Cortesanas: unas bellezas de armas tomar

Son muchas las cortesanas que han dejado su huella en la historia: desde la hetaira griega Aspasia de Mileto hasta madame de Pompadour, amante de Luis XV. También las ha habido españolas, como la Bella Otero.


Las cortesanas más famosas de la historia se caracterizaron por ser beldades que encandilaban con su agudeza e ingenio; y no pocas con sus dotes artísticas, como la poetisa veneciana Verónica Franco. Pero todas son mujeres que lucharon a su manera por empoderarse en la sociedad que las vio nacer.

 


La primera cortesana fue Aspasia de Mileto. “Dominaba a los hombres de Estado más influyentes”. “Tenía una rara sabiduría política”. “Le escribía los discursos a Pericles”. Estos y otros elogios dedicaron autores griegos y romanos a este personaje de enorme influencia en la Atenas helenística del siglo V a. C. Las mujeres como ella, llamadas hetairas, eran extranjeras de gran atractivo a las que se entrenaba desde la infancia para alegrar los banquetes, que entonces eran el sumun de la diversión de los varones. Sus servicios incluían los favores sexuales, pero aportaban también sus dotes como inteligentes conversadoras y sus habilidades en la música y la danza.

Resultaba tan buena oradora que se llegó a decir que daba clases de retórica a las atenienses de buena cuna. Y eso que ella ni siquiera era una ciudadana, ya que había nacido en Mileto. De hecho, las jóvenes de Atenas no podían ser hetairas, ya que se las reservaba para el matrimonio. Eso llevó a otra paradoja: estas cortesanas extranjeras eran las únicas mujeres que gozaban de libertad de movimientos y vida social en la sociedad ateniense, que era muy opresiva con la mujer. Incluso podían poseer muchos bienes.

Así, las cortesanas, cuya capacidad de brillar en la conversación, las artes y la cultura las distingue de las prostitutas, existen desde muy antiguo, y en civilizaciones muy dispares: desde las hetairas griegas a las oiran japonesas o las odaliscas turcas.


La prostituta que llegó a emperatriz

También abundaron las cortesanas en el medievo, sobre todo en el entorno de los monarcas. Porque si la corte era la familia ampliada de un rey, las damas que formaban parte de ella eran, en muchos casos, sus compañeras de alcoba. En el Imperio bizantino encontramos a una prostituta que llegó a emperatriz: Teodora (500-548), hija de una familia circense –su padre era domador de osos; y su madre, bailarina–, se casó nada menos que con Justiniano, quien cambió las leyes para beneficiar a su favorita; en este caso, con el objetivo de facilitar el matrimonio.

Sin embargo, normalmente las relaciones entre poderosos y cortesanas se llevaron con mucha discreción por imperativo religioso, ya que el cristianismo penaba estos vínculos por no ser legítimos. Debemos viajar hasta el Japón medieval para encontrar un ambiente cortesano más desenfadado. Allí, en el siglo X, las mujeres participaban de forma activa en la vida de la corte imperial de Heian –actual Kioto–, en la que se permitía una notable liberalidad. El nivel cultural de ellas era tan alto que surgió un notable círculo literario femenino, en el que destacó la aristócrata Murasaki Shikibu, que escribió Historia de Genji, el mayor clásico japonés.

Las cortes femeninas llegaron a Italia con los cambios traídos por el Renacimiento. En los albores del siglo XVI, Isabel de Este, marquesa de Mantua, y su cuñada Elisabetta Gonzaga, duquesa de Urbino, las promovieron: las damas debían ser cultas, con dotes para la conversación, interés por el arte y una cierta relajación en las costumbres.

Imagen: 'Retrato de Madame de Pompadour', del pintor François Boucher

Puedes leer íntegramente el artículo "Cortesanas: unas bellezas de armas tomar", escrito por José Ángel Martos, en el número 453 de Muy Interesante.

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