El poder de los carroñeros

Los cadáveres de los animales sirven de sustento a un gran número de carroñeros y juegan un papel decisivo en la buena salud de muchos ecosistemas.

Del millón de ñus que intenta cruzar cada año el río Mara, entre Kenia y Tanzania, más de 6.000 mueren antes de alcanzar la otra orilla. Sin embargo, hasta que Amanda Subalusky, una especialista en ecología acuática del Instituto Cary de Estudios Ecosistémicos, se interesó por ellos, nadie sabía cuántos perdían la vida en el agua, ni mucho menos qué ocurría con sus cadáveres. “Entre 2011 y 2015 observamos 23 ahogamientos masivos”, detalla. Para determinar su impacto, Subalusky y su equipo diseccionaron numerosos cuerpos, tomaron muestras del agua y la vegetación, observaron a los carroñeros y siguieron el rastro de los nutrientes a lo largo de toda la cadena alimentaria.

Un caudal de nutrientes

“Cuando ocurre este tipo de incidentes, cada recoveco del río se llena de carcasas putrefactas”, cuenta la científica. “En algunas zonas pueden ser incluso centenares. El olor es espantoso, pero donde la mayoría de la gente solo ve un río apestoso, yo veo la mitad olvidada del ciclo de la vida y su impacto en el entorno”. Alrededor de los cadáveres, buitres, marabúes y cigüeñas se dan grandes festines, dejando a su paso árboles y suelos llenos de excrementos. “De media, en cada ahogamiento de estas características ocurrido desde 2001, el primer año sobre el que tenemos datos, mueren 6.250 ñus. Es una cantidad de biomasa similar a la de diez ballenas azules, y esto en un río que ni siquiera es muy grande”, explica Subalusky. Se estima que los esqueletos tardan siete años en desaparecer, durante los cuales aportan nutrientes esenciales a las aguas. Su superficie porosa permite el desarrollo de biofilms que sirven de alimento a varias especies acuáticas, un fenómeno que también se ha registrado en los fondos marinos.

En esta zona, donde la escasez de nutrientes es un grave problema, el hundimiento de un cadáver de ballena es un evento singular. Los despojos, conocidos como whale falls, conforman una inyección de materia orgánica fuera de lo común en un ambiente por lo normal desolado. Como consecuencia, sostienen a una sucesión de comunidades biológicas únicas, asociadas a las distintas etapas de descomposición. Una vez que toca fondo la ballena, se convierte en un autentico imán para los carroñeros: tiburones dormilones, varias especies de cangrejos e ingentes cantidades de mixinos –unos de los vertebrados más primitivos conocidos, emparentados con las lampreas– consumen entre 40 y 60 kilos de carne y vísceras diarias.  Su actividad frenética esparce materia orgánica a varios metros y enriquece los sedimentos colindantes.

Suministro de cadáveres

Todos los años, en la costa noroeste de EE. UU., millones de salmones del Pacífico nadan hasta las cabeceras de los ríos donde nacieron, para desovar. Además de constituir una fuente de alimento para los carnívoros, como los osos pardos o las águilas, sus cadáveres son abono para las aguas. Eso sí, las poblaciones de salmón salvaje son hoy una sombra de lo que fueron. La tala, la construcción de grandes presas y el cambio climático han reducido notablemente su número. No obstante, su presencia es tan importante que en algunos cauces se está llevando a cabo una insólita iniciativa: suplir la falta de cadáveres con animales muertos provenientes de criaderos. En el Estado de Washington, por ejemplo, se vertieron en los ríos 39.000 cuerpos en 2016; en Oregón, fueron 33.000.

Puedes leer íntegramente el artículo "Hijos de la muerte", escrito por Joana Brancoa, en el número 442 de Muy Interesante.

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Imágenes: Hans Splinter vía Flickr - CC / Shankar S. Vía Flickr - CC

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