Elemental, querido Doyle

El escritor escocés, emulando a su personaje Sherlock Holmes, participó en varias investigaciones policiales y llegó a sacar de la cárcel a inocentes.

Arthur Conan Doyle, al igual que su creación literaria Sherlock Holmes, ayudó a la policía en diversos casos criminales en los que destacó por su gran capacidad deductiva. Incluso llegó a sacar de la cárcel a personas que eran inocentes y a reparar así graves errores judiciales.

 

“Nunca he conocido a nadie que pudiera igualársele en lo que a capacidad de deducción se refiere […]. Cuando recorríamos las principales ciudades del mundo, algunos de los buenos ratos que con mayor impaciencia esperaba se producían cuando iba con mi padre a un buen restaurante y escuchaba los comentarios que hacía acerca de las peculiaridades, profesiones y otros rasgos propios de cada uno de los comensales allí presentes […]. Si el encargado del restaurante los conocía, la precisión de las intuiciones de mi padre resultaba sobrecogedora”, relató Adrian, uno de los hijos del escritor Arthur Conan Doyle, sobre la capacidad deductiva de su padre.

 

Fue esa habilidad –que trasladó a su creación más célebre– lo que le permitió participar y resolver auténticos misterios de su tiempo. Pero ¿cómo llegó el escritor a ese punto? Conan Doyle había nacido en Edimburgo el 22 de mayo de 1859. Hijo de padres irlandeses, católicos y de buena posición económica, desde niño demostró una inusitada afición por el mundo del crimen. Y pronto se interesó por la literatura negra: fue un gran enamorado de las novelas de Wilkie Collins y, muy especialmente, de las de Edgar Allan Poe, cuyos relatos leyó íntegramente durante su época de estudiante en la Facultad de Medicina de la Universidad de Edimburgo. “Como a cualquier adolescente, lo encandiló no solo por lo extravagante y sorprendente, por esa ficción demasiado realista de Poe, sino por el razonamiento deductivo”, explica Peter Costello en su libro Conan Doyle, detective (Alba Editorial, 2008).

 

En 1886, Conan Doyle publicó su primera novela de Sherlock Holmes, Estudio en escarlata. Con su personaje compartía diversas características: ambos eran expertos en venenos, fumadores de pipa, amantes de la meditación, celosos de su vida privada, inquisitivos, defensores de las víctimas de la injusticia… y algo más: resolvían crímenes reales en su tiempo libre. Y es que, a tenor del tremendo éxito posterior de sus libros, el autor comenzó a recibir decenas de cartas donde sus lectores le solicitaban encarecidamente sus servicios. Eran misivas “de personas angustiadas, en las que pedían ayuda para desentrañar algún misterio relacionado con sus familias, para que pusiese todo el empeño en localizar a algún familiar desaparecido o para que entregase a la justicia a algún delincuente al que la policía no había conseguido capturar”, explicó el autor.

 

Uno de sus casos más famosos

 

En un principio, el escritor se negó a estudiar estos casos, pero a su regreso de un viaje por Sudáfrica, en 1901, decidió involucrarse en varias investigaciones. Una de las más famosas tuvo como protagonista a George Edalji, un joven que trabajaba como abogado en Birmingham y cuyo padre, de ascendencia parsi, era a su vez reverendo en la localidad de Wyrley. Y fue aquí donde en 1903 se encontraron varios animales eviscerados, entre ellos un caballo de gran valor.

 

Al mismo tiempo, la policía comenzó a recibir extrañas misivas que daban a entender que se encontraban ante una persona con las facultades mentales mermadas. “En noviembre, Wyrley vivirá tiempos de regocijo cuando comiencen con las chavalas, porque piensan cargarse a veinte mozas igual que los caballos de antes del mes de marzo”, decía una de ellas.

 

Cuando la policía acudió a la vivienda de George Edalji, hallaron varios ropajes manchados de barro y de algo que parecía ser sangre, junto a dos navajas de afeitar con una mancha oscura aún húmeda. Aquellos elementos bastaron para detener al abogado, juzgarlo y condenarlo a siete años de trabajos forzados. Y ello, pese a que durante el juicio otro caballo apareció eviscerado.

 

Tres años después, Conan Doyle recibió una carta del condenado pidiéndole ayuda para demostrar su inocencia. Fue entonces cuando el autor escocés descubrió que la familia Edalji tenía un largo historial de acoso en Wyrley: facturas que se cargaban incorrectamente a su nombre, pintadas obscenas en paredes, lanzamiento de basura a la casa familiar, acusaciones infundadas… Nada de ello se dijo en el juicio, al igual que también se silenció que el acusado sufría de una miopía que le habría impedido orientarse por el campo de noche –como debió de hacer el auténtico agresor de los animales–.

 

Con este material, Conan Doyle inició una campaña en los medios escribiendo en favor de Edalji y criticando la labor policial. Sus artículos causaron gran sensación y, finalmente, el Ministerio del Interior reabrió el caso y Edalji fue indultado. Conan Doyle incluso fue un poco más allá y, tras analizar las caligrafías de las cartas recibidas por la policía, señaló a tres hermanos como los auténticos delincuentes, uno de los cuales era carnicero y estaba obsesionado con los caballos. Sin embargo, aquí los agentes fueron inflexibles, y nunca se los juzgó.

 

Imagen: Central Press Photos vía Wikimedia Commons

Puedes leer íntegramente el artículo "Elemental, querido Doyle", escrito por Janire Rámila, en el número 445 de Muy Interesante. 

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