Así trabajaban los primeros oficinistas

En Egipto ya existían escribas dedicados al trabajo administrativo. Pero fue en el siglo XIX cuando surgió la figura del oficinista trajeado y con horario fijo.

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Así trabajaban los primeros oficinistas

Gracias a Charles Lamb (1775-1834), uno de los grandes ensayistas ingleses, tenemos más información sobre la vida cotidiana en las primitivas oficinas del siglo XIX. Él trabajó durante veinticinco años como oficinista en el departamento de contabilidad de la Compañía Británica de las Indias Orientales y escribió sobre ello en sus ensayos y correspondencia privada. De entrada, para hacerse con el puesto tuvo que depositar una fianza de 500 libras, práctica común entre los patrones de la época para asegurarse el buen comportamiento del personal. Además, durante los dos primeros años los empleados solo percibían una gratificación anual de 30 libras.

El sueldo inicial de Lamb, a partir del tercer año, fue de 40 libras anuales. Cuando se retiró en 1825 había ascendido a 730. En cuanto a la rutina diaria del trabajo, Lamb dejó abundantes comentarios sobre la cautividad y el servilismo reinantes: “Durante treinta años he servido a los filisteos y mi cuello aún no ha sido dominado por el yugo. No sabes lo fatigoso que resulta respirar el aire confinado entre cuatro paredes, sin descanso días tras día durante las horas doradas del día, entre las 10 y las 4, sin reposo o interposición”. El horario no siempre se cumplía y muchas veces tenía que alargar su jornada hasta bien entrada la tarde o la noche. Libraba los domingos, el día de Navidad, un día en Semana Santa y una semana en verano, como muchos de sus colegas de todos los países industrializados.

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¿En qué consistía exactamente aquel trabajo de oficina tan cargante? Además de mantener la contabilidad y tener al día los cobros, los oficinistas ocupaban buena parte de su jornada redactando correspondencia o documentos legales, sobre todo antes de que aparecieran los primeros métodos de copiado, ya que ningún papel se escribía una sola vez.

Algunas firmas exigían tres copias de cada carta, una para archivar y otras dos para enviar por correo, en el caso de que una de ellas no llegara a su destino. Los bufetes de abogados solían pedir y expedir sus papeles legales por cuadruplicado. La creatividad que tanto necesitaba Lamb estaba bastante ausente de la profesión con que se ganaba la vida. Pero pese a la monotonía y las condiciones laborales, el aumento constante del número de trabajadores en las oficinas a lo largo del siglo XIX trajo consigo la aparición de una nueva clase social: los oficinistas. En 1855, constituían la tercera fuerza laboral más numerosa de Nueva York, aunque era difícil encuadrarlos. No pertenecían a la clase obrera ni a la clase dominante. Eran otra cosa. Pero, según el periodista norteamericano Nikil Saval, autor del libro El cubículo. Historia secreta del lugar de trabajo, pertenecían en cierto sentido a la élite, ya que se requería un conocimiento del idioma y una especialización en los términos comerciales que impedía el acceso de los inmigrantes a la profesión.

Más información en el Dossier La Oficina, escrito por Vicente Fernández de Bobadilla. Puedes leerlo en el número 434 de Muy Interesante.

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Etiquetas: economíahistoriatrabajo

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