¿Para qué sirve la nostalgia?

¡Qué tiempos! La bruja Avería, Mazinger Z, los caramelos PEZ, el Naranjito, Los vigilantes de la playa... Pensar en cosas pasadas puede promover la salud psicológica, al despertar sentimientos positivos.

 

Nostalgia: sentimiento agridulce por excelencia, la añoranza por los tiempos pasados ayuda a mantener el equilibrio emocional. Pero ¡cuidado! Si se desmanda, puede condenarte a vivir del recuerdo.

Los niños de ahora no se lo creerán, pero hubo un tiempo, y no muy lejano, en el que las  fotos no se hacían con un móvil. La cámara era uno de los regalos más preciados de la infancia y la adolescencia. Te ibas al zoo o de excursión a la montaña con el cole y tus padres te daban un carrete de 12 –el de 24 o 36 era ya tener mucha potra– para que inmortalizaras el momento. Te lo tenías que pensar mucho antes de darle al disparador. Vamos, que selfis, pocos, ¡menudo desperdicio! Luego enganchabas los recuerdos de papel meticulosamente en un álbum, y de ahí a la estantería. Ahora, en cambio, las almacenamos en el disco duro del ordenador, y en algunos casos, ni siquiera salen del WhatsApp.

 

Los niños del baby boom y los miembros de la llamada generación X conocen bien esta historia. A ellos, sobre todo, va dirigida la industria de la nostalgia, que es la que se dedica de manera sistemática a producir recuerdos, según nos cuenta el filósofo Manuel Cruz.

La serie Cuéntame cómo pasó lleva ya diecisiete temporadas en antena. Y qué decir del retorno del viejo envase de Coca-Cola, la nueva entrega de la película Mad Max, el recurrente regreso de Hombres G a los escenarios o la moda vintage. Parece un concurso para ver quién es más ochentero. Pero la pasión por lo retro, por las cosas de décadas anteriores, no es algo nuevo. La diferencia, quizá, es que ahora añoramos el tiempo pasado a edades más precoces, y a los cuarenta ya estamos contando batallitas de abuelo. “¿Por qué?”, se pregunta el periodista y escritor Ignacio Elguero, autor de Los niños de los Chiripitifláuticos y el más reciente Cosas que ya no, entre otros libros generacionales.

“En España, los cambios sociales que se produjeron en los 80 y las transformaciones tecnológicas de finales del siglo XX alteraron también la forma de entender el ocio, la educación, la cultura, las relaciones personales y familiares… muy rápidamente. De ahí surge una sensación de vacío que ha diluido el tiempo de infancia y juventud”. La nostalgia, por tanto, podría ser una manera de lidiar con esos cambios vertiginosos.

 

Puede desencadenarse por una canción, un olor o el reencuentro con un amigo que hace tiempo que no veíamos. De pronto, nos invaden imágenes del pasado: un fogonazo de nuestra niñez, lugares que nos hicieron felices, un suceso determinante en nuestra vida... La Real Academia Española de la Lengua la define, en su segunda acepción, como una “tristeza melancólica originada por el recuerdo de una dicha perdida”.

Rafael Bisquerra, director del Posgrado en Educación Emocional y Bienestar de la Universidad de Barcelona (UB), lo desarrolla un poco más: “Acordarse de tiempos pretéritos como momentos maravillosos vividos con amor no es nostalgia. Solamente se convierte en ella cuando pesa más la sensación de que eso se ha perdido por encima de la experiencia de lo vivido”. En sentido literal, la nostalgia, palabra que proviene de los términos griegos nostos –‘regreso’, ‘volver a casa’– y algos –‘dolor’–, es el sufrimiento causado por el deseo incumplido de retornar al hogar. El primer caso en la literatura lo encontramos en la Odisea de Homero, que narra la vuelta de Ulises a Ítaca tras la guerra de Troya.

En el canto X, el ingenioso héroe comunica a su tripulación que Circe, la diosa hechicera, no les permite cumplir con su propósito: “‘Seguro que pensáis que ya marchamos a casa, a la querida patria, pero Circe me ha indicado otro viaje a las mansiones de Hades y la terrible Perséfone para pedir oráculo al tebano Tiresias’. Así dije, y el  corazón se les quebró; sentáronse de nuevo a llorar y se mesaban los cabellos. Pero nada consiguieron con lamentarse”.

 

Este sentimiento fue descrito explícitamente por primera vez en 1688, cuando el médico suizo Johannes Hofer utilizó el término para describir la añoranza por el hogar que embargaba a los soldados de su país. Entre los síntomas físicos y psicológicos que sufrían figuraban las taquicardias, los ataques de llanto, el insomnio y el miedo; de ahí que Hofer lo definiera como una “enfermedad neurológica de causas esencialmente demoniacas”.

Esta teoría fue cuestionada ya entonces por otros especialistas, que atribuían la aflicción de los soldados helvéticos a los cambios en la presión atmosférica tras ser trasladados desde sus pueblos de montaña a las llanuras. Hubo incluso quien especuló con que el incesante sonido de cencerro de las vacas en los Alpes dañaba el tímpano y el cerebro de aquellos hombres atribulados. Hasta el siglo XIX, la nostalgia siempre se interpretó, en la línea del facultativo suizo, como una dolencia cerebral.

A partir de entonces, pasó a ser descrita como una forma patológica de melancolía o bien como una especie de psicosis del inmigrante, es decir, un trastorno psíquico que causa una  tristeza indomable y perturba el pensamiento de aquellos que desean regresar a casa después de un periodo de ausencia. Estas teorías se mantuvieron hasta 1979, cuando el sociólogo norteamericano Fred Davis (1925-1993) la describió como un anhelo sentimental por personas, lugares o situaciones que nos hicieron felices en el pasado. Estableció así la definición moderna del concepto. Desde entonces, muchos estudios científicos han tratado de demostrar que, lejos de ser un estado de ánimo negativo, produce bienestar y ayuda a dar significado a nuestra vida.


Recrear experiencias del ayer sirve para sentirse mejor en tierra extraña

Una de las personas que más lo ha estudiado es Constantine Sedikides, a partir de sus experiencias personales. Griego de nacimiento, trabajó durante muchos años en la Universidad de Carolina del Norte, en EE. UU., antes de ser trasladado a la de Southampton, en Inglaterra, donde asumió el cargo de profesor de Psicología Social y de la Personalidad. En los primeros meses de cambio, a menudo le asaltaban escenas de las noches de verano en su antigua casa, rodeado de su familia; podía incluso escuchar los sonidos o sentir los olores.

Analizando los recuerdos, Sedikides se dio cuenta de que no le hacían infeliz: más bien al contrario, le ayudaban a dar sentido a su viaje. Así fue cómo decidió estudiar más a fondo el fenómeno. Sus colegas investigadores de la Universidad de Southampton empezaron a analizar metódicamente historias recogidas en el laboratorio y la revista Nostalgia, que reflejaba la vida diaria en Estados Unidos durante la década de los 50 y los 60. El estudio puso de manifiesto que, en la mayoría de los casos, es la propia persona la protagonista del recuerdo. Pero les llamó más la atención la frecuencia con la que se presentaba lo que llamaron secuencia de superación. “Las historias nostálgicas a menudo comienzan mal, con algún tipo de problema, pero luego se soluciona gracias a la ayuda de alguien cercano al protagonista.

Al final, este experimenta un sentimiento de pertenencia y afiliación y se vuelve más generoso con los demás”, explicaba Sedikides en un artículo del periódico ­The New York Times. Rara vez ocurría lo contrario: que la historia acabara mal. Eso hace pensar que la nostalgia nos vuelve optimistas. Para inducir la añoranza en los sujetos de estudio, los científicos británicos utilizan varias técnicas, pero sobre todo les piden que describan un episodio particularmente significativo o positivo de su pasado o les ponen canciones viejunas. Después, los voluntarios completan un cuestionario que evalúa sus sentimientos, la llamada escala de Southampton.

Así es como han llegado a conclusiones como que la nostalgia sirve para contrarrestar la soledad, el aburrimiento y la ansiedad. Hace que nuestro ayer y hoy tengan una continuidad. No solo promueve el equilibrio emocional ante los pensamientos y situaciones negativos, sino que ayuda a lidiar con el inevitable hecho de nuestra propia muerte. Las parejas se sienten más cerca y se ven felices cuando están compartiendo vivencias. Y, además, esa experiencia nos protege del frío. Sí, del frío.

Mirando hacia atrás con pena

Rememorar momentos luminosos de la infancia, como la imagen de nuestra madre cocinando nuestro plato favorito o aquel día en el que nos regalaron una mascota, es una buena estrategia para levantar el ánimo. ¿Seguro? Pues no en todos los casos. Según un estudio de la psicóloga Ju­ a Joormann, de la Universidad de Miami (EE. UU.), este tipo de evocaciones ponen aún más tristes a las personas que sufren depresión. El motivo es que no experimentan concordancia entre el yo positivo de sus recuerdos y la percepción negativa que tienen de sí mismas en el momento presente. Y se mortifican pensando en la persona que fueron y ya no serán. PARAÍSOS PERDIDOS. Tal y como explica Carlos Tejero, vocal del Área de Comunicación de la Sociedad Española de Neurología, “la parte negativa de la nostalgia se relaciona sobre todo con la tendencia a equiparar los recuerdos del pasado con la felicidad. Cuando ocurre en el contexto de una depresión, nos puede dar la sensación de que no somos capaces de activar nuestro sistema de recompensa”.

En un experimento llevado a cabo en la Universidad de Tilburg, en el sur de los Países Bajos, el experto en ciencias sociales y del comportamiento Ad Vingerhoets encontró que algunas canciones hacen que la gente se sienta no solo nostálgica, sino también más cálida desde el punto de vista estrictamente fisiológico. Después de hacer un seguimiento de un mes a un grupo de estudiantes, Xinyue Zhou, profesora de la Universidad Sun Yat-Sen, en China, descubrió que el estado de ánimo evocador es más frecuente durante los días fríos. Y también que quienes permanecen en habitaciones a bajas temperaturas son más propensos a regresar al pasado que si estuvieran en ambientes caldeados.

Esa conexión entre el cuerpo y la mente hace pensar a los científicos que la nostalgia pudo haber tenido un valor evolutivo para nuestros ancestros, impulsándoles a buscar refugio y alimento incesantemente para poder sobrevivir. No hay duda de que ese fenómeno psicológico se produce en nuestro cerebro, pero ¿dónde? Las modernas técnicas de neuroimagen han contribuido a resolver el enigma.

 

 

En un experimento con un grupo de mujeres sanas, el científico cognitivo japonés Kentaro Oba se propuso saber qué zonas de su masa gris se activaban al ver fotografías agradables de su infancia. Y confirmó la presencia de actividad en estructuras como el hipocampo, la sustancia negra y el estriado ventral, fundamentales para la memoria y la recompensa. “Es como cuando abrimos el armario donde guardamos la ropa y lo ligamos al olor del momento en el que nuestra abuela doblaba las sábanas cuando éramos niños. El recuerdo se ha visto estimulado por ese aroma y nos produce una activación del centro de placer.

Podemos volver a buscar el recuerdo porque sabemos que produce bienestar”, afirma Carlos Tejero, vocal del Área de Comunicación de la Sociedad Española de Neurología (SEN). Investigadores del Laboratorio Delgado para la Neurociencia Social y Afectiva de la Universidad Rutgers, en EE. UU., han ido un paso más allá a la hora de explicar por qué somos nostalgiadictos. Pidieron a un grupo de voluntarios que recordaran momentos positivos y otros neutros mientras se sometían a una resonancia magnética funcional (IRMf).

Revivir buenos momentos es preferible incluso a ganar una suma de dinero.

El ensayo reveló que la rememoración de los episodios felices activaba zonas cerebrales conocidas como córtex medial prefrontal y cuerpo estriado, las mismas que se encienden cuando hay una ganancia económica. Sorprendidos por el resultado, los científicos ofrecieron a los sujetos una suma de dinero por evocar un evento dichoso y otra más elevada por recordar otro sin contenido emocional. Y no lo dudaron: mejor ganar menos a cambio de recrear los mejores momentos de sus vidas. Como dice Tejero, “necesitamos sentirnos bien. Igual que los osos se lanzan a la colmena para conseguir la miel, el ser humano tiene tendencia a buscar las cosas que le producen placer”.

Pero no todo son buenas noticias para quienes les gusta perderse en las brumas del pasado, porque si de algo carece la nostalgia es de rigor histórico. Serrat lo cantaba en una canción: “Los recuerdos suelen contarte mentiras. Se amoldan al viento, amañan la historia; por aquí se encogen, por allá se estiran. Se tiñen en gloria, se bañan en lodo; se endulzan, se amargan a nuestro acomodo según nos convenga. Porque antes que nada y a pesar de todo hay que sobrevivir”.

Lo que queremos decir es que, al echar la vista atrás, algunos sucesos de nuestra biografía parecen idílicos, cuando en realidad estuvieron lejos de serlo. Por ejemplo, a veces añoramos un viejo amor, como si todo hubiera sido de color rosa, olvidando el motivo por el que se rompió la relación. “Cada vez que recuperamos un recuerdo, vamos perdiendo información. Es decir, el primer estímulo que activa la recompensa es generalmente mucho más preciso que los posteriores. Con la nostalgia no hay concreción, sino una nebulosa”, explica el doctor Tejero.

Es, pues, un arma de doble fi lo. Claro que nos ayuda a mantenernos en forma emocionalmente, pero “el problema aparece cuando alguien se queda viviendo del recuerdo. Si no estás en el tiempo que te toca vivir, mal asunto”, opina el periodista y escritor Ignacio Elguero. “Tendemos a olvidar lo malo para salir adelante”, añade el doctor Bisquerra. Y continúa: “Si lo analizamos crítica y objetivamente, en general no hay evidencias de que lo ya vivido fuera mejor que la situación actual. Sí pasa que cuando nos hacemos  mayores resulta inevitable pensar ‘de joven me quedaba una vida por delante... Ya no tengo las energías y la ilusión de entonces’”.

Así pues, a no ser que suframos alguna disfunción cerebral, parece que está en nuestras manos quedarnos anclados en el ayer o bien orientarnos hacia el futuro. En el Posgrado de Educación Emocional y Bienestar de la Universidad de Barcelona, gestionado por el Grupo de Investigación en Orientación Psicopedagógica (GROP), se quedan con la segunda opción.

Cómo asomarse al futuro desde experiencias pasadas.

Lo que se propone es recuperar emociones positivas, como el amor, la alegría, el agradecimiento, el bienestar y la plenitud, a través del recuerdo. “No para experimentarlas desde la nostalgia, sino para revivirlas positivamente y, si cabe, analizarlas con el fi n de vislumbrar qué podemos hacer para repetirlas. Lo que interesa no es centrarnos en el pasado, sino abrir caminos de futuro que estén presididos por el bienestar consciente”, concluye el doctor Bisquerra, su director.