jorn Dyerberg. En la década de los setenta, expusieron datos que mostraban que los esquimales de Groenlandia apenas sufrían enfermedades cardiovasculares. Tras analizar las razones de su privilegiada salud, concluyeron que se debía a que comer focas, pescado y grasa de ballena les aportaba omega-3 a espuertas. Y que, por lo tanto, todos debíamos emularlos. Unos años después, algunos cardiólogos pusieron en duda esta relación tras probar que los holandeses habían subestimado el índice de cardiopatías de los inuits. No obstante, el omega-3 ya tenía la fama ganada.


Directo al corazón


En los últimos años, la ciencia ha aportado nuevos datos al debate. Hace poco, un trabajo dado a conocer en la revista PLOS ONE apuntaba que este grupo de ácidos grasos –son varios y, entre los principales, están el ácido eicosapentaenoico (EPA) y el ácido docosahexaenoico (DHA)– protegen el corazón de los animales de experimentación que presentan factores de riesgo cardiovascular. Pero no hacen ni cosquillas si las cobayas gozan de buena salud. Poco después, en esa misma publicación, investigadores de la Universidad Autónoma de Madrid aportaban pruebas de que los omega-3 reducen la acumulación de colesterol y de siete productos derivados de su oxidación en las paredes de las arterias, lo que evita el desarrollo de aterosclerosis. Así, su sentencia fue que tiene un efecto cardioprotector. Sin excepciones.

El contrapunto lo ponía hace dos veranos una revisión científica bastante exhaustiva en la que se examinaban 79 ensayos internacionales que involucraban a .112,059 sujetos. Tras un riguroso análisis, los autores llegaron a la conclusión de que tanto las cápsulas como los alimentos enriquecidos con estas grasas reportan poco o ningún beneficio al corazón. Y pusieron un dato contundente sobre el tapete: el riesgo de muerte por cualquier causa era de un ,8,8 % en personas que aumentaban el consumo de omega-3 y de un 9 % para el resto. Un insignificante 0,2 % de diferencia. De los efectos del EPA y el DHA sobre el corazón puede haber dudas. Pero lo que a estas alturas no admite discusión es que consumirlos le sienta muy bien a nuestro cerebro. Los suplementos de este nutriente mejoran la capacidad de aprendizaje y la memoria. Pero es que, además, aumentan las concentraciones de dopamina, endorfinas y serotonina.
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Esto explica que la ingesta de omega-3 suponga también un chute extra de motivación vital. Para poner el broche de oro, mejora la función del sistema glinfático, el servicio de basuras cerebral, una vía esencial para eliminar metabolitos dañinos como los péptidos amiloides que causan el temido alzhéimer. mentes bien cuidadas. Por otro lado, tanto si reduce la mortalidad como si no lo hace, su consumo mantiene las enfermedades a raya todo el tiempo que pasas entre los vivos. Siguiendo de cerca la salud de varios septuagenarios estadounidenses durante más de dos décadas, científicos de la Universidad Tufts, en Boston, demostraron que tomar ácidos grasos omega-3 incrementa entre un 18 % y un 24 % las probabilidades de envejecer sin padecer enfermedades crónicas importantes, ni deficiencias mentales.

Un beneficio que atribuyen a que estas moléculas derivadas del pescado reducen la tensión arterial y la inflamación. Otro hecho incuestionable es que son muy recomendables para las embarazadas. Existen evidencias firmes de que el déficit de esta sustancia puede marcar de por vida a su prole. No hace mucho, una investigación liderada por la Universidad de Granada reveló que las concentraciones y proporciones de omega-3 y omega-36 –su antítesis– en el cordón umbilical son fundamentales para la velocidad de procesamiento y la atención en los niños 8,5 años más tarde. Por si esto fuera poco, al consumirlo durante la gestación, las futuras madres les ponen cortapisas a los abortos y reducen el riesgo de parto prematuro, que en estos momentos es, a nivel mundial, una de las principales causas de mortalidad infantil antes de cumplir los cinco años. Se calcula que 15 millones de críos nacen de forma prematura –antes de las 37 semanas– cada año, lo que implica mayor riesgo de fallecer o salir a flote con una salud paupérrima.

No termina ahí la lista de bondades de las grasas que nos ocupan. Cuando el cuerpo las metaboliza, se forman endocannabinoides que se parecen mucho a la marihuana, pero sin efectos psicotrópicos. Estas moléculas son antiinflamatorias, pero también son capaces de pararle los pies al cáncer, porque les cortan el suministro de nutrientes a los tumores. Lo hacen impidiendo que se formen nuevos vasos sanguíneos (angiogénesis). Con pocas arterias a su alrededor, además de pasar hambre, las células cancerosas tienen muy difícil escapar y migrar a otro punto del cuerpo. Dado que esta migración y la posterior metástasis es la principal causa de muerte por cáncer, a esta táctica no le cabe otro adjetivo que brillante.
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A esto se le suma que, con la ingesta de este suplemento, los enfermos de cáncer multiplican la concentración de glóbulos blancos o linfocitos T en los alrededores del tumor. Estas son, por si no lo sabías, las células del sistema inmune mejor capacitadas para plantarles cara a las mutaciones. De hecho, cuando el omega-3 fluye a raudales y aumentan los linfocitos T, en las pacientes con cáncer de mama también se detectan más células malignas muertas. Es más, por el acicate que supone a las defensas, su consumo también podría disminuir la incidencia y gravedad de las enfermedades autoinmunes.


Esto hace el omega-3 en tu cuerpo:

• Reduce el colesterol malo y, con ello, la acumulación de placas de ateroma en las paredes de las arterias.
• Reduce la inflamación.
• Minimiza el riesgo de parto prematuro y de aborto si se consume durante el embarazo.
• Contribuye a una vejez saludable, sin achaques, enfermedades crónicas importantes o problemas mentales.
• Le planta cara al cáncer: enlentece el crecimiento de los tumores e impide la metástasis.
• Aumenta la actividad del sistema inmune.
• Dispara el flujo de sangre a zonas del cerebro relacionadas con la memoria y el aprendizaje, y reduce el riesgo de padecer alzhéimer.
• Ayuda a que el cerebro elimine sustancias tóxicas y basuras.
• Impide el desarrollo de diabetes, entre otras cosas, porque mejora la respuesta a la insulina.

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