Luces y sombras del Zero Waste

El movimiento Cero Residuo, que aboga por el reciclaje extremo y reducir al máximo nuestra producción diaria de basura, podría no ser tan eficaz.

Esta tendencia ecologista, que está cada vez más de moda en Estados Unidos y en Europa y ahora empieza a arraigar en España, aspira a reducir la producción de residuos y a reciclar y revalorizar la mayor cantidad posible de materiales, así como a promover la fabricación de productos de vida útil larga.

Los seguidores de este movimiento pujante compran los alimentos a granel, fabrican su propio jabón o pegamento, usan envases de cristal en vez de plástico y sustituyen el papel de cocina y los clínex por los paños y los pañuelos de tela. Así, el Zero Waste va un paso más allá del simple reciclaje y plantea un cambio más radical en el estilo de vida a fin de reducir nuestra huella medioambiental. 

La mayor parte de sus seguidores asumen que sus actos son microscópicos en un mundo habitado por más de siete mil millones de personas, pero al menos sienten que viven de acuerdo con sus valores y albergan la esperanza de que cada vez más personas se adhieran a su estilo de vida. Y ese sería el principal problema del Zero Waste según sus detractores: que se trataría de una postura más cosmética que eficaz y, como la mayoría de las modas, más superficial y contradictoria de lo que parece.

Su principal escollo es que tomar decisiones ecológicas no resulta tan intuitivo como parece, sino que requiere de un análisis para cada acto individual. El mundo es demasiado complejo para reducirlo a una única consigna, y cada acto influye en otros factores de formas tan intrincadas que solo estamos empezando a esclarecerlas.

 

La huella ecológica es bastante similar

Por esa razón, un estudio de 2012 realizado por investigadores de la Universidad Corvinus de Budapest comparó las huellas de los consumidores verdes que intentan tomar decisiones ecológicas con las huellas de los consumidores habituales. La conclusión fue que no se encontraron diferencias significativas entre los dos grupos.

Un ejemplo paradigmático de consigna superficial sería la preferencia por los productos de kilómetro cero –aquellos que, para llegar a tu plato, no han tenido que viajar más de 100 km–, ya que estos no siempre son necesariamente menos contaminantes. Por ejemplo, según explica el economista de Oxford Tim Harford en su libro Adáptate, se consume más combustible fósil para criar un cordero en el Reino Unido que en Nueva Zelanda, que tiene una estación herbosa más larga y más energía hidroeléctrica, lo cual compensa las emisiones originadas por el transporte.

El mismo cálculo puede hacerse si un británico compra tomates a España en vez de cultivarlos en su propio suelo. Es decir, que sería más importante promover políticas que, localmente, apuesten por energías menos contaminantes que incidir en el consumo local por sí mismo. Y cada producto debe ser, a su vez, analizado individualmente cada poco tiempo a fin de actualizar su huella medioambiental en comparación con otras alternativas.

Puedes leer íntegramente el artículo "Bienvenidos al ¿paraíso? del Zero Waste", escrito por Sergio Parra, en el número 455 de Muy Interesante.

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