Tiburones prehistóricos, los amos del mar

Hace 420 millones de años que estos animales habitan los océanos. En este tiempo, han prosperado miles de especies de tiburones; también han perecido muchas de ellas, como las que aquí recogemos, pero todas dan cuenta del extraordinario camino evolutivo que han seguido estos depredadores.

iStock

Existe la creencia generalizada de que los tiburones son fósiles vivientes y que, por lo tanto, su diseño corporal no ha cambiado significativamente en los últimos cientos de millones de años. Pero tal noción es totalmente errónea. Los tiburones prehistóricos desarrollaron muy distintas denticiones, tamaños, formas y ornamentaciones que rivalizan en originalidad. Los Stethacanthus, por ejemplo, lucían sobre su cabeza una masa muy parecida a un cepillo.

 

Por su parte, los primitivos xenacántidos, que se asemejaban a las anguilas, contaban con una larga y distintiva púa. Estos últimos aparecieron hace más de 360 millones de años y vivían casi exclusivamente en cursos de agua dulce. Poseían lo que se conoce como boca terminal –esta se encuentra situada al frente de la cabeza–, dientes diplodontes –con dos puntas prominentes–, un cuerpo delgado, aleta dorsal alargada que se extendía a lo largo de la mayor parte de la espalda y una cola simétrica, ahusada. Esta extraña configuración anatómica, más bien estrecha, pudo permitir al Stethacanthus nadar entre la vegetación lacustre que crece en las orillas de los lagos.

 

En todo caso, una de las características más llamativas de este género era la citada espina, que se erguía justo detrás del cráneo y apuntaba hacia atrás. De ella toma su nombre, que podría traducirse como espina externa. Tal vez se trataba de un elemento disuasorio contra depredadores más grandes, si bien algunos expertos sostienen que podría haber sido una estructura venenosa, similar al aguijón de una raya.

 

Se han encontrado restos fósiles de Xenacanthus en América y Europa, lo que sugiere que estaba ampliamente distribuido. Fue un tiburón resistente, que sobrevivió a la extinción masiva que tuvo lugar a finales del Pérmico, en la que perecieron el 95 % de las especies marinas. Los últimos ejemplares vi-vieron en lo que hoy es la India, hace 206 millones de años.

 

Los Xenacanthus fueron contemporáneos de otros peces ciertamente atípicos, como los del género Helicoprion, que, aunque no eran exactamente un tiburón, se les parecía mucho. La distribución de los dientes de su mandíbula inferior, que se organizaban en una asombrosa espiral, ha desconcertado a los científicos durante décadas. Pero si hay unos escualos extraños, esos son los symmoriformes. Los miembros de este orden extinto de cladodontos –en estos animales, cada diente tenía una afilada punta central flanqueada a ambos lados por pequeñas cúspides– lucían cráneos relativamente cortos, grandes ojos, boca terminal y una aleta caudal externamente simétrica. En el caso de los machos, además, la aleta dorsal anterior se había transformado en una curiosa e intrigante plataforma.

 

Esta estaba presente en los Stethacanthus, conocidos como tiburones cepillo justo por la forma de esta última. Estos  peces cartilaginosos vivían en los mares cálidos y poco profundos de finales del Devónico, hace 360 millones de años. Curiosamente, todos los ejemplares conocidos de este género poseen pterigopodios, los órganos sexuales característicos de los machos. En todos ellos, además, la citada aleta dorsal termina en una superficie plana y erizada con grandes dentículos dérmicos, unas protuberancias diminutas y afiladas que aún se ven en la piel de los tixisteburones actuales, que apuntan hacia delante. La parte superior de su cabeza alberga otro conjunto de dentículos que mira hacia atrás.

 

Estas insólitas características han fascinado a los paleoictiólogos, que han propuesto muy distintas hipótesis sobre su posible función. El ya fallecido paleontólogo Rainer Zangerl, del Museo Field de Historia Natural, en Chicago, estaba convencido de que tenía un uso disuasorio. Vistos desde arriba, los mencionados dentículos parecen la boca abierta de un pez mucho más grande –los Stethacanthus medían poco más de 60 cm–. Los depredadores no se atreverían a meterse con una criatura con semejantes fauces.

 

También se ha propuesto que, al estirar el cuello y arquear la espalda, estos animales podrían fijarse al vientre de algún animal marino de mayor tamaño. Habrían sido una suerte de autoestopistas gorrones, más o menos como las actuales rémoras, que utilizan su disco ventosa –también se trata de una aleta dorsal modificada– para aferrarse a las ballenas, tortugas marinas, tiburones...

 

Otra posibilidad es que el misterioso cepillo jugara algún papel en los rituales de cortejo. Tal vez era un elemento de atracción sexual, y cuanto mayor fuera, más sexis resultarían los machos. O quizá tuviera un cometido más agresivo: estos podrían haberlo empleado para combatir contra otros –a empujones, cabeza contra cabeza–, con los que se disputarían el acceso a las zonas de apareamiento o alas hembras sexualmente receptivas.

 

El género Symmorium es coetáneo y muy similar al tiburón cepillo. No obstante, su aleta dorsal tiene un aspecto normal y no se asemeja en nada a la del Stethacanthus. Es notable asimismo que todos los ejemplares encontrados de Symmorium son féminas. Por ello, algunos investigadores sospechan que, en realidad, se trata de las hembras del Stethacanthus. Si fuese así, el dimorfismo sexual entre los tiburones Symmoriformes habría estado muy acentuado.

 

iStock

El aspecto del de los Lamniformes prehistóricos no nos habría llamado tanto la atención. Se parecían mucho a sus parientes que aún rondan los océanos, como los tiburones toro y los marrajos. Solían contar con bocas imponentes y de forma parabólica, con gran capacidad de apertura, situadas debajo de la cabeza. En general, sus mandíbulas contenían muchos dientes sólidos y fuertes. De hecho, la mayoría de los antiguos Lamniformes se conocen a partir de dientes aislados.

 

Durante el Cretácico superior, hace algo más de 90 millones de años, apareció la especie Cretoxyrhina mantelli, cuyos integrantes podrían haber rivalizado con los modernos tiburones blancos (Carcharodon carcharias) en tamaño, forma y hábitat. A diferencia de estos últimos, que tienen dientes en forma de sierra, los de los Cretoxyrhina mantelli eran lisos, de 5 cm de largo. El paleontólogo Michael Everhart, uno de los mayores expertos en la fauna marina del pasado, descubrió fragmentos de dos de ellos enterrados en un conjunto de cinco vértebras de un mosasaurio adulto. Al igual que el tiburón blanco se alimenta de focas, los Cretoxyrhina mantelli cazaban estos y otros reptiles marinos –por ejemplo, plesiosaurios–, como corresponde a un depredador situado en la cima de la cadena trófica. Y, sin embargo, ambos escualos no guardan una estrecha relación.

 

Su aparente similitud con el tiburón blanco es el resultado de una evolución convergente, esto es, la aparición de forma independiente de características similares en especies que pertenecen a distintos linajes. Las diferencias se aprecian, por ejemplo, en la velocidad. Los Cretoxyrhina mantelli eran mucho más rápidos. Humberto Ferrón, investigador del Instituto Cavanilles de Biodiversidad y Biología Evolutiva de la Universidad de Valencia, ha calculado que habitualmente se movían a 12 km/h y podían alcanzar una velocidad punta de unos 70 km/h. En comparación, los blancos se desplazan a 8 km/h y pueden llegar hasta los 43 km/h en un momento dado. El marrajo común es el único tiburón moderno que podría competir con los Cretoxyrhina mantelli en una carrera.

 

Mucho tiempo después de que desapareciera el último de ellos, aún podían encontrarse en los océanos tiburones del género Squalicorax, unos carroñeros oportunistas que perduraron hasta el Mioceno, hace unos 7 millones de años. Sus dientes se parecen a los del actual tiburón tigre (Galeocerdo cuvier); poseen una raíz rectangular de la que surge una hoja cortante, finamente aserrada, acabada en una cúspide inclinada.

 

También te puede interesar:

El paleoictiólogo Kenshu Shimada, de la Universidad DePaul, en Chicago, apunta que su dieta era muy variada –como la del tigre–, lo que sugiere que se trataba de un formidable depredador. Pero también era un activo devorador de cadáveres. Durante sus muchos años de estudio, Everhart ha observado que los Squalicorax aprovechaban toda fuente de alimento disponible, ya fuesen animales vivos o restos de peces, tortugas, mosasaurios, pterosaurios e incluso otros tiburones.

 

Pero entre todos los tiburones extintos, el que más fascinación suscita es, sin duda, el megalodón. Este inmenso carnívoro, que podía superar los 15 metros de largo, viene a ser como el Tyrannosaurus rex de los mares antiguos. A simple vista, sus dientes se parecen mucho a los del tiburón blanco, solo que algunos miden hasta 18 cm. Son, además, más gruesos, y los minúsculos pliegues que les confieren su distintivo aspecto en forma de sierra son más pequeños y se disponen de forma más regular. Pues bien, estas sutiles diferencias provocan un acalorado debate entre los especialistas a propósito de su origen y evolución. Algunos incluyen al megalodón en el género Carcharodon, el mismo al que pertenecen los blancos, y en la familia Lamnidae. Otros indican que las semejanzas entre ambos son solo aparentes y que el primero debería englo barse en el género Carcharocles y en la familia Otodontidae, que se separó del linaje del tiburón blanco durante el Cretácico inferior. La mayoría parece estar de acuerdo en este último aspecto.

 

El registro fósil indica que era una especie cosmopolita. Probablemente se nutría de presas grandes, como ballenas y tortugas marinas. A diferencia del tiburón blanco, que ataca a sus víctimas desde abajo y las muerde en la región ventral –más blanda–, el megalodón podría emplear sus fuertes mandíbulas para atravesar la dura cavidad torácica, como si fuera de mantequilla, y perforar el corazón.

 

Su extinción también suscita controversia. Hasta no hace mucho se pensaba que había desaparecido hace 1,8 millones de años, como consecuencia de un enfriamiento de los océanos que habría acabado con las especies de cetáceos de los que se alimentaba. Sin embargo, los últimos estudios muestran que lo hizo antes; los fósiles de megalodón examinados en los depósitos del Pacífico norte indican que todo acabó para ellos hace entre 4 y 3,6 millones de años.

 

Al igual que los demás seres vivos, los tiburones han tenido que lidiar a lo largo de su historia evolutiva con drásticas alteraciones medioambientales y con las extinciones que estas suelen ocasionar. Las muertes a gran escala dejan vacíos muchos nichos ecológicos, que quedan a disposición de nuevas especies. Cada vez que su entorno experimentó un cambio radical, los tiburones respondieron con un espectacular florecimiento de diversidad, lo que les permitió expandirse y ocupar un buen número de ellos.

 

iStock

Estos aumentos explosivos de variedad son denominados radiaciones adaptativas. Un primer ejemplo lo tenemos en los sucesos acontecidos a finales del Devónico. Los mares de este periodo estaban poblados por unos peces acorazados primitivos denominados placodermos. Hace 372 millones de años se produjo una extinción masiva que mermó notablemente la diversidad y abundancia de estos animales. Los nichos ecológicos desocupados por los placodermos acabarían siendo explotados por los tiburones durante los siguientes millones de años.

 

La primera radiación adaptativa importante ocurrió durante el Carbonífero, hace entre 359 y 299 millones de años. Los lagos de agua dulce fueron el paleohábitat de los citados xenacántidos, cuyo linaje se extendió hasta hace algo más de 200 millones de años; mientras tanto, en los mares prosperaron los mencionados Symmoriformes.

 

En este periodo de la era paleozoica tuvo lugar la época dorada de los tiburones, cuando llegaron a superar en número incluso a los peces óseos, en una proporción de tres a dos. Sin embargo, los buenos tiempos terminaron al final del periodo pérmico, hace unos 252 millones de años, cuando sucedió la llamada Gran Mortandad o extinción masiva del Pérmico-Triásico (PT). En un instante geológico, y por causas que aún no se conocen con certeza, desaparecieron más del 70 % de los vertebrados terrestres y prácticamente todas las especies marinas. Aun así, algunos linajes de tiburones se sobrepusieron a la catástrofe.

 

La segunda de estas radiaciones ocurrió durante el Jurásico, hace entre 201 y 145 millones de años. En los océanos de la época, los ictiosaurios –reptiles marinos cuyas formas recuerdan a las de los delfines–, los plesiosaurios y los mesosuquios –unos animales no muy distintos de los cocodrilos– perseguían cardúmenes de peces óseos y flotillas de ammonites –unos moluscos cefalópodos–. En este entorno y momento aparecieron los escualos modernos, aunque no se sabe con seguridad a partir de qué grupo de antiguos tiburones evolucionaron. El paleoictiólogo John G. Maisey, del Museo Estadounidense de Historia Natural, sospecha que en este misterio podría jugar un papel destacado el género fósil Synechodus.

 

En todo caso, al final del Cretácico, hace 66 millones de años, otra crisis global volvió a acabar con gran parte de la fauna marina. En ella se perdieron los ammonites, los plesiosaurios, los mosasaurios... Pero, una vez más, los tiburones perduraron. Los nuevos escualos acabaron convirtiéndose en los principales depredadores oceánicos. Y entre ellos, como ya sabemos, destacó el megalodón.

 

Según Catalina Pimiento, del Departamento de Biociencias de la Universidad de Swansea (Reino Unido), su aparición, hace 23 millones de años, coincidió con ciertos cambios ambientales que favorecieron la rápida evolución de un gran número de nuevos mamíferos marinos, de los que se alimentaba. Tal abundancia propició que el megalodón fuese un gigante desde su mismo origen y que su tamaño no variase con el tiempo. En aquellos momentos existían otros tiburones notables –los ancestros de los actuales blancos nadaban en los mismos mares–, pero ninguno fue tan imponente.

 

Podría decirse que, desde un punto de vista evolutivo, los tiburones representan una de las historias de éxito más duraderas. Aunque sus esqueletos cartilaginosos tienen pocas partes duras susceptibles de fosilizar, nos han proporcionado un registro fósil muy rico. De momento, se han descrito entre 2.000 y 3.000 paleoespecies de estos fascinantes animales.

 

Lejos de ser criaturas primitivas, los tiburones modernos son los representantes de un excepcional grupo de  vertebrados marinos que, pese a todo, ha conseguido hacer de nuestro planeta un hogar permanente.