Así te enseña la ciencia a tomar decisiones

Saber cómo funciona la trastienda del cerebro, qué papel desempeñan las emociones, los prejuicios, la selección de datos u otros mecanismos inconscientes, te ayudará a manejarte mejor en los dilemas de la vida cotidiana.

 

¿Actuamos escogiendo a cada momento la opción más provechosa para nuestros intereses? Este esquema reduccionista, que recibe el nombre de conducta racional, fue el principal paradigma usado por los estudiosos durante años. Para muchos se trataba de una simplificación, como apuntó el filósofo británico Bertrand Russell (1872- 1970): “Se ha dicho que el hombre es un animal racional. Llevo toda mi vida buscando evidencias que apoyen tal afirmación”. Sería comparable a afirmar que Amazon no es más que una web, sin tener en cuenta el conglomerado de almacenes, empresas distribuidoras y de transporte, y miles de trabajadores que operan por detrás. La página es solo la cara visible para los clientes, del mismo modo que la conciencia humana es como la espuma que flota sobre aguas profundas.

 

Hoy sabemos que nuestro comportamiento es, efectivamente, mucho más complejo de lo que se suponía. Estamos convencidos de saber lo que nos ocurre, lo que queremos y lo que proyectamos hacer, pero el pensamiento consciente solo tiene acceso a unos pocos procesos de todos los que tienen lugar en el cerebro cada momento. Su credibilidad es la misma que la de un borracho convencido de poder caminar en línea recta sin tambalearse.

Como quien abre el capó de un coche para entender los mecanismos que lo ponen en marcha, psicólogos, neurocientíficos e incluso economistas se han dado cuenta del papel decisivo que desempeñan las emociones, los deseos y la infinidad de mecanismos que se activan de forma inconsciente. La huella de estos factores irracionales se deja notar cada vez que percibimos, anhelamos, pensamos o intentamos entender lo que nos rodea. O sea, siempre. En ocasiones, nos conducirán a una solución rápida y eficaz, pero otras veces nos abocarán al error por no haber sopesado con calma todos los pros y contras.

La revelación de esa trastienda mental nos permitirá saber por qué en ocasiones hacemos elecciones perniciosas, no cumplimos con nuestros planes o dejamos de emprender una acción que nos hubiera beneficiado. Y es un conocimiento que, quizá, nos hará sentir mucho más inseguros: ¿cómo podemos saber, con certeza, que no nos están arrastrando factores irresistibles que pueden acabar llevándonos por el mal camino? El problema es más bien a la inversa: el falso sentido de seguridad que muchas veces acompaña a nuestros actos es, como apuntan los expertos, uno de los síntomas de que nos estamos dejando conducir por la corriente de automatismos incontrolables. La duda, por el contrario, nos provoca una gran insatisfacción, pero es la señal de que la razón ha tomado las riendas. A continuación te contamos lo último que se sabe sobre los engranajes neurológicos involucrados en la toma de decisiones.

Por naturaleza, el futuro es impredecible

El psicólogo británico Richard Wiseman invitó a un astrólogo especializado en finanzas, a un analista y a una niña de cuatro años a participar en un experimento: les ofreció dinero para que lo invirtieran en bolsa como quisieran. Tras un periodo de tiempo acordado, se comprobaría quién había sido capaz de lograr más ganancias –o, en su defecto, menos pérdidas–. Mientras que el astrólogo basó sus elecciones en el día que se fundaron las empresas, el inversor recurrió a su amplia experiencia. Obviamente, ignorante sobre el mundo de los negocios, la niña había elegido las cotizaciones al azar. Tras alzarse con la victoria, la pequeña se convirtió en una celebridad, con entrevistas en diarios económicos y propuestas para aparecer en programas de televisión.

El mundo de las finanzas está sujeto a constantes torbellinos y sacudidas. En opinión del ensayista libanés Nassim Nicholas Taleb, la sabiduría que pueden aportar los expertos en este campo hace que “su valor predecible no sea mayor que el de la astrología”.

La niña gana porque sus elecciones son aleatorias y carecen de sesgos.

Preferimos pensar que podemos anticipar el futuro y tenemos todo bajo control. Sin embargo, tal y como explica Taleb en El cisne negro (editorial Paidós), los acontecimientos más insospechados son los que, cuando ocurren, acaban teniendo un mayor impacto en nuestras vidas.

Reconocer la existencia de tales cisnes negros es aceptar que nuestro conocimiento tiene límites y que hay eventos irreducibles a nuestra comprensión. Es imprescindible, piensa Taleb, que asumamos el gran poder de lo impredecible y, por tanto, de lo que ignoramos. “Pensemos en nuestra propia existencia. Contemos los sucesos importantes, los cambios tecnológicos y los inventos que han tenido lugar en nuestro entorno desde que nacimos, y comparémoslos con lo que se esperaba antes de su aparición. ¿Cuántos se produjeron siguiendo un programa?, se pregunta Taleb. Y añade: “Fijémonos en nuestra propia vida, en la elección de una profesión, por ejemplo, o en cuando conocimos a nuestra pareja, en el exilio de nuestro país de origen, en las traiciones con que nos enfrentamos, en el enriquecimiento o el empobrecimiento súbitos. ¿Con qué frecuencia ocurrió esto según un plan establecido?

Aunque los expertos hayan sido incapaces de vaticinar algo inesperado, a posteriori siempre son capaces de encontrar infinidad de justificaciones. “Somos unos estupendos generadores de hipótesis causales”, explica Richard E. Nisbett en Mindware; Herramientas para pensar mejor (editorial Debate). Dado un efecto, raras veces perdemos la ocasión de darle una explicación. Como sigue diciendo este autor, “la compulsión es particularmente intensa cuando vemos que un suceso se suele producir en conjunción con otro”. De acuerdo con Nisbett, la facilidad con la que planteamos relaciones y generamos toda clase de razonamientos a toro pasado nos tendría que hacer sospechar de su escaso valor.

Visión de estrategia

Nuestros actos no obedecen exclusivamente a conseguir lo que deseamos o a nuestros intereses, sino que además nos comportamos en función del comportamiento de los demás: o bien respondiendo a lo que han hecho, o bien anticipando lo que creemos que tienen la intención de hacer. Considerar cuál puede ser la reacción ajena suele evitar que se cometan imprudencias. Un mandatario podría desear lanzar un misil contra la capital de una potencia enemiga con el único fin de mostrar su poder militar, pero prever que dicha acción desencadenaría una guerra segura le disuadirá seguramente de cumplir su voluntad. El desconocimiento sobre lo que va a hacer el otro a menudo puede llevar a que nos decantemos por la peor solución.

¿Cómo gestionar entonces dicha ignorancia? ¿Cómo hemos de actuar? Si una ciudad implanta un sistema de reciclado y recogida selectiva de basura, es previsible que los vecinos acepten de buen grado las indicaciones municipales, pero también pueden llegar a la conclusión de que muchos conciudadanos se van a quedar de brazos cruzados y entonces sigan su ejemplo. Adoptar la perspectiva de cuál es el resultado que desea la mayoría, en vez de imaginar qué es lo que van a hacer, puede contribuir a que acaben escogiendo la opción más beneficiosa para el medio ambiente. En situaciones en la que participan distintos individuos, las estrategias suelen ser variadas. Solo un análisis como el que ofrece la teoría de juegos, que estudia las combinaciones de los intereses cruzados, permite mostrar cuál es curso de acción óptimos. Gracias a esta panorámica amplia de la situación, podremos evitar precipitarnos al error.

¡Que te veo venir!

Antes de hacer un movimiento precipitado, conviene imaginar qué trama el resto de los jugadores. sos de un crimen y, tras aislarlos, ofrece a cada uno de ellos la posibilidad de confesar, de manera que si ambos lo hacen cumplirán una pena de ocho años de prisión. Si uno no canta pero su compañero sí, la condena será de diez años para el primero, mientras que el otro será liberado. En el caso de que nadie confiese, los dos estarán encerrados dos años. El mal menor parece la confesión. Este tipo de análisis es aplicable a infinidad de situaciones, como las alternativas que tienen los Gobiernos para luchar contra el cambio climático. En este caso, colisionan los intereses económicos de cada país ante la necesidad de resolver un problema común.

La absorbente tarea de estar atento

Como los recursos mentales son limitados, fijar la atención implica que descuidemos lo que pasa alrededor y tomemos elecciones equivocadas. Como explica el nobel de Economía Daniel Kahneman en su libro Pensar rápido, pensar despacio (editorial Debate), “las variantes de esfuerzo voluntario hacen uso, al menos en parte, de un fondo compartido de energía mental”. Nuestro cerebro sería como una casa en la que se ha contratado una limitada potencia eléctrica, expone Kahneman, de modo que algunos electrodomésticos, al ponerse en marcha, requerirán de casi toda la energía disponible. Esto explica que cuando estamos absortos en una tarea nos puedan pasar inadvertidos infi nidad de detalles a nuestro alrededor. Así lo demuestra el conocido experimento en el que se pide a un grupo de voluntarios que observen un vídeo y cuenten las veces que unos niños se pasan la pelota.

Absortos en la tarea, pocos se dan cuenta de que un individuo disfrazado de gorila cruza la pantalla. Según Kahneman, esto tiene una explicación evolutiva: “Orientar la atención y responder rápido a los peligros más serios y a las oportunidades más prometedoras aumenta la capacidad de supervivencia”. El experto norteamericano también cita una investigación en la que se examinó a unos jueces mientras deliberaban, durante largas sesiones de trabajo, si concedían la libertad condicional a unos presos. Al iniciar la jornada, los hombres de leyes estudiaban cada caso de forma meticulosa para que la decisión fuera lo más justa posible. Sin embargo, cuando se acercaba el momento del descanso, optaban por denegar la condicional casi sistemáticamente. “Jueces exhaustos y hambrientos tienden a escoger la elección más fácil y común de rechazar peticiones de libertad provisional”, afi rma Kahneman. Cuando el cerebro está cansado, tiende a abandonar los procesos deliberativos –que implican una mayor inversión energética– y se ponen en marcha unos automatismos que requieren de un menor ahínco. Se toman atajos a costa de la libertad de los presos. Aunque es el órgano que consume más energía de nuestro cuerpo, la masa gris opta por desconectarse de las tareas más farragosas y que requieran mayor esfuerzo siempre que encuentra la ocasión. “La facilidad con la que se deja de pensar es pasmosa”, concluye Kahneman.

Es habitual anteponer lo urgente a lo importante

El gasto que exige concentrarnos en un trabajo determinado supone que se pueda llegar a reducir también nuestra capacidad de autocontrol. “Es más probable que la gente cognitivamente ocupada haga elecciones egoístas, use un lenguaje sexista y emita juicios superfi ciales en situaciones sociales”, explica el autor de Pensar rápido, pensar despacio. Esto ocurre porque el autocontrol, imprescindible, por ejemplo, para seguir una dieta, requiere también una energía que en ese momento se está desviando hacia otra actividad. Este es el motivo por el que la lista de buenos deseos de inicio de año acabe siempre olvidada en el fondo de un cajón: el cerebro acaba redirigiendo los recursos que hubiera requerido su cumplimiento hacia otras ocupaciones más urgentes, aunque seguramente mucho menos importantes.

Nuestro órgano pensante actúa sobre los datos de los sentidos de modo parecido a como lo hacen los encuestadores: toma la información en bruto y la procesa –o cocina, en el argot– para eliminar posibles sesgos que hayan podido introducirse al no disponer de una muestra sufi cientemente representativa del electorado. En el caso de las empresas demoscópicas, acostumbran a fallar estrepitosamente; todo lo contrario de lo que ocurre con la percepción humana, que solo se equivoca en momentos muy puntuales, como cuando se produce una ilusión óptica. La masa gris participa de forma muy activa en moldear los datos procedentes de los sentidos.

Como gotas de agua en una tormenta incesante, el big data sensitivo pasa por una maquinaria neuronal capaz de realizar diez billardos –un uno seguido de dieciséis ceros– de operaciones por segundo, mucho más que cualquier ordenador actual. Es un trabajo fugaz que tiene en cuenta hasta el último detalle. Por ejemplo, que los datos auditivos precisan menos operaciones que los visuales, de modo que necesitan ralentizarse para se sincronicen con los que captan nuestros ojos. Nos asustaríamos al oír romperse un plato antes de ver cómo se estrella contra el suelo, pero es lo que ocurriría si el proceso perceptivo no hiciera su labor de maquillaje.

Todos estos cálculos y ajustes son automáticos, y solo una parte muy reducida llega a la conciencia. Como explica el neurocientífico estadounidense David Eagleman en su libro Incógnito (Anagrama), “no tenemos acceso a la maquinaria rápida y automática que recoge y calcula las estadísticas del mundo. Simplemente somos los benefi ciarios que se desplazan sobre la maquinaria, disfrutando del juego de luces y sombras”.

La maquinaria perceptiva falla, por ejemplo, en las ilusiones ópticas

Este mecanismo tiene en cuenta numerosos factores, que incluyen lo que piensan los demás. Cuando en un grupo impera una opinión, es muy probable que haya disidentes que acaben comulgando con ella. En un experimento clásico, se pedía a un grupo de personas que identificara cuál de las tres líneas tenía el mismo tamaño que otra que se les presentaba como modelo. Aunque la respuesta era fácil y evidente, la mayoría estaba conchabada para responder de forma errónea. Cuando llegaba el turno al verdadero sujeto del experimento, este –que antes había escuchado el resto de las opiniones– acababa señalando casi siempre la respuesta equivocada. Esta aquiescencia se produce sobre todo para evitar llamar la atención.

Sin embargo, el psicólogo Gregory Berns demostró, mediante imágenes de resonancia magnética, que algunos sujetos escogían una solución falsa –en conformidad con la mayoría–, pero no estaban mintiendo. Según su sorprendente hallazgo, el cerebro de estas personas llegaba a ajustar los datos de la percepción para que fueran coherentes con lo manifestado por el grupo. “La conformidad puede surgir en un nivel ejecutivo de la toma de decisiones o porque el entorno social altera la percepción individual del mundo”, explicó Berns. La cocina que nuestra mente somete a los datos sensibles intenta eliminar todo rastro de posibles incongruencias y disonancias, aún a costa de hacernos ver una realidad inexistente.

 

Muchas veces se compara nuestro órgano pensante con el de las computadoras. Sin embargo, si nos centramos en una capacidad como la memoria, deberíamos renunciar a esta metáfora. La tarea de recordar es una de las facultades más asombrosas del ser humano: nos permite realizar proezas como reconocer a un antiguo compañero de escuela a pesar de que hayan transcurrido veinte años. Pero también nos deja en la cuneta al ser incapaces de recordar dónde hemos dejado las llaves de casa: nuestra capacidad memorística es ridícula si se compara con el poder de los ordenadores.

Según el neurocientífi co Dean Burne‑, autor de El cerebro idiota, la memoria humana es un despropósito: “Imagina una computadora que decidiera que alguna información fuera más importante que otra, por razones que nunca estuvieran claras. O que almacenara datos de una manera que no tuviera ningún sentido lógico, de modo que fuera necesario buscar por carpetas al azar tratando de recabar los más importantes... O que decidiera que no le gusta la información que has almacenado, y la alterara para que encajara con sus preferencias...”. Es muy posible que consideráramos que una máquina de estas características es defectuosa.

 

Por qué la ‘nada’ hace efecto: una reacción ante la esperanza de mejora.

Si se elimina todo rastro de los principios activos de una pastilla, lo lógico sería que dejara de funcionar. Sin embargo, se ha comprobado que esto no es necesariamente así. Píldoras compuestas solo de azúcar pueden paliar los síntomas de la enfermedad de manera similar a medicamentos convencionales. Es igual que si nos hubieran querido dar gato por libre y al final asomara la cabeza de la liebre en la cazuela.

Nuestro cuerpo reacciona ante al  engañ como si fuera una verdad. Debido al llamado efecto placebo, los seudofármacos podrían llegar a considerarse como los Macguffi ns de las películas de Hitchcock. Estos recursos argumentales pueden ser cualquier cosa –un maletín, una lista de nombres...– alrededor de la cual gira toda la película, sin que su contenido se desvele nunca. Porque en realidad no importa. Del mismo modo que el Macguffi n no es nada, un truco que permite avanzar la trama, el falso medicamento también desencadenaría unas reacciones capaces de conducir a la curación del paciente, a pesar de la ausencia de compuestos terapéuticos. De forma semejante a la manera en que nuestro cerebro prevé lo que va a ocurrir –qué vamos a ver o qué palabra vamos a oír a continuación– y está así preparado ante cualquier contingencia, el cuerpo anticiparía que se van a ocupar de sus dolencias gracias al efecto placebo. La mera expectativa promovería la producción de sustancias como las endorfinas, analgésicos naturales que fabrica nuestro organismo y que vendrían a reforzar el beneficio de los tratamientos. Cuando a un grupo de control se le explica que las pastillas que va a tomar no contienen principios activos, el placebo sigue actuando.

Si fuera el resultado del poder de la mente, con el desvelamiento de la artimaña debería evaporarse sus benéficos resultados. Como no es el caso, implicaría que unos mecanismos se activan de forma automática e inconsciente. Otros estudios también han mostrado que activa las mismas rutas que el medicamento real, pero esto solo ocurre cuando el paciente ha tomado previamente dicha medicina. Según explica la doctora estadounidense Harriet A. Hall, la sensación de bienestar es subjetiva y puede tapar el hecho de que no se esté curando ninguna enfermedad. Podría compararse a un truco de magia: se hace pasar la apariencia como real y producto de un poder fantástico. Hall avisa de que esto puede llegar a retrasar la búsqueda de tratamientos eficaces.

 

Compras poco compulsivas

Si para elegir un electrodoméstico actuáramos racionalmente, en primer lugar deberíamos tener bien claro el uso que le habíamos pensado dar y el  dinero del que disponemos. Luego tocaría comparar las características y prestaciones de cada modelo, así como sus respectivos precios, hasta quedarnos con el que más nos encajara.

Se trata, sin embargo, de un esfuerzo que muy pocos estamos dispuestos a realizar. “Pensar resulta doloroso”, explica Dan Ariely, catedrático de Psicología y Economía Conductual de la Universidad Duke, en su libro Las trampas del deseo (editorial Ariel). Y añade: “La mayoría de la gente no sabe lo que quiere si no lo ve en su contexto”.

Sin unos deseos definidos –y sin ganas de estrujarse la sesera–, el objetivo de la compra perfecta está irremisiblemente condenado al fracaso. Parece que deberíamos compartir destino con el asno de Buridán, muerto de hambre por ser incapaz de decidirse entre dos montones de avena iguales que se encontraban a la misma distancia. Pero lo que suele pasar es precisamente lo contrario: el cliente no solo regresa a casa con su televisor o nevera nuevos, sino que además está convencido de haber escogido el mejor modelo, y a buen precio.

¿Cómo puede acabar ocurriendo esto? Gracias a unas técnicas de marketing muy bien elaboradas, muchas tiendas tienen en cuenta los aprietos en los que se puede encontrar el potencial consumidor y le plantean las soluciones en bandeja. Uno de los trucos habituales consiste en proveer de un contexto. Se disponen tres productos: uno es sencillo y barato; otro parece mejor, pero cuesta más; y un tercer artículo posee prestaciones semejantes al segundo, pero a menor precio. También existe la variante de que este último posea mejores características al mismo precio. Los clientes descartarán mayoritariamente y sin darle muchas vueltas las dos primeras alternativas, y –tal como quería el comerciante– las ventas se concentrarán en la tercera opción. La función principal de los dos artículos que probablemente van a excluirse consiste en ayudar al consumidor a que compare y deduzca cuál es la mejor elección. “Como un piloto de  avión que aterriza en la oscuridad, queremos disponer de balizas a ambos lados que nos guíen hacia el lugar donde poder tomar tierra”, indica gráficamente Ariely. De esta manera, el comprador descubre lo que desea –aunque sin darse cuenta de que se trata de una preferencia implantada– y regresa a casa satisfecho con su adquisición.

 

La fuerza de la costumbre

Buena parte de las acciones que llevamos a cabo no son fruto de decisiones conscientes y meditadas, sino de hábitos que suelen iniciarse a partir de resoluciones iniciales y que luego se convierten en rutinas. Estas modelan nuestras vidas y pueden llegar a tener una influencia extraordinaria, tanto para bien como para mal, como explica Charles Duhigg, reportero del periódico The New York Times, en su interesante libro El poder de los hábitos (editorial Urano).

“Aunque cada costumbre en sí misma no signifique nada, con el paso del tiempo, la comida que pedimos, lo que decimos a nuestros hijos cada noche, si ahorramos o gastamos, si hacemos ejercicio a menudo o la forma en la que organizamos nuestros pensamientos y rutinas de trabajo tienen impactos enormes en nuestra salud, productividad, seguridad financiera y felicidad”, asegura Duhigg.

Como explica Gary Marcus en Kluge, en La azarosa construcción de la mente humana (editorial Ariel), el cerebro humano surge como resultado de un auténtico apelotonamiento de parches y atajos evolutivos; su diseño deja mucho que desear.

Al no ser fruto de una meditada obra de ingeniería, se pueden detectar numerosos defectos, como la facilidad con la que nos llegan a engañar. “Aunque los sistemas que subyacen a nuestra capacidad para la creencia son poderosos, también son sujetos de superstición, manipulación y falacia”, explica Marcus.

Según este profesor del Departamento de Psicología de la Universidad de Nueva York, la masa gris no es esa “máquina objetiva para descubrir y decodifi car la verdad con mayúsculas”, sino que está sometida al constante vaivén de emociones, deseos o intereses. Las creencias suelen depender, defi ne el experto nortemericano, de “informaciones irrelevantes”.

A la hora de juzgar, por ejemplo, las competencias de un trabajador, el atractivo físico acaba constituyendo un factor decisivo, a pesar de que objetivamente no tenga nada que ver una cosa con la otra. Conocido como efecto halo, nos enseña que nuestras mentes no pueden evitar juzgar de forma más positiva a una persona guapa. Los poco agraciados, en cambio, tienen que luchar contra prejuicios irracionales que constituyen un lastre cuando aspiran a una promoción laboral.

Y está demostrado que también reciben penas más duras en caso de que sean juzgados por un delito. Otro ejemplo es que la simple presencia de una pequeña información –como una palabra que en ese momento esté flotando en nuestra conciencia– puede modifi car la percepción de la realidad hasta el punto de que cambie la primera impresión que nos causa una persona.

Así, en función de la manera en la que se nos presenta una situación, llegamos a una conclusión o a su contraria. Este fenómeno, conocido como ilusión del foco, se ilustraba maravillosamente en la serie británica Sí, ministro, cuando el secretario del protagonista, sir Humphrey Appley, explicaba a otro personaje de qué manera se podía conseguir que unas encuestas arrojaran un resultado o su opuesto. Para que el público se decantara, por ejemplo, a favor del servicio militar, no había más que plantearles antes preguntas bien escogidas: “¿Está preocupado por el número de jóvenes sin trabajo? ¿Y por el aumento del crimen entre adolescentes? ¿Le parece que la gente joven valora que haya autoridad y liderazgo en sus vidas?...”. Y si lo que se pretende es que las entrevistas arrojen un resultado negativo, en ese caso las cuestiones preliminares serían de este tenor: “¿Le preocupa la guerra? ¿Le parece peligroso dar armas a gente joven y que se les enseñe a matar?...”. La ilusión del foco, corroborada por numerosos experimentos, evidencia la maleabilidad de nuestras opiniones y lo manipulables que somos.

“Como especie estamos demasiado predispuestos a que nos engañen”, recalca Marcus. Y esta debilidad puede acarrear consecuencias muy graves: “Las creencias, y las imperfectas herramientas neuronales que usamos para evaluarlas, pueden conducir a conflictos familiares, disputas religiosas e incluso la guerra”.

No es necesario que leamos todas las letras de una frase para que entendamos su significado. Nuestro cerebro solo necesita leves indicios para suponer lo que viene a continuación, con gran probabilidad de acierto. Esta capacidad anticipatoria solo resulta posible porque el ser humano es un animal que aprende, memoriza lo aprendido y, finalmente, es capaz de trasladar ese saber a situaciones nuevas. Cuando dicho aprendizaje se aplica a pautas, los primeros signos conducen al objeto completo.

La ley del más listo

El ingeniero informático Jeff Hawkins define la inteligencia precisamente como “la capacidad de recordar y predecir patrones del mundo, incluidos el lenguaje, las matemáticas, las propiedades físicas de los objetos y las situaciones sociales”. Sin duda, la facultad de anticipación tuvo que ser un factor de adaptación fundamental: los individuos capaces de leer mejor las señales de peligro tenían más opciones de sobrevivir y reproducirse.

El gerente de una asociación que reclutaba a voluntarios –principalmente jubilados y amantes del arte– para vender artículos a turistas estaba preocupado por el elevado número de hurtos que se producía en su organización. Contrató a un detective privado, que descubrió a un empleado apropiándose indebidamente de algunos dólares, por lo que se le despidió de forma inmediata. Esta decisión, sin embargo, no solucionó el problema de fondo: siguió produciéndose un goteo de robos que al cabo del año se traducían en pérdidas considerables. El responsable finalmente se rindió a la evidencia: no había un único culpable, sino que la mayoría se había habituado a cometer pequeños y aparentemente intrascendentes sustracciones.

Según explica el psicólogo estadounidense Dan Ariely en Por qué mentimos (editorial Ariel), cuando se presenta la posibilidad de hacer algo incorrecto, nos embargan dos impulsos antagónicos. Por un lado, está el cálculo del beneficio que se espera obtener con la infracción; y por el otro, el deseo de mantener una imagen positiva de nosotros mismos, lo que los psicólogos llaman motivación del ego. En este tira y afloja se alcanza una especie de compromiso moral con unas áreas grises donde los pecadillos no nos manchan.

Como resume Ariely: “Nuestro sentido de la moralidad está asociado al grado de engaño con el que nos sentimos cómodos. En esencia, nos engañamos hasta el nivel que permite conservar la imagen de individuos razonablemente honestos”. Teniendo en cuenta ambos impulsos, no es contradictorio que el mismo  taxista que se aproveche de un turista llevándole por la ruta más larga luego detenga el contador antes de llegar al destino cuando transporta a un ciego, como pudo observar el propio Ariely. Por más que ansíe obtener mayores beneficios, existe un límite de lo que resulta inaceptable, como aprovecharse de una persona minusválida.

No tenemos en cuenta el impacto de nuestros actos por acumulación

En este pacto mental que nos lleva a hacer la vista gorda a las pequeñas infracciones, jamás se tiene presente el impacto de nuestros actos por acumulación. No se contempla, por ejemplo, cuando alguien se lleva un paquete de folios de la oficina o vendas del hospital, y que los voluntarios de la asociación antes citada también ignoraron. Ariely añade que el mero recordatorio de una norma moral en situaciones en las que los individuos se pueden ver tentados a cometer un delito, o bien la simple firma de un código de conducta, pueden tener efectos preventivos.

“La mente humana tiende a estimar la probabilidad de un evento a partir de la facilidad con la que es capaz de recabar ejemplos”, asegura Pinker. Para llegar a nuestras conclusiones, preferimos basarnos en pequeñas muestras de información antes que manejar una cantidad mucho mayor.

Echa cuentas

Nuestra mente no está diseñada para el pensamiento estadístico, que permite hacer valoraciones desde una perspectiva más amplia y objetiva.

La evolución no ha dotado a nuestros cerebros con la capacidad de elaborar complejas estadísticas, sino que nos dejamos llevar por el impacto de impresiones aisladas. Esta limitación nos conduce a caer en toda clase de espejismos e ideas erróneas, como pensar que nuestra época es mucho más violenta que en el pasado –los titulares de los periódicos nos empujan a creer eso–, o que es más fácil morir por un ataque terrorista que en un siniestro automovilístico.

Aunque la información estadística tampoco soluciona todos los problemas sin las interpretaciones adecuadas. Pinker se pone a sí mismo como ejemplo al explicar que fue una de las primeras personas a quienes se le secuenció el genoma, gracias a lo cual descubrió que poseía un alelo –la versión de un gen– relacionado con una enfermedad letal. En vez de deducir que su muerte prematura era inevitable y dejarse hundir por la depresión, el psicólogo fue consciente de que ese inquietante dato se basaba en probabilidades dentro de un campo de investigación aún por explorar. Tal como se descubrió más tarde gracias al impulso del propio Pinker, la correlación entre el alelo y la dolencia resultó errónea. “Más y más a menudo, los médicos tendrán que lidiar con tales asociaciones. Esto va a requerir un nivel de comprensión totalmente nuevo”, asegura. La proliferación de informaciones que entrañen cálculo de probabilidades requiere que sea cada vez más imprescindible conocer las herramientas y conceptos fundamentales de la estadística.