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Médico de familia: en buenas manos

Es el primer profesional que ve al paciente, le da confianza, aconseja y deriva al especialista si es necesario. Y tiene una visión tan global de la medicina que resuelven el 90 % de los problemas de salud de la población. Pero las consultas del médico de familia están saturadas y solo reciben el 14% de los recursos sanitarios.

“Soy médico de familia porque, cuando se me despertó la vocación, la imagen que me vino a la mente fue la del médico de toda la vida, el de cabecera, al que se puede acceder en cualquier momento sin ningún tipo de intermediario, al que se pueden consultar las enfermedades, pero, también, todos aquellos problemas que restan salud, ya sean físicos, psíquicos o sociales; a quien acudir para aclarar las dudas; el que te acompaña y orienta durante el embarazo, el nacimiento de los hijos y en los momentos finales de la vida; ante el que puedes llorar sin sentirte un extraño; el que reconforta mediante una palabra; el que te da las malas noticias a la cara haciéndote ver que no estarás solo en ese camino; el que establece una relación tan íntima con los pacientes que acaban llamándote mi médico”. Son palabras de Fernando Fabiani, doctor polifacético, bloguero y autor de varios libros de éxito –como Vengo de urgencias (ed. Aguilar–. Desde el Centro de Salud Montequinto de Dos Hermanas, en Sevilla, donde ejerce su profesión, esa cercanía con el paciente es lo que da sentido a su especialidad y a su trabajo. Más allá de ser el doctor de toda la vida y el que nos hace las recetas para esos medicamentos que debemos tomar con regularidad, el médico de familia es un profesional capaz de resolver la mayoría de los problemas de salud que afligen a la población.


Campañas de prevención


Las consultas de Atención Primaria son la principal puerta de entrada al Sistema Nacional de Salud. En ellas, además del diagnóstico y tratamiento de un amplísimo abanico de enfermedades, se practican curas y pequeñas intervenciones quirúrgicas, se desarrollan programas dirigidos contra las enfermedades más prevalentes –hipertensión, diabetes, obesidad–, se llevan a cabo campañas de detección precoz de ciertos tumores –ginecológicos, colorrectales…–, de planificación familiar o de implantación de hábitos saludables. También se realizan actividades de investigación y docentes con los estudiantes de la facultad y con los residentes que se están preparando para obtener el título de especialista en medicina de familia y comunitaria.

Una de las principales características de esta especialidad es su compromiso con la persona, más que con un grupo de enfermedades. El médico de familia intenta comprender el contexto de la dolencia y considera cada contacto con sus pacientes una ocasión ideal para poner en marcha medidas de educación y prevención en materia de salud. Constituye, por tanto, una parte esencial de la red sanitaria, en la que se da prioridad a la relación humana. “Más que enfermos y enfermedades, vemos personas. El paciente no solo busca un científico en su médico de familia, sino alguien que le comprenda, que empatice con él, que lo vea desde un punto de vista biológico pero también desde una perspectiva psicológica y social. Que conozca sus condiciones socioeconómicas y las de su familia, para que en ese contexto pueda interpretar su dolencia”, asegura el doctor Fabiani.
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Son facultativos que atienden con cita previa y sin ella, en el dispensario o en la casa del paciente. Y la visita domiciliaria representa, por cierto, el mejor escenario donde se desarrolla el arte de la medicina. Como afirma el doctor Francisco Rallo Guinot en su libro La medicina en serio y en broma –donde repasa sus cuatro décadas de carrera–, “no tienes prisas, te sientas en la cama del enfermo, lo exploras, sabes cómo se interrelacionan los miembros de la familia, cómo tienen de cuidada la casa, te explicas muchas de las dolencias afectivas, etc.”. Es, asimismo, donde se genera la mayor intensidad y profundidad emocional y afectiva en la relación entre el paciente que sufre y busca ayuda y el médico que trata de curar y aliviar a sus semejantes.


El enfermo en su contexto

La valoración del domicilio es una práctica habitual y reglada en muchos aspectos: se comprueba si el baño es adecuado o no para las personas que viven en la casa –plato de ducha, agarraderos, etc.–; la presencia de alfombras o cables que puedan favorecer caídas; si la iluminación es adecuada; el nivel de limpieza, y la calidad de los hábitos de alimentación. Los especialistas enseñan a sus residentes a hacer esas valoraciones, en ocasiones, de forma dirigida, “un poco como hacía el Dr. House con sus pupilos cuando los enviaba a casa del paciente a investigar, desde la presencia de productos tóxicos hasta los hábitos de vida”, explica Luis Benito Ortiz, médico de familia en San Fernando de Henares (Madrid). “En cierta ocasión, visité a una paciente de 76 años que había acudido al consultorio una docena de veces por un picor intenso en la vagina. Era tal su desesperación que también se había presentado en dos ocasiones en el Servicio de Urgencias de su hospital de referencia —nos comenta el doctor—. La señora presentaba una serie de lesiones que no respondían a los tratamientos habituales.

En su casa, descubrí una toalla húmeda y sucia encima de la cisterna del váter. Al preguntarle, me comentó que se lavaba sus partes íntimas con el agua de la taza aunque, eso sí, después de haber tirado de la cadena. Tras explicarle lo inapropiado de dicho acto, me comentó que, en las últimas semanas, añadía al agua un chorrito de lejía. Al comentarle que esos lavados podían ser la causa de sus lesiones, la mujer, molesta, alegó que los tratamientos indicados por los distintos médicos habían sido del todo inútiles. Y que lo único que le había ido bastante bien habían sido unas pastillas que le había dado su vecina: un antibiótico al cual la paciente era alérgica.
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La visita nos permitió reenfocar un caso complejo, relacionado, como muchas otras enfermedades, con hábitos de vida –lavados de partes íntimas en viviendas sin bidé, más frecuente de lo que parece–; falsas creencias –desinfección y lavados con lejía–, e interferencias con el tratamiento y consumo de fármacos no prescritos (medicación facilitada por vecinos, familia o amigos)”, apunta Benito Ortiz. Lamentablemente, la falta de tiempo y la sobrecarga asistencial han hecho que las visitas a domicilio, sobre todo en las grandes ciudades, se realicen a petición del paciente y con el único afán de encontrar solución al problema puntual que se plantea, a menudo, de forma rápida y sin continuidad. Y es que los médicos de familia constituyen el colectivo médico más sobrecargado y, también, el más numeroso. Son unos 38.000 de los 210.000 facultativos que ejercen en España. Ven entre treinta y cincuenta pacientes a diario –en conjunto reciben 373 millones de consultas anuales–. Apenas disponen de siete minutos para cada uno –cuando el mínimo aconsejable son diez– y son polivalentes.


Más queridos que valorados

Aunque solo disponen del 14 % de los recursos sanitarios en un sistema público que privilegia a los hospitales, son capaces de resolver el 90 % de las consultas y han situado a nuestra Atención Primaria entre las mejores de Europa. El esfuerzo que hacen para mantener la calidad asistencial es reconocido, año tras año, por los españoles, pues es la profesión mejor valorada. Según el barómetro del CIS de febrero de 2018, el 68 % de los ciudadanos se sienten muy o completamente satisfechos con el trato que reciben de su médico de cabecera. Sin embargo, y en paralelo a su prestigio social, está la falta de consideración profesional. Su típica imagen es la del doctor mal pagado, con la sala de espera a rebosar, todo el día haciendo recetas y rellenando informes. Un reciente estudio de la Sociedad Catalana de Medicina Familiar y Comunitaria denuncia que el 68,3% de estos profesionales sufre precariedad laboral en esa comunidad, un problema extensible al resto de España. Al terminar su periodo MIR, los más jóvenes se enfrentan a contratos puntuales de horas o días, a salto de mata de un centro a otro durante varios años. A todo ello, se suma la carga burocrática y una media de unos 1.400 pacientes a su cargo, cuando lo óptimo sería 1.000 o 1.200. “Durante años, no se cubrieron vacaciones ni jubilaciones, ni se crearon nuevas plazas, aunque recientemente se ha empezado a hacer gracias a nuestras movilizaciones”, denuncia la doctora Carmen González Uceda, del Centro de Salud Alameda- Perchel, en Málaga. “La realidad es que, en muchos sitios, las plantillas nunca llegaron a tener la dimensión adecuada. Además, la población ha crecido y envejecido.

Y si a eso le sumamos los terribles recortes de la crisis y la precariedad en las contrataciones, el resultado es la sobrecarga actual y la insatisfacción con los resultados. No llegamos a desarrollar todo lo que debiera ser nuestro perfil profesional —se lamenta González Uceda—. Nuestro trabajo no debería limitarse a ver pacientes durante toda la jornada laboral, como ocurre ahora. Deberíamos dedicar una parte del tiempo a tareas docentes y formativas de médicos residentes, a la investigación y a organizar la consulta. Pero resulta imposible ante la falta de personal”.


Mucho que mejorar

“Existe un proceso de deterioro de la sanidad española en los últimos años que se hace más patente en Atención Primaria”, añade el doctor Benito Ortiz. Cada vez hay menos profesionales que quieran trabajar en este campo, de forma que hay plazas de pediatría sin cubrir en distintos centros de salud de muchas comunidades autónomas. Tampoco se encuentran suplentes para periodos vacacionales, bajas, excedencias o reducciones de jornada. Los médicos en activo se tienen que repartir las consultas, doblar turnos o sacrificar sus vacaciones. Para completar el cuadro, la oferta laboral en el extranjero es más atractiva, con mejores sueldos, conciliación laboral y expectativas de desarrollo, lo que conlleva una pérdida de facultativos o que los que están en formación se vayan”. Y si la situación hoy es grave, en un futuro será peor. En los próximos años, se jubilarán 16.000 médicos pioneros que pusieron en marcha el sistema nacional de Atención Primaria a mediados de los 80.

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