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Las claves de la transpiración: causas y cómo combatirla

En un solo día, expulsamos de media un litro de agua. Y cuando hacemos deporte o pasamos mucho calor, esta cifra puede elevarse hasta los diez litros. Todo para mantener el cuerpo a una temperatura en torno a los 37 ºC. El sudor es nuestro aire acondicionado particular, pero no solo eso. La transpiración nos habla, algunas veces para bien y otras para mal. Por eso, es importante conocerla.

Avergüenza. Es incómodo. A veces, nos deja marcas en la ropa. Pero es vital. El sudor es uno de los elementos más importantes del cuerpo humano. Y eso que su función principal es bastante simple: es el regulador térmico de nuestro organismo. Este solo funciona bien a una temperatura comprendida entre los 36,7 ºC y los 37,1 ºC, así que, cuando se pasa de grados, necesita equilibrarse. Es un proceso que los expertos llaman termorregulación. No solo es necesario pasar calor o hacer mucho ejercicio para sudar. Las emociones y el estrés, la comida caliente y la picante, los efectos secundarios de ciertas medicinas o intervenciones quirúrgicas, las enfermedades o los cambios hormonales en la menopausia, el embarazo, la menstruación o la pubertad son otras causas naturales de la transpiración.


Directo desde el hipotálamo

Se trata de un proceso que comienza en nuestro cerebro y acaba en la atmósfera. Es un viaje largo y, por esa razón, en él participan infinidad de elementos. Uno de los más importantes es el hipotálamo, nuestro termostato particular. Es el que recibe la información de que hay partes del cuerpo sobrecalentadas y se encarga, a la vez, de mandar la orden de que se expulse el sudor a través de glándulas específicas en la piel. Es la primera pieza del dominó, pero después, también, entra en juego el sistema nervioso simpático, que es el que se estimula para la secreción de sudor. Y, por supuesto, los más de tres millones de glándulas sudoríparas que tenemos en la piel, que son la puerta de salida de la transpiración a través de los poros. Ahí, lo normal es que el líquido se evapore y desaparezca completamente de nuestra vida.
Las glándulas sudoríparas pueden ser de tres tipos: sebáceas –que fabrican grasa–, apocrinas –aparecen en la pubertad, en axilas e ingles– y ecrinas –se encuentran en todo el cuerpo, con mayor proporción en las palmas de las manos, las plantas de los pies y las axilas, y producen sudor–. Si nos preguntamos de qué está hecho exactamente este líquido, probablemente, mucha gente responda que de agua. Pero tiene algunas cosas más. Se compone de un 95 % de H2O y, en el porcentaje restante, encontramos vitamina C, sales minerales, ácido úrico, amoniaco, urea, anticuerpos y ácido láctico.

Contrariamente a lo que se suele pensar, todos estos ingredientes no son los responsables directos de que el sudor huela –y menos de que ese aroma sea desagradable–. Porque, de hecho, la transpiración es inodora. El hedor que desprende tiene más que ver con las bacterias que se encuentran en nuestra piel. Son muy amigas de los ambientes húmedos y ricos en nutrientes, como las axilas, donde se alimentan de nuestra transpiración, la metabolizan y producen excreciones, el origen último del mal olor.

Como un pollo o un pingüino

Existen dos casos específicos en los que el proceso no funciona como debería, y el cuerpo tiende a sudar de más o de menos. Es lo que se conoce como hiperhidrosis e hipohidrosis, respectivamente. Se trata de dos trastornos que podrían tener, en ocasiones, un origen genético o ser el resultado de otras enfermedades. En cualquier caso, acarrean serios problemas de salud a quienes los padecen, tanto físicos como psicológicos. La hiperhidrosis es una disfunción que afecta a entre un 1 % y un 3 % de la población; en el caso de España, a más de 450.000 personas. Está relacionada con una estimulación exagerada del sistema nervioso simpático, que hace que sudemos incluso cuando estamos quietos.


Medidas de quirófano

Tal y como explica Irene Palacios Álvarez, dermatóloga de la Clínica Universidad de Navarra, existen tres estadios de este trastorno –leve, moderado y grave–, y “puede ser localizado –palmas, plantas, axilas o cabeza– o generalizado –toda la superficie corporal–”. De forma bastante habitual, la hiperhidrosis generalizada está relacionada con “el calor, la obesidad, la ansiedad, el embarazo o la menopausia”. Es la que más frecuentemente se puede asociar con otras enfermedades, como las neurológicas, las endocrinológicas –hipertiroidismo o diabetes mellitus, entre otras–, infecciones como la tuberculosis y el sida, y algunos tumores, según la doctora Palacios. Asimismo, el consumo de sustancias tóxicas, como el alcohol y las drogas, y algunos fármacos también pueden ser causantes de hiperhidrosis.
Por su parte, las hiperhidrosis localizadas se deben a estímulos como el estrés, el ejercicio físico y el calor. Sin embargo, existen casos de hiperhidrosis localizada que pueden ser secundarios a algún daño en la médula espinal de diversa índole y, de manera más infrecuente, a otros orígenes. En cuanto a cómo tratarla, existen principalmente dos alternativas: la cirugía y la radiofrecuencia. Según los expertos, se elige una u otra en función de los intereses del paciente. El abordaje quirúrgico consiste en dañar la estructura anatómica que produce en estos pacientes una hiperestimulación nerviosa que conlleva un aumento de la sudoración. Se trata de una alternativa altamente efectiva, pero no exenta de riesgos. El más común es la hiperhidrosis compensatoria, que consiste en que el exceso de sudor se muda a otra zona del cuerpo, algo que les ocurre a un 25 % de los pacientes. Además, tampoco está garantizado al cien por cien que, después de unos años, no se reactive la sudoración –aunque es muy poco frecuente–.
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Pinchazo localizado


En cuanto a la radiofrecuencia, se trata de un pequeño pinchazo con una aguja y un electrodo en el punto donde está el ganglio, para destruirlo. Dependiendo de cuál sea la zona a atacar, se pincha en un punto o en otro. Si el problema se encuentra en las manos, se accede por la espalda, puncionando la zona torácica superior. Si es en los pies, realizamos la punción en la región lumbar.

La gran ventaja de la radiofrecuencia frente a la intervención quirúrgica es que no existe la posibilidad de hiperhidrosis compensatoria, y se puede hacer más de una vez, si el especialista cree que resulta necesario. En la otra cara de la moneda, está la hipohidrosis, un déficit de sudoración que, en los casos más graves, se convierte en anhidrosis, esto es, la persona directamente no suda. Al contrario que la hiperhidrosis, que se puede detectar con facilidad, esta puede pasar desapercibida, sobre todo en aquellos pacientes que viven en lugares frescos.


Poros que no funcionan


Este trastorno afecta al 0,5 % de la población y, si bien permite a quien lo sufre llevar una vida normal, puede venir acompañado de síntomas como sensación de vértigo, dolores de cabeza, náuseas, temblores, palpitaciones, taquicardias y una temperatura corporal que llega a alcanzar los 39 ºC. Lo peor de la hipohidrosis es que no tiene cura ni tratamiento posible: el único remedio es controlar al máximo la temperatura corporal manteniéndose en lugares frescos e hidratándose constantemente. En cuanto a su origen, la doctora Palacios destaca que “la causa más frecuente es la pérdida de las glándulas sudoríparas por radiación, quemadura, heridas o como consecuencia de la lepra”. Aunque cuando es generalizada –afecta a toda la superficie corporal–, “también puede deberse a fármacos; a trastornos que producen intolerancia al calor, como el párkinson y la esclerosis múltiple; a fiebre de origen desconocido; y, en casos aislados y raros, a ciertas enfermedades genéticas”.
De todos modos, los psicólogos están más que habituados a recibir en su consulta a pacientes que sudan demasiado. Hay muchísima gente a la que este problema le condiciona de manera determinante, tanto en sus relaciones sociales como profesionales, hasta el punto de que teme encontrarse con amigos y vecinos y, en situaciones extremas, evita salir a la calle. A veces, el especialista se halla ante un caso de hiperhidrosis, pero lo normal es que el origen de la transpiración excesiva se halle en determinadas enfermedades psiquiátricas y trastornos psicológicos asociados a la ansiedad.

Un problema de agobio


“Hay gente cuyas somatizaciones de ansiedad se manifiestan con palpitaciones; dolores en el pecho, el abdomen y la cabeza; y mucho sudor de manos o de axilas. Aunque muchas veces la transpiración es leve, puede convertirse en el problema principal del paciente”, explica Jesús Criado Ríos, neuropsicólogo y psicólogo clínico por la Universidad Complutense de Madrid. Criado insiste en que el primer paso es dar con la raíz del problema, ya que la terapia a seguir vendrá determinada en función de si es una hiperhidrosis o un trastorno asociado a la ansiedad. “De ser lo segundo, lo habitual es que los psicólogos lleven a cabo diversos tratamientos, como técnicas de relajación, de respiración o cualquier otra estrategia de este estilo”, apunta el experto.
No es infrecuente que a la terapia psicológica haya que sumar la psiquiátrica, con la administración de fármacos específicos, como son los antidepresivos. “En muchas ocasiones, la conjunción de las dos estrategias es lo más rápido y efectivo”, concluye Criado. En cuanto a los pacientes con hiperhidrosis, el psicólogo deja claro que no causa ansiedad ni depresión. “No obstante, si el afectado tiene una personalidad con tendencia a agobiarse por determinadas cosas, como, por ejemplo, ser bajito o tener la nariz grande, puede llegar a obsesionarse o deprimirse por su problema de sudoración. En ningún caso, la hiperhidrosis deriva en trastornos psicológicos”, añade el experto.

La transpiración te habla

Más allá del impacto que puede tener en la psique, los trastornos de la sudoración, según cómo se manifiesten y en qué contexto, pueden dar pistas sobre el estado de salud de quienes los padecen. Son, en definitiva, una forma que tiene el organismo de mandarnos mensajes y que convendría saber escuchar. Por ejemplo, el exceso de sudor en la mujer puede estar indicándonos dos situaciones muy diferentes: un embarazo o la llegada de la menopausia.

En este último caso, es bastante frecuente que la afectada, por ejemplo, se sofoque en un lugar refrigerado o le sobre la ropa en pleno invierno. También puede ocurrir que le dé por sudar de repente. Todas estas señales se dan hasta en un 85 % de las mujeres menopáusicas. En cuanto al embarazo, los síntomas son bastante parecidos, y todo se debe a que tanto en un contexto como en el otro están ocurriendo cambios hormonales. Por otra parte, estos mismos síntomas son una manifestación del estrés. Se pueden dar cuando, por ejemplo, una persona sale a hacer deporte y siente que huele extrañamente mal, es decir, que no reconoce un olor tan desagradable en su cuerpo. Quizá lo que ocurre es que el organismo está mandando señales de que hay estrés.
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Lo mismo pasa en casos de miedo o ansiedad. Asimismo, aquellos que están acostumbrados a sufrir mareos saben perfectamente lo que va a ocurrir después de notar un determinado tipo de sudor. Cuando nuestros niveles de glucosa en sangre caen por debajo de los setenta miligramos por decilitro, los efectos se empiezan a sentir enseguida, y uno de ellos es la transpiración excesiva, en especial, en la parte posterior del cuello.

Termómetro de sentimientos

Pero si hay una forma en la que el sudor puede ser bastante efectivo, es como mensajero de emociones. Y no solo a nosotros mismos, sino a la gente que nos rodea. Es una función realmente poco conocida, a pesar de que ya se han realizado diversos estudios al respecto. En algunos de ellos, se relaciona el olor del sudor con un determinado estado de ánimo y quienes lo perciben son capaces de interpretarlo. Es decir, que el aroma que dejamos al sudar es una especie de lenguaje no verbal universal, en el que se transmite información sobre cómo nos sentimos: felices, tristes, atemorizados. En conclusión: las sensaciones que experimentas no solo se comunican a los que te rodean por la vista o el oído. También por el olfato.

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