La guerra de la arena

Aunque parezca inagotable, el auge constructor de las economías emergentes no solo ha disparado el precio de este granuloso recurso, sino que también está degradando litorales, cauces fluviales y otros entornos.

En mayo de 2017, tres miembros de una familia murieron en la India por intentar impedir las labores de extracción en un río. Varios campesinos se acercaron a los mineros para exigirles que abandonaran su trabajo; la respuesta de estos fue sacar las armas y disparar indiscriminadamente. Poco después, uno de los trabajadores fue asesinado a golpes; aunque no se ha podido detener a los autores, hay pocas dudas de que se trató de un acto de venganza por los crímenes anteriores. Además de las muertes, también se informó del incendio de doce camiones y dos excavadoras.

Este suceso no fue provocado por recursos que normalmente asociamos a la codicia y la violencia, como el oro y los diamantes. Los asesinos eran empleados de la empresa Dharambeer Singh, dedicada a la extracción masiva de arena. Un apacible rincón rural convertido en zona de guerra por algo en apariencia inocuo. ¿O no tanto

En los últimos años, un número creciente de voces está alertando sobre el uso que estamos dando a la arena. El punto de partida fue un informe elaborado en 2014 por el Servicio Global de Alerta Medioambiental (GAES, por sus siglas en inglés) de la ONU, donde se advertía de que el volumen extraído excede su capacidad de recuperación natural. “A pesar del impacto en el medio ambiente, este tema ha sido ignorado por los políticos y sigue siendo desconocido para el público en general”, concluía. 

De importación

¿Cómo puede peligrar algo que está por todas partes, o al menos eso nos parece? Conviene hacer alguna puntualización. Primero: es verdad que en el mundo hay muchísima arena, pero también que la estamos explotando cada vez más. Y segundo: existen muchas modalidades, y no todas sirven para todo. Puede sorprender que Dubái, en los Emiratos Árabes Unidos, la importara de Australia para cubrir las necesidades de su voracidad inmobiliaria cuando buena parte de su territorio no tiene otra cosa, pero es que la forma esférica de los granos del desierto les resta capacidad de unirse.

De todos modos, es verdad que está por todas partes. En su libro Minerales en la vida cotidiana, Manuel Regueiro y González-Barros, investigador del Instituto Geológico y Minero de España, ofrece una lista exhaustiva de objetos artificiales que la contienen: es el componente principal del vidrio, con hasta un 75 % de presencia; cualquier objeto de cerámica –de un jarrón al retrete del cuarto de baño– ha sido manufacturado con arena; los ordenadores, tabletas y móviles están llenos de ella, desde el sílice con que se hacen sus microchips hasta la utilizada en la fabricación de las pantallas; y si preferimos el papel, lo dota de más cuerpo e intensifica su color blanco.

Hay tantas variedades de arena que sería conveniente definirla. “Es una cuestión de tamaño –declara a MUY el ingeniero de minas César Luaces Frades, director general de la Asociación Nacional de Empresarios Fabricantes de Áridos (ANEFA)–. Está definida en las normas europeas como la fracción 0/4, es decir, de cero a cuatro milímetros por grano. Dentro de eso, existen incluso los llamados fillers, con partículas de 0 a 63 micras, a menudo empleados para llenar huecos entre materiales”. Hay dos métodos básicos para obtenerla, añade Luaces: se extrae de yacimientos naturales o se fabrica mediante voladura, perforación, triturado y criba de roca maciza. 

Un muro alrededor del Ecuador

En España, está clasificada dentro del grupo de los áridos, que abarca también materiales como caliza, rocas ígneas y derivados, hasta un total de diecinueve variedades. En ANEFA estiman que puede sumar un 20 % del total: si el año pasado se consumieron cien millones de toneladas de áridos para la construcción, veinte millones corresponderían al apartado de arenas y gravas. Estas cifras son las más bajas en las últimas tres décadas, muy lejos de los años del boom inmobiliario, cuando se alcanzó el récord histórico: 485,5 millones de toneladas de áridos en 2006, de los cuales 97,1 millones corresponderían a la arena.

Con todo, nuestra fiebre del ladrillo palidece si se compara con los índices de consumo internacional: Austria emplea tanta como nosotros, y Turquía, Rusia y Alemania, cinco veces más, aproximadamente. En cuanto al total mundial, el informe de GEAS estimaba que el planeta gastó en 2012 entre 25.900 y 29.600 millones de toneladas de arena y derivados solo en el cemento de la construcción, suficiente para levantar un muro de 27 metros de alto y otros tantos de ancho alrededor del ecuador. Si se añaden los usos industriales y el trazado de carreteras, el total podría subir a los 40.000 millones anuales.

Más información sobre el tema en el reportaje La guerra de la arena, escrito por Vicente Fernández de Bobadilla. Puedes leerlo íntegramente en el número 442 de Muy Interesante.

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