SOS océanos

La vida en nuestro planeta depende directamente de ellos, que nos proporcionan oxígeno, alimento y tesoros biológicos, minerales e incluso farmacológicos. Y, aun así, no dejamos de maltratarlos: contaminándolos –con los plásticos que inundan su superficie y son la gran amenaza de la vida marina– y provocando el cambio climático –que acarrea el calentamiento global de sus aguas y el derretimiento de glaciares y casquetes polares–. Conocerlos es el primer paso para cuidarlos.

Flotas, te sientes ingrávido, ligero, casi incorpóreo. Allá adonde miras no ves ni rastro del horizonte: solo un vasto espacio infinito y azul. Y silencio. Que solo rompe el sonido del oxígeno entrando desde la bombona que cuelga de tu espalda hasta tus pulmones.

No es el relato del paseo de un astronauta en el exterior de la Estación Espacial Internacional, sino el de un buzo recorriendo las profundidades de los océanos con su escafandra. Una experiencia que el explorador Jacques-Yves Cousteau, defensor a ultranza de los mares, animaba a experimentar al menos una vez en la vida argumentando que “solo se ama lo que de verdad se conoce”. Y por los océanos, defendía, deberíamos perder todos la cabeza.

Parte del atractivo de las masas de agua salada que cubren el 70% del planeta tiene que ver con su belleza, pero va mucho más allá de una cara bonita. Entre otras cosas, porque los océanos esconden la solución a los problemas del cambio climático, la polución ambiental, la alimentación de una población mundial creciente o la renovación del arsenal terapéutico que usaremos para combatir muchas enfermedades presentes y futuras. Sin embargo, sabemos infinitamente menos del mar que de la cara oculta de la Luna. Y no solo lo desconocemos, sino que lo descuidamos.

Una flota de casi 4.000 robots acuáticos que recorren cada día los océanos del mundo han demostrado con datos empíricos que el medio acuático se está sobrecalentando. La misión del batallón, bautizado con el nombre de Argo, es recabar información de la temperatura, la salinidad, la presión y el pH. Tienen permiso para sumergirse hasta los 2.000 metros, con la única condición de que, cada cierto tiempo, emerjan a la superficie y envíen los resultados de sus mediciones a los científicos vía satélite. Han pasado las dos últimas décadas realizando este trabajo día tras día, y la información que arrojan no deja lugar a dudas: se está produciendo una acumulación de calor en las aguas.

El océano tiene la capacidad de absorber el exceso de dióxido de carbono (CO2) y otros gases de efecto invernadero (GEI), de manera que limpia la atmósfera de los gases dañinos que los humanos emitimos –si no fuera porque traga mucho CO2, los niveles de este compuesto químico en el aire que respiramos superarían las 450 partes por millón de moléculas de aire, con el peligro que eso implicaría para nuestra salud y la del planeta–. Sin embargo, si, como calculan los expertos, el 93% del exceso de energía solar atrapada por los GEI se acumula en las grandes masas de agua salada, el precio que estas pagan es demasiado alto. Entre otras cosas porque el aumento de la temperatura provoca que los glaciares y los casquetes polares se derritan.

 

 

Efectos de un océano más caliente

Las previsiones apuntan a que, si antes de final de siglo la temperatura de los dos primeros kilómetros bajo la superficie de nuestros océanos se eleva 0,78 °C, el nivel del mar ascenderá nada menos que 30 centímetros. Suficiente para que casi toda Holanda, parte del norte de Italia y el Delta del Ebro desaparezcan bajo el agua.

Por si fuera poco, un océano más caliente puede disparar la ferocidad de las tormentas, provocar lluvias torrenciales y hacer que los huracanes se intensifiquen. O favorecer la sequía, básicamente porque cuando el aire pasa sobre masas de agua bastante más calientes y llega a la costa, aporta mucho calor y nada de lluvia o nieve. A esto hay que sumarle que el exceso de CO2 en el océano desencadena una serie de reacciones químicas que elevan la acidez del agua marina superficial o, lo que es lo mismo, disminuyen el pH. Los expertos estiman que, desde la Revolución Industrial, la acidez de las grandes masas de agua salada ha aumentado un 30%, mucho más que en los anteriores 25 millones de años.

No es para tomárselo a broma. Para empezar, porque la caída del pH pone en un aprieto a muchos organismos con esqueletos o conchas de carbonato cálcico, como las ostras, los mejillones y los corales, que tienen dificultades para conservar las estructuras que los protegen. Pero es que, además, una de las mayores extinciones de nuestro planeta se debió precisamente a una excesiva acidificación de los océanos. Hace 252 millones de años de aquello, mucho antes de que nuestra especie apareciera, así que los causantes de aquel desastre no fueron ni los coches ni las fábricas humeantes, sino una serie de erupciones volcánicas en Siberia que aumentaron de forma extrema y súbita la emisión de dióxido de carbono. Tan ácidos se volvieron las aguas que los animales provistos de conchas sufrieron una rápida corrosión. El resto de las especies marinas no quedaron impasibles, porque la bajada del pH afectó a su fisiología y a su capacidad reproductiva. Al final, el 96% de las especies marinas desaparecieron de la faz de la Tierra.

 

No es lo mismo tiempo que clima

Otro de los factores que regulan el clima es el movimiento continuo que hallamos en el medio acuático. La rotación terrestre, las diferencias de temperatura y de salinidad, los vientos y la fuerza de la gravedad hacen que a diario se desplacen miles de millones de metros cúbicos de agua de mar. “Una cosa que hay que tener muy clara es la diferencia entre el tiempo y el clima en los océanos”, señala el oceanógrafo canadiense Brad deYoung, que hace poco regresó de una expedición internacional al Atlántico Norte para estudiar de primera mano estos movimientos. “El tiempo son las grandes tormentas y las enormes olas que vemos en el océano; pero por debajo de eso, en las profundidades, hay corrientes que regulan el clima de esos océanos y de todo el planeta, moviendo el calor de un lado a otro”, nos aclara DeYoung.

Corrientes que giran en el sentido de las agujas del reloj en el hemisferio norte y al contrario en el hemisferio sur. El océano ejerce de termostato terrestre, porque, al estar formado por agua, retiene considerablemente más calor que el suelo o el aire. “Los diez metros superficiales de todos los océanos juntos almacenan tanto calor como la atmósfera terrestre”, dice DeYoung. Y añade: “La profundidad media del océano es de unos 4.000 metros, y eso implica muchísimo calor y energía almacenados y desplazándose de un lado a otro”. Para ilustrarlo, nada mejor que la corriente del Golfo, que nace en el golfo de México y, cargada de agua caliente, atraviesa el Atlántico Norte y llega hasta Europa, lo que le proporciona un clima mucho más templado de lo que realmente le correspondería por su latitud.

Si son movimientos normales, entonces ¿no hay motivos para preocuparse? DeYoung nos lo aclara: “Los procesos del océano profundo son lentos, pero todo apunta a que el aporte masivo de agua dulce que experimenta por el derretimiento de los glaciares, la subida de temperatura y la acidificación los están acelerando”. Según el experto, “parece que hemos empujado a los océanos a traspasar sus límites de seguridad, y hemos forzado cambios que, en condiciones normales, tardarían siglos o milenios en producirse”.

Para colmo, un océano sobrecalentado provoca la pérdida de oxígeno, por lo que el mar se vuelve menos respirable. Los actuales modelos climáticos predicen descensos de entre el 1%y el 7% en la cantidad global de oxígeno oceánico de aquí al año 2100. Dicen los expertos que muchas especies actuales no podrán soportarlo y se asfixiarán. Otras, fundamentalmente las microbianas, podrían volverse más prolíficas, lo que alteraría gravemente el equilibrio de los ecosistemas.

 

Mares siniestramente azules

A esta transmutación química se suma un previsible cambio de color. Los mares se volverán más azules. Así dicho, puede parecer hasta poético, pero el viraje al azul será más bien una señal de advertencia. De demostrarlo se han encargado Stephanie Dutkiewicz y sus colegas del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), que estiman que la diferencia será notable a simple vista en el 50% de los océanos para finales de siglo, sobre todo en las zonas subtropicales. La causa: una importante merma del fitoplancton, es decir, de los organismos vegetales que forman parte del plancton y que absorben y reflejan la luz. En otras palabras, un océano más azul significará un océano menos vivo.

Los mares no solo regulan el clima y producen oxígeno, sino que además nos proporcionan recursos muy variados: desde alimento a otros menos conocidos, como los yacimientos minerales –en concentraciones que incluso superan a las de tierra firme–. Por ejemplo, almacena 50.000 veces más telurio que los depósitos de la superficie. Como este mineral es clave para la fabricación de paneles solares eficientes, son muchos los que defienden que la minería marina nos ayudará a ser más sostenibles y acelerará el tránsito de los hidrocarburos a la energía verde.

Por si fuera poco, varios informes recientes coinciden en que ya no quedan depósitos de cobre por descubrir a ras del suelo. En la última década, la búsqueda de minas de este metal para seguir fabricando a espuertas nuestros teléfonos móviles, tabletas, ordenadores, relojes inteligentes, cámaras de fotos y otros dispositivos de alta tecnología ha sido infructuosa. Y eso pone muy nerviosos a los fabricantes, que por el momento no tienen ninguna alternativa al cobre. Como dicen que  reciclar es insuficiente, todas sus miradas señalan al fondo del océano, donde, por cierto, también abundan el titanio, el tántalo y el molibdeno, otros cuatro minerales que la electrónica usa como materia prima en sus procesos de producción.

 

Ojo con la minería submarina

Así planteado, la minería submarina puede parecer una buena oportunidad que no deberíamos dejar escapar, pero es muy posible que el precio a pagar para explotar esos yacimientos sea demasiado alto. Fundamentalmente porque muchos están próximos a fuentes termales, auténticos hervideros de vida del océano, con ecosistemas únicos en los que conviven corales, gusanos gigantes y esponjas, y que podrían dañarse antes incluso de que podamos catalogarlos.

El veterano naturalista británico David Attenborough ya advirtió públicamente, hace apenas un par de años, que practicar minería en estas zonas del océano tendría consecuencias “profundamente trágicas”, ya que teme la posibilidad de que se eliminen formas raras de vida. Y aunque desde 2001 la Autoridad Internacional de los Fondos Marinos (AIFM) de la ONU ha concedido una treintena de licencias de exploración de minerales que cubren un área de 1,3 millones de kilómetros cuadrados de océano, en enero de 2010 el Parlamento Europeo solicitó una moratoria en todas las actividades de minería submarina hasta que se conozcan realmente sus riesgos e impactos.

Otro de esos recursos casi desconocidos que podemos hallar en los océanos lo encontramos en su lado más oscuro. Tan oscuro que no le llega ni un solo rayo de luz, ya que se sitúa por debajo de los 4.000 metros de profundidad, y cabría pensar que un lugar tan sombrío debería de ser inerte. Pero todo lo contrario: la vida oceánica en este inframundo es muy rica, pues hay gusanos, crustáceos y organismos unicelulares con esqueleto; peces singulares como el diablo negro, que lleva una especie de linterna sobre la cabeza, o el pez víbora, con unos dientes tan descomunales que no le caben en la boca; cangrejos y langostinos; calamares vampiro y calamares gigantes; e incluso un pulpo albino de aspecto fantasmal bautizado como Casper, y también otro con aletas en la cabeza que recibe el apodo de Dumbo.

Aunque si algo abunda en esos confines son los microorganismos, que se cuentan por miles de millones. Una vida microscópica que bulle incluso en el abismo Challenger, en la fosa de las Marianas, el punto más hondo conocido –con 10.900 metros, es más profundo que una réplica invertida del monte Everest– y que, hasta la fecha, solo han visitado tres naves tripuladas –en 1960, con el belga Jacques Piccard y el estadounidense Don Walsh a bordo; en 2012, con el director de cine canadiense James Cameron; y la última vez, en este 2019, con el multimillonario texano Victor Vescovo–, menos de las que han viajado a la Luna.

 

Medicina oceánica

Lo interesante del asunto es que allí donde hay tantas formas de vida, visibles o no, diminutas o de tamaños colosales, hay moléculas interesantes; y algunas de ellas podrían incluso salvarnos la vida. “Hace poco, la Organización Mundial de la Salud (OMS) nos alertó de que, si no hacemos nada para evitarlo, el número de muertes relacionadas con resistencias a medicamentos –antibióticos sobre todo– podría superar los diez millones al año”, explica Marcel Jaspars, químico de la Universidad de Aberdeen (Escocia), hasta hace poco al frente del proyecto europeo PharmaSea.

Jaspars está convencido de que la solución, las nuevas recetas farmacológicas que necesitamos, las encontraremos inmersas bajo los océanos. Sabe de lo que habla: mientras PharmaSea estuvo activo, coordinó el cribado de miles de muestras marinas para identificar compuestos químicos con propiedades terapéuticas. Buscó en chimeneas termales, en cementerios abisales de ballenas y hasta en las aguas gélidas del Ártico y de la Antártida, allí donde la supervivencia es más difícil y los metabolitos que necesitan los seres que subsisten son más originales, químicamente muy distintos de cualquier molécula terrestre.

“PharmaSea quería darle un vuelco a la situación que denunciaba la OMS descubriendo nuevos antibióticos y ya, de paso, fármacos para curar las enfermedades del sistema nervioso central más graves de nuestra era, como el alzhéimer”, explica Jaspars. Y dieron pasos de gigante, porque lograron que cinco compuestos marinos se convirtieran en fármacos eficaces contra males del sistema nervioso. Ahora el proyecto MarPipe le ha tomado el relevo: “Aunque solo en la búsqueda de antibióticos: no tenemos fondos para seguir buscando fármacos para el alzhéimer o la epilepsia”, nos aclara el británico.

“Lo maravilloso de usar la genómica para explorar el fondo del mar es que directamente averiguamos lo que los organismos son capaces de hacer, leemos su manual de instrucciones”, continúa. Con un pero: “Los científicos necesitamos conocer en qué condiciones ponen en marcha esos mecanismos para que realmente nos sirva”.

Otro investigador que también sabe mucho acerca de secuenciar genes marinos es el español Josep M. Gasol. A principios de esta década se embarcó en la Expedición Malaspina y, junto con sus compañeros, recogió más de dos mil muestras de diferentes profundidades del Atlántico, el Índico y el Pacífico. Han estado secuenciándolas desde entonces y han llegado a una conclusión: la riqueza de especies desconocidas en el océano profundo supera sus previsiones. “Estamos a punto de publicar ya el catálogo completo de estos genes, que son millones”, nos aclara. Es un diamante en bruto, un montón de letras y códigos que los biotecnólogos deberán descifrar para determinar su papel y confirmar si, como se sospecha, cumplen funciones nuevas.

Gasol y sus colegas ya han empezado: han hallado genes que detoxifican el mercurio, que podrían usarse en la industria y en plantas depuradoras para evitar que el mercurio se vierta a sedimentos y al agua y que pase a la cadena alimentaria. Pero queda mucho camino por recorrer. “Estamos en una fase de la investigación en que conocemos tan poco sobre la vida en los océanos que realmente es difícil predecir cómo de útiles nos serán estos códigos de ADN”, reflexiona Gasol. Dice que hay mucho trabajo por delante antes de saber para qué servirán. Solo hay una manera de aclarar las dudas: que la investigación no pare.

 

Fuera el plástico de los mares

También deben persistir las acciones ecologistas dirigidas a poner freno a los plásticos en los mares. En noviembre del año pasado, un grupo de amigos que paseaban por las playas de la isla de Kapota, al sur de Indonesia, divisó algo descomunal flotando en la orilla. Era un cachalote muerto. Cuando llegaron las autoridades y se pusieron a investigar al animal, se llevaron las manos a la cabeza: en el estómago de la ballena hallaron 115 vasos de plástico, 25 bolsas, varias cuerdas, cuatro botellas y un par de chanclas. Casi seis kilos de residuos plásticos en total. No es un caso excepcional. El vertido de plástico a los mares ha alcanzado ya la dimensión de crisis planetaria.

 

Cada año, al menos ocho millones de toneladas de plástico van a parar a los océanos, el equivalente a recorrer las costas de más de 190 países y encontrarse cinco bolsas de supermercado llenas de plástico cada dos pasos. Un auténtico basurero. Lo peor es que muchos animales marinos confunden esos plásticos y microplásticos con comida y se los tragan porque ese material se recubre de capas de algas y acaban oliendo igual que el kril, un pequeño crustáceo que sirve de alimento a miles de especies, como demostró hace poco Matthew S. Savoca, investigador de la Universidad Stanford (EE. UU.). Esa confusión acaba con la vida de más de un millón de aves y cerca de cien mil tortugas y mamíferos cada año.

Si no empezamos a gestionar bien nuestros desechos, en 2050 la cantidad de plástico en los mares superará a la cantidad de peces. Para evitarlo, todos podemos aportar nuestro granito de arena. Hace unos meses, Alex Weber, una estudiante de dieciséis años, se puso en contacto con Savoca para contarle, muy afectada, que mientras practicaba esnórquel en el Santuario Marino de la bahía de Monterrey había encontrado decenas de pelotas de golf entre las esponjas, las anémonas, los corales y las estrellas de mar. Superados los primeros instantes de impotencia, ella y su buen amigo Jack Johnston se habían puesto a retirar una por una esas pelotas. Fruto de varias inmersiones, explicaba, ya tenían en su poder más de diez mil.

Savoca se quedó impactado, y no quiso dejarlos solos. Mientras Alex y sus familiares y amigos seguían reuniendo pelotas –otras cuarenta mil, en total 2,5 toneladas de basura sacadas del mar–, el investigador realizó un exhaustivo estudio científico del problema para dimensionarlo objetivamente y convencer a los campos de golf de que dejasen de contaminar los océanos. Los datos revelaron que cada año se lanzan al mar unas cien mil pelotas de golf solo en la zona de Monterrey, y que podrían ser cientos de miles en los cinco continentes. Teniendo en cuenta que están hechas de poliuretano, goma y sustancias tóxicas para la vida como el óxido y el acrilato de zinc, erradicarlas de los océanos supone un gran paso. “Alex Weber me enseñó una importante lección: que si una estudiante de bachillerato puede hacer algo así con esfuerzo y dedicación, cualquiera puede”, concluye Savoca.