La corrección política invade la ciencia

Cada vez más palabras, teorías o tendencias se dejan de usar en el ámbito científico para no molestar a ciertos colectivos o poderes fácticos. Y entonces la ciencia deja de ser libre.

Uno de los terrenos donde más se ha extendido el imperio de lo  correcto es la educación. Si en 2007 la Comisión Británica para la Igualdad Racial lanzó una iniciativa para impedir la venta de Tintín en el Congo por tratarse de un cómic que contenía estereotipos racistas, en 2018 se prohibió la lectura en las escuelas de varios estados de Norteamérica de Las aventuras de Huckleberry Finn (Mark Twain) y de Matar a un ruiseñor (Harper Lee), dos obras maestras de la literatura estadounidense. ¿La razón? Porque los personajes racistas de esas novelas, escritas en una época en que el racismo imperaba en la sociedad norteamericana, usan lenguaje racista, y en opinión de los responsables educativos hay que evitar que “los estudiantes se sientan humillados o marginados por el uso de insultos raciales”. La decisión fue aplaudida por la Asociación Nacional para el Progreso de las Personas de Color.

El arte tampoco se ha salvado de estos aires de ofendidismo. En 2014, la instalación de Tony Matelli Sleepwalker, que representa de forma realista a un hombre andando como un sonámbulo en calzoncillos y que formaba parte de una exposición al aire libre del Museo Davis del Wellesley College (Massachusetts), indignó a parte del alumnado. Algunas estudiantes pidieron retirarla y trasladarla al interior del museo mediante una campaña en Change.org, “porque puede provocar recuerdos de agresión sexual”. El ofendidismo sacude a la población estudiantil nortea­mericana. Algunas facultades de humanidades incluyen en las listas de libros recomendados advertencias como esta: “El gran Gatsby, de Scott Fitzgerald (¡Atención!: suicidio, abuso doméstico y violencia gráfica)”. Muchos alumnos se niegan a leer textos que les provoquen inquietud emocional y en el lenguaje universitario abundan términos como microagresiones y advertencias de contenido (hay términos o temas que no se pueden tocar en clase). Incluso se habilitan espacios seguros, unas habitaciones especiales donde el estudiante puede recobrar la calma cuando algo le ha estresado emocionalmente. El de la Universidad Brown (Rhode Island) ofrece música relajante, galletas, juegos de plastilina y vídeos de cachorros juguetones.

Para asegurar un ambiente emocionalmente estable, la comunidad estudiantil llega a inmiscuirse en la sacrosanta libertad de cátedra. A un profesor de Harvard, un alumno le pidió que no usara la palabra violar en contextos como ‘este comportamiento viola la ley’, porque el término podría desencadenar angustia en la clase. La periodista Ruth Sherlock refería en 2015 otro caso similar: “Mientras la profesora de Derecho preparaba una clase de acoso sexual, en el correo electrónico encontró una extraña petición de sus alumnos: ¿podría garantizar que el contenido no se incluiría en el examen de fin de curso? Les preocupaba que pudiera haber víctimas de agresión sexual entre sus compañeros de clase que pudieran traumatizarse si se enfrentaban a una pregunta de esa materia en el examen”.

Como suele suceder, los ofendiditos –allí se los llama snowflakes (copos de nieve)– han cruzado el Atlántico. En Gran Bretaña, la Universidad de Oxford tuvo que cancelar un debate sobre el aborto porque los manifestantes se opusieron al hecho de que los dos ponentes fueran hombres; y en la de Glasgow algunos libros de teología muestran advertencias de contenido, ya que pueden encontrar imágenes de la crucifixión que hieran su sensibilidad.


Más información en el artículo Los ofendiditos de la ciencia, escrito por Miguel Ángel Sabadell. Puedes leerlo en el número 454 de Muy Interesante.

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