Los últimos días de los zares

Cien años después, la Revolución Rusa y el fin del zarismo siguen dando que hablar. Así fue el final de la dinastía Romanov.

El 17 de julio de 1918 un grupo de bolcheviques dirigidos por Yákov Yurovski irrumpió en la mansión y los fusiló. Lo que ocurrió, según Montefiore, es que cuando todos los Romanov yacían ya muertos, Anastasia aún se movía. Los disparos no la alcanzaron del todo, porque llevaba un corpiño con diamantes cosidos para que no se los robaran. Piotr Yermakov, uno de los autores de la ejecución, trató de matarla a bayonetazos, “pero erró sus golpes”. Como “la muchacha gritaba y luchaba”, Yermakov “sacó una pistola y le disparó en la cabeza”. La gran pregunta sigue siendo quién ordenó la muerte de la familia real. Aunque el organismo que ejecutó de hecho el fusilamiento del zar fue el Sóviet Regional de los Urales, aún se discute si la orden partió de Lenin y de su entonces máximo colaborador Yákov Sverdlov. Supuestamente, los máximos dirigentes soviéticos querían evitar que la familia del zar pudiera ser rescatada por la Legión Checoslovaca, una facción que operaba en el seno del Ejército Blanco y que en aquellos momentos se acercaba a la zona de los Urales en su lucha frente a los bolcheviques en el transcurso de la guerra civil que azotaba el país. Esta información se basaba en un pasaje del diario de León Trotski. Si fue así, los líderes comunistas tuvieron buen cuidado de no ordenar el asesinato por escrito y de mantenerse al margen de la correspondencia. Ni Sverdlov ni Lenin figuran en ningún documento relacionado con la muerte de Nicolás II y su familia. Pero lo cierto es que “incluso durante la guerra civil rusa (1917-1923), Lenin se revelaría como un maníaco del control que intentaba delegar la menor cantidad posible de asuntos a los camaradas locales, así que resulta bastante improbable que dejara una decisión tan trascendental en manos de unos provincianos”, concluye Montefiore.

Más información en el reportaje Cien años de las Revoluciones Rusas, escrito por Joé Ángel Martos. Puedes leerlo en el número 438 de Muy Interesante.

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Etiquetas: Primera Guerra Mundialanécdotasanécdotas históricashistoria

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