¿Tenemos solo cinco sentidos?

En el colegio nos enseñan que nuestro cerebro cuenta con cinco sentidos para percibir la realidad, pero algunos científicos hablan de que disponemos al menos de once.

SENTIDOS


En lo que se refiere a los sentidos, el cerebro no establece compartimentos estancos. Todo se mezcla, oído, vista, tacto, olfato y gusto. Solo hay que fijarse en la historia de Daniel Kish, un estadounidense que nació con retinoblastoma bilateral, un tipo de cáncer de retina. El tumor no remitió y con solo siete meses de edad le extirparon el ojo derecho; a los trece meses hicieron lo mismo con el izquierdo. Se quedó ciego. Pero no se resignó. Desde muy pequeño, Kish empezó a desarrollar una técnica que consiste en chasquear la lengua y detectar por el eco los objetos que tiene a su alrededor. Por eso lo apodan Batman, el Hombre Murciélago, y es capaz de practicar senderismo o ciclismo de montaña como cualquier persona dotada de visión. Aunque lo más asombroso, y lo que interesa especialmente a los neurocientíficos de su caso, es que al escuchar el eco su corteza visual construye imágenes. Su cerebro ve a partir del eco. Ahí es nada.

Otra interesante demostración de que el encéfalo no compartimenta los sentidos la encontramos en las ilusiones multisensoriales. Por ejemplo, si ves unos labios pronunciar la sílaba ga y simultáneamente escuchas el sonido ba, tu cerebro oirá da. Lo llaman efecto McGurk, y se produce por una interacción entre la audición y la visión en la percepción del habla: cuando el componente auditivo de un sonido se combina con el componente visual de otro, el cerebro lo interpreta ilusoriamente como un tercer sonido. Es un fenómeno que demuestra que nuestras experiencias perceptivas son producto de un complejo proceso de mezcla. En otros casos son la vista y el tacto los que interactúan para crear, por ejemplo, la ilusión “de la mano de goma”: si ponemos una de estas falsas manos ante nosotros y a la vez nos tapamos un brazo de manera que parezca que la de goma es parte de nuestro cuerpo, si alguien la acaricia, sentiremos que nos están tocando la mano real. O la vista y el gusto: si bebemos un refresco de fresa teñido de color amarillo verdoso, identificamos su sabor con el del limón.


Por otro lado, otros animales poseen un sexto sentido envidiable. Las aves, las mariposas monarca, las ballenas y los osos cuentan con una especie de brújula interna con la que detectan el campo magnético terrestre y se orientan sin necesidad de GPS. ¿Por qué no los humanos? Que carezcamos de sentido magnético aún está por ver y es objeto de debate. Joseph Kirschvink, geobiólogo del Instituto Tecnológico de California (Caltech), es uno de los principales investigadores empeñados en confirmarlo o desmentirlo de una vez por todas: “No hay razón para pensar que no existe, pero si lo tenemos, parece que es inconsciente. En la mayoría de los animales migratorios, esta capacidad sensorial depende de cristales de magnetita biogénica, que son pequeños imanes bioquímicos y genéticos”, explica. Hay otra hipótesis alternativa reciente que sitúa la capacidad de magnetorrecepción en una proteína de los ojos llamada Cry4, un tipo de criptocromo. Pero, según Kirschvink, “no hay pruebas suficientes y no explica todas las observaciones tan bien como lo hace la teoría de la magnetita”. Mientras hablamos con Kirschvink, saca a relucir otro candidato a sexto sentido, el de la gravedad, que considera “un gran olvidado”. Cierto es que cuando Aristóteles describió los cinco sentidos, faltaban muchos siglos para el nacimiento de Newton, y el concepto de gravitacional le era ajeno.

Pero a estas alturas ya está bastante claro para Kirschvink “que la percepción de la gravedad es una modalidad sensorial separada, aunque deriva de células ciliadas igual que las del sistema auditivo”. Nos permite mantener el equilibrio y caminar sin darnos de bruces contra el suelo. Por otra parte, hay muchos investigadores que defienden que la termorrecepción, es decir, la capacidad de distinguir entre frío y caliente, también debería considerarse un sentido independiente, y no una cualidad del tacto. Y lo mismo piensan algunos sobre el dolor (nociocepción) y la percepción del propio cuerpo (propiocepción). Esto sumaría un total de nueve sentidos, que podrían pasar a once si se confirman el magnético y otro igual de polémico: el vomeronasal. Los seres humanos tenemos un órgano vomeronasal, es decir, una herencia del detector de feromonas que usan las hormigas para marcar el camino desde la comida al hormiguero, o las hembras de muchas especies para atraer a los machos cuando quieren aparearse y para regular otras muchas respuestas instintivas. Muchos científicos aseguran que este órgano es solo un vestigio evolutivo atrofiado. Completamente atrofiado. Otros no lo tienen tan claro, incluido Kirschvink. “Es cierto que los genes homólogos a los de los ratones son pseudogenes que nosotros no expresamos —admite—. Sin embargo, no sabemos aún si todos los genes relacionados con las feromonas están desactivados, y hay literatura científica que habla de comportamientos compatibles con la detección de algunas de estas sustancias”. Dice que es un tema controvertido, igual que lo es el sentido magnético humano, del que publicará pronto un artículo. “Muchos científicos piensan que el sistema de magnetorrecepción en humanos debe estar perdido, y que lo mismo pasa con el vomeronasal”. Pero también podrían estar ambos activos y enviando datos al cerebro “sin que seamos conscientes”. ¿Habrá algún día que ampliar el catálogo sensorial?

Si quieres saber más, no te pierdas el documental Nuestros sentidos al descubierto. Estreno el sábado 2 de noviembre, y todos los sábados a las 18:45 en Canal Odisea.

 

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