Adictos al botiquín

Vivimos enganchados a la automedicación. ¿Somos conscientes de los riesgos que esto supone?

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Omeprazol en vena

Más allá de los antibióticos, hay un montón de medicinas que se adquieren sin receta de las que también abusamos. El consumo de omeprazol y moléculas similares se multiplicó por cinco entre 2000 y 2012, según la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios (AEMPS). En España es el genérico más consumido: 54 millones de envases al año. Le siguen el paracetamol (34 millones) y un fármaco para reducir el riesgo de infarto, la simvastatina (24 millones).

El mal conocimiento por parte de la población sobre cómo funciona el omeprazol y la sobreprescripción son dos de las causas por las que los médicos vienen alertando sobre sus posibles riesgos. Por norma general, se piensa que sirve como protector estomacal, cuando su función es más compleja: forma parte de los llamados inhibidores de la bomba de protones, un grupo de fármacos cuya acción principal consiste en reducir la producción de ácido en el jugo gástrico, aquel que transforma en el estómago el bolo alimenticio en un compuesto pastoso llamado quimo. Además, alivia síntomas como el reflujo gastroesofágico y la hernia de hiato y previene las hemorragias gastrointestinales que pueden causar algunos antiinflamatorios.

La última de las alertas surgió a raíz de una investigación de la Universidad de Washington publicada en el Journal of the American Society of Nephrology y que relaciona un uso muy prolongado de este medicamento con problemas de riñón. Otro estudio realizado en la Universidad Johns Hopkins (EE. UU.) observó un 50 % más de trastornos renales entre los pacientes que consumían omeprazol con mucha frecuencia.

A patadas con el hígado 

En cuanto a cómo hay que tomar un medicamento, las opciones pueden ser infinitas y dependen, sobre todo, de la biodisponibilidad del fármaco, es decir, "de su capacidad de absorción con el estómago lleno o vacío", explica Borobia. Puede consultarse en el prospecto, pero si se tiene alguna duda, "en cada ficha técnica, disponible en la página web de la AEMPS, existe un apartado que recoge las características farmacocinéticas donde se fija en qué circunstancias se recomienda la ingesta. Si no se explicita, es que puede hacerse en cualquier momento”, añade el especialista.

No han acabado ahí las dudas. ¿Qué es mejor, una cápsula o una preparación efervescente? De nuevo, la cuestión depende de cómo se haya desarrollado el principio activo y en qué parte del cuerpo deba ser absorbido. En el caso del ibuprofeno, que se encuentra tanto en comprimidos como efervescente, Borobia señala que están fabricados con compuestos distintos que hacen que la asimilación sea, en el primer caso, más lenta, y en el segundo, más rápida.

Una de las creencias más extendidas tiene que ver con que lo más caro es mejor, cosa que no siempre es cierta. En opinión de Borobia, "la cuestión tiene más que ver con las patentes que con la calidad del producto", pues cuando empieza a comercializarse un fármaco nuevo, las empresas que lo desarrollan disponen de diez o doce años para fabricarlo en exclusiva, que es el tiempo en que suben los precios para recuperar la inversión que han realizado y obtener beneficios. Al finalizar ese plazo, explica, "se fabrican principios activos genéricos y el medicamento original, que antes era innovador, baja el precio y lo iguala al del resto para no perder cuota de mercado".

Lo natural no es inocuo 

 

Junto a los fármacos convencionales, muchos consumidores disponen en el botiquín de preparados a base de plantas medicinales y compuestos con dos apellidos que suelen confundirse: medicinal y natural. Pese a la diversidad de opiniones que existe sobre la ingesta de estas sustancias, todos los especialistas coinciden al señalar que cualquier producto con estas etiquetas produce interacciones con otros principios activos.

"La palabra natural se utiliza en cualquier contexto como si fuera equivalente a saludable, lo cual puede resultar muy peligroso. En una planta, la clave reside en si es o no medicinal, es decir, si podemos usarla para paliar un problema de salud y tiene, por tanto, una acción terapéutica", señala María José Cordero, farmacéutica y miembro de la Sociedad Española Médico-Farmacéutica de Terapias Emergentes (SEMEFARTE). Esta especialista insiste en la importancia de elegir muy bien el canal para adquirir las plantas medicinales, de manera que se tenga la seguridad de que "proceden de cultivos controlados sanitariamente".

El camino más seguro 

El doctor Borobia apunta que "la diferencia entre un medicamento natural y uno común es que, en el primero, puede que uno de sus principios activos reduzca, por ejemplo, la tensión, pero junto a él puede haber otros que no sabes lo que producen". En cambio, un fármaco de síntesis comercializado "solo contiene el compuesto que actúa sobre la hipertensión y no el resto". El especialista desaconseja el uso de productos de herbolario, práctica que califica sin ambages como peligrosa en tanto que en sus artículos tampoco se registra la composición cuantitativa, sino su fórmula cualitativa. Sin embargo, su consumo está cada vez más extendido y goza de buena imagen.

Los medicamentos herbarios, según la OMS, comprenden principios activos con partes de plantas u otros materiales vegetales, o combinaciones de esos elementos. Entre los más consumidos, la valeriana interacciona con los antiepilépticos y el alcohol; el eleuterococo 
–estimulante del sistema nervioso– lo hace con la cafeína; el Ginkgo biloba usado en trastornos circulatorios, con anticoagulantes e insulina; y la cáscara sagrada, que se usa para mejorar la digestión, con los diuréticos.

Etiquetas: medicamentossalud

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