1818: El barón Drais inventa el precursor de la bici

A principios del siglo XIX, el prolífico inventor alemán Karl Drais ideó un vehículo de dos ruedas que acabaría conociéndose como draisiana.

Bicicleta draisana

En ocasiones se ha atribuido a Leonardo da Vinci la invención de la bicicleta, pues en el reverso del folio 133 del Códice Atlántico –en latín, Codex Atlanticus–, una colección que reúne algunas de las obras del genio florentino, se muestra el dibujo de uno de estos ingenios. No obstante, y aunque no ha sido demostrada su falsedad, existen serias dudas sobre su autoría. El problema es que la imagen a la que nos referimos apareció por primera vez –y solo en el original– tras un proceso de restauración del citado manuscrito, hace unos cincuenta años.

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Por ello, podría decirse que la historia de la bicicleta moderna comienza en realidad cuando el barón Karl Drais ideó y construyó su Laufmaschine o máquina de correr, que patentó el 17 de febrero de 1818. Hoy la conocemos como draisiana. Drais era un ingeniero forestal con vocación de inventor que imaginó un vehículo de dos ruedas en línea, que avanzaba al dar impulso con los pies en el suelo. Las ruedas servían para prolongar la inercia de las zancadas y ofrecían un punto de apoyo en el intervalo entre las mismas.

Cuando andamos o corremos se consume energía en cada paso, pues cambia de posición nuestro centro de gravedad, pero en la draisiana la altura de este se mantiene constante, así que la energía se concentra en la propulsión. La máquina unía las dos ruedas con un bastidor, en cuyo centro se fijaba el sillín.

Para favorecer la estabilidad, la distancia entre las ruedas equivalía a una zancada; ademas, estas tenían 70 cm de diámetro, de modo que el usuario pudiera manejarla mientras permanecía sentado. En total, el vehículo medía dos metros de largo, pesaba unos 40 kilos y estaba construido en madera, aunque incluía algunos elementos de hierro, como los ejes y las llantas de las ruedas. 

Al principio, no cuajó

El barón construyó algunas unidades, pero, pese a que en algunos casos permitía superar en velocidad el trote del caballo, no llegó a utilizarse, pues presentaba serios problemas cuando había que circular por un camino con piedras o arena, o si este tenía una fuerte pendiente. La draisiana se quedaría en una curiosidad de uso lúdico y recreativo. Sin embargo, fue un punto de partida. Sucesivamente, se fueron incluyendo modificaciones que cristalizarían, dos siglos después, en la bicicleta actual.

En este asunto se considera un hito la aportación del herrero Kirkpatrick Macmillan, que en 1839 incorporó al vehículo un cigüeñal en la rueda trasera. Este iba conectado por dos barras a unos pedales que podía accionar el ciclista. Para ello, se había inspirado en las bielas de la máquina de vapor. Era la primera vez que el conductor de uno de estos aparatos no tenía que apoyar los pies en el suelo durante el recorrido.

La primera fábrica de bicicletas, ahora con pedales aplicados al eje de la rueda delantera, sería fundada en París, en 1868, por Pierre Michaux, lo que contribuyó a su popularización. Ese año se celebró la primera carrera entre París y Rouen, separadas por 124 km. Los trescientos participantes hicieron una media de 12 km/h.

Posteriormente, se variaron numerosas veces los tamaños y las características de las ruedas, las cadenas de transmisión y los cambios de marcha, y fundamentalmente el cuadro, con materiales que llevaron a fabricar bicicletas mucho más ligeras, ergonómicas, resistentes, cómodas y efectivas en cuanto a optimización de la energía. Hoy, su evolución continúa.

 

Puedes leer íntegramente la sección Días contados, escrita por Ramón Núñez, en el número 441 de Muy Interesante.

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