Vida y muerte de la peseta

Se cumplen 300 años del edicto que estableció el cambio de la peseta, una moneda que en junio de 2002 dejó de tener curso legal y fue sustituida por el euro.

A principios del siglo XVIII, tras finalizar la guerra de sucesión española, el nuevo monarca, Felipe V de Borbón, ordenó retirar todas las monedas que habían sido emitidas por su rival, el archiduque Carlos de Austria –este también había pretendido suceder a Carlos II–, entre ellas unas piezas de dos reales de plata acuñadas en Barcelona que el pueblo denominaba en catalán peçetas, un diminutivo de peças. A cambio, la Casa de la Moneda de la Corte devolvería al contado su “intrínseco valor”. Para puntualizar y regular las cosas, el 13 de julio de 1718 se emitió un edicto en el cual, entre otros cambios, se establece que a “la Peseta de 84 dineros, le tocan 56 y medio y un octavo de baja”. Es el primer documento oficial donde en España aparece la palabra peseta.

El Diccionario de autoridades, de 1737, ya recoge ese lema con la siguiente definición: “La pieza que vale dos reales de plata de moneda provincial, formada en figura redonda. Es voz modernamente introducida”. Es decir, durante el siglo XVIII, antes de que tuviera lugar la unificación monetaria en España, ya había monedas en los territorios de la antigua Corona de Aragón que se conocían popularmente como pesetas. Pero las primeras monedas que llevaban impreso en su relieve ese nombre no existieron hasta el siglo XIX. Fue en 1809, durante el reinado de José I Bonaparte, hermano de Napoleón, cuando se troquelaron por primera vez en Barcelona.

No obstante, no era la moneda oficial. Posteriormente, también se acuñarían pesetas durante el reinado de Isabel II, que fue cuando se popularizó el término. Lo mismo parece que sucedió con el nuevo calificativo pesetero. Pero la peseta no nació oficialmente como unidad monetaria o moneda de curso legal en España y sus territorios de ultramar hasta el decreto del Gobierno Provisional, presidido por Francisco Serrano, el 19 de octubre de 1868, tras el derrocamiento de Isabel II. La nueva moneda sustituyó al escudo, lo que igualmente hizo desaparecer además otras divisiones, como los reales y los maravedíes, hasta un total de veintiuna monedas diferentes que entonces había en circulación.

Plata en los bolsillos

Aquella primera peseta estaba hecha de plata, pesaba 5 gramos y equivalía a cuatro reales. Inspirada en unas monedas que había acuñado el emperador Adriano en el año 136, en su anverso figuraba una matrona, representación de Hispania. Se mostraba recostada sobre los Pirineos, con el Peñón de Gibraltar a sus pies y la leyenda “Gobierno provisional”, con el año 1869. En el reverso, aparecía el escudo de España en la forma que luego heredó la Primera República, con la leyenda “Una peseta. 200 piezas en kilogramo”. En plata había además monedas fraccionarias de 20 y 50 céntimos, y de 2 y 5 pesetas. Las de 10, 5, 2 y 1 céntimo eran de cobre, e incluso existía una en oro de ley, de 100 pesetas, que pesaba 32,25 gramos. 

Por decisión del Gobierno, toda la producción de moneda se centralizó en la Ceca de Madrid. La peseta fue de plata hasta 1937, cuando la Segunda República emitió las primeras realizadas en latón. Estas, por su color, y porque llevaban en el anverso una alegoría consistente en un rostro femenino de perfil, fueron calificadas popularmente de rubias. Por su parte, los billetes de papel moneda existieron desde 1874, si bien no se imprimieron en España hasta 1940. Con la acuñación de la que fue la última moneda de cien, el 19 de junio de 2001, se puso término a la emisión de pesetas. Durante meses coexistieron con los primeros euros –uno de ellos se cambiaría por 166,386 pesetas–, y a partir del 1 de julio de 2002 dejaron de circular definitivamente.

Puedes leer íntegramente la sección Días contados, escrita por Ramón Núñez, en el número 446 de Muy Interesante.

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