Los secretos de Urano y Neptuno, los gigantes de hielo

Son los planetas más lejanos y desconocidos del Sistema Solar. Conocer mejor Urano y Neptuno nos ayudará a comprender cómo se formaron otros mundos de la Vía Láctea.


Desde 2006, cuando Plutón se cayó de la lista, Urano y  Neptuno figuran como los planetas más lejanos del Sistema Solar. Fueron visitados por primera y última vez hace tres décadas por la sonda Voyager 2 en su largo viaje de exploración, antes de internarse en el espacio interestelar: el pasado 5 de noviembre llegó a la heliopausa, la frontera donde el viento solar se une al procedente de otras estrellas. Cassini, Kepler, Messenger, Rosetta, Dawn, New Horizons, Opportunity y Curiosity son algunas de las misiones que han viajado a otros mundos en los últimos tiempos, algunos tan colosales como Júpiter o tan pequeños como un cometa.

Varias de esas misiones continúan hoy activas mientras la NASA, la Agencia Espacial Europea (ESA) y sus homólogas japonesa (JAXA), india (ISRO) y china (CNSA) trabajan a contrarreloj para lanzar nuevas sondas que seguramente cambiarán lo que sabemos del Sol y de planetas como Mercurio, al que orbitará en 2025 la sonda BepiColombo, o Marte. Este último, por ejemplo, ya ha recibido veinticuatro visitas, una menos que Venus.
 ¿Y qué pasa entonces con Urano y Neptuno? Por el momento no hay nada concreto programado para ellos, aunque sí se percibe un interés creciente entre la comunidad científica.

Los especialistas de la NASA, en colaboración con la ESA, han presentado un informe en favor de una misión a esos remotos lugares hacia el año 2030. “Nuestro estudio argumenta la importancia de estudiar al menos uno de estos mundos y todo su entorno, que incluye lunas heladas sorprendentemente dinámicas, anillos y extraños campos magnéticos”, aseguró en un comunicado el astrónomo Mark Hofstadter, del Laboratorio de Propulsión a Reacción de la NASA en Pasadena (California), uno de los responsables del trabajo.


Más preguntas que respuestas

Urano y Neptuno fueron examinados de manera breve por la Voyager 2,y además solo de pasada, como parte de su gran recorrido exploratorio que antes dedicó a recopilar información de Júpiter y Saturno. El máximo acercamiento a Urano tuvo lugar el 24 de enero de 1986, a 81.500 kilómetros de las capas más altas de su atmósfera. Tres años y medio después, el 25 de agosto de 1989, sobrevoló Neptuno a unos 5.000 km de altura sobre el polo norte, sumido en tinieblas. El conjunto de datos de la sonda de la NASA fue increíblemente rico, pero generó más preguntas que respuestas, cosa que ha tenido entretenidos a los científicos durante estos años.

“Entender cómo se formaron ambos es un objetivo prioritario para las próximas décadas –explica Olga Prieto, investigadora del Departamento de Planetología y Habitabilidad del Centro de Astrobiología, en Madrid–. Los modelos actuales sugieren que tanto Urano como Neptuno surgieron en un periodo de tiempo corto, cuando la nebulosa protosolar (nube de gas y polvo de la que se originó el sistema solar] se estaba disipando a partir de núcleos de roca y hielo compuestos por sustancias muy volátiles, como CO2, CO y N2. Los dos eran suficientemente grandes como para atrapar con su gravedad gases de hidrógeno y helio. De haber aparecido antes, habrían acaparado mucho más gas y podrían haber llegado a ser como Júpiter o Saturno. Además, no se formaron en sus órbitas actuales, sino que migraron desde otras posiciones que están todavía en discusión”.

Puedes leer íntegramente el artículo "Una pareja fría y misteriosa", escrito por Manuel Seara, en el número 453 de Muy Interesante.

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Ilustración: Carlos Aguilera

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