¿Qué hacemos con los zoos?

Los más críticos con estas instituciones señalan que los zoológicos no son más que centros de internamiento donde los animales llevan una vida precaria. Sus defensores, sin embargo, argumentan que juegan un importante papel en la conservación de la biodiversidad y la supervivencia de muchas especies, aunque reconocen que muchos deberían actualizarse.

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Los parques zoológicos no pasan por su mejor momento. Cada vez son más los críticos que denuncian las supuestas malas condiciones en las que viven los animales. Otros señalan que en los últimos años parecen darse más ataques de estos hacia sus cuidadores. En 2017, por ejemplo, un tigre devoró a una mujer en el Hamerton Zoo Park, en Cambridgeshire (Reino Unido). Un año después, un león del Conservators Center de Burlington, en Carolina del Norte, protagonizó un caso similar.

La tormenta mediática ha arreciado en los últimos tiempos y, así, han surgido algunas iniciativas ciudadanas que proponen reconsiderar los proyectos que se llevan a cabo en estas instalaciones e incluso, en algunos casos, desmantelarlas. En España, una de ellas, ZOOXXI, plantea transformarlas “en un espacio para dar cobijo, atención, asistencia y oportunidades a animales que hoy no la tienen, a animales heridos, incautados de explotaciones, abandonados”, y ha centrado su atención en el parque zoológico de Barcelona, para el que pide una profunda reconversión.

No obstante, buena parte de la comunidad científica rechaza el fondo de sus argumentos. Alex Rübel, director del zoológico de Zúrich, al que se considera uno de los mejores de Europa, explica: “Nuestra relación con los animales no es solo una cuestión de ciencia; se trata de verlos como nuestros compatriotas en el planeta”. Pero lejos de abogar por el cierre de los zoos, Rübel sostiene que hoy desempeñan funciones muy importantes.

 

A favor de los zoológicos

Xavier Manteca, catedrático del Departamento de Ciencia Animal y de los Alimentos de la Facultad de Veterinaria de la Universidad Autónoma de Barcelona, también se declara acérrimo defensor de estos centros. “A veces se dice que los zoológicos no tienen razón de ser en la actualidad, pero no es cierto. Atraen a muchísimos visitantes y juegan un papel relevante tanto en la educación del público como en la conservación de la biodiversidad”, indica Manteca.

Hay estudios que demuestran que tras pasar por uno, el porcentaje de personas que se muestran sensibles hacia los problemas medioambientales aumenta. También crece el porcentaje de quienes están dispuestos a hacer algo al respecto. Por lo tanto, creo que cuando sugerimos que los zoos pueden contribuir a la educación de los ciudadanos, no estamos dando solo nuestra opinión, sino que hay datos que muestran que efectivamente es así”, señala este experto. Y añade: “Hay, además, muchos ejemplos de especies que habrían desaparecido si no fuera por ellos, y desgraciadamente, la necesidad de la conservación ex situ –esto es, en estas infraestructuras– va a aumentar en los próximos años. Esto último, por supuesto, no quiere decir que haya que sustituir la que se hace en la naturaleza. De hecho, eso sería lo ideal, pero, en muchos casos, los zoos contribuyen enormemente a la supervivencia de las especies”.

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¿En qué consiste ZOOXXI?

La citada iniciativa ZOOXXI no comparte esta visión. Esta aboga por impedir la reproducción de cualquiera de ellas que no sea susceptible de ser reintroducida en su hábitat natural –hoy, apenas serían once de las más de trescientas que alberga el zoo de Barcelona–; el parque vendría a convertirse en algo similar a un centro de rescate de la vida salvaje.

Para Manteca, semejante plan peca de ingenuidad y presenta numerosos errores. “Una de las premisas del proyecto es que la cautividad es intrínsecamente mala, porque causa sufrimiento en los animales. Pero creo que se trata de una premisa falsa”, recalca. “La investigación sobre bienestar animal no es algo nuevo. Se lleva haciendo desde los 60, y nos ha permitido contar con una serie de indicadores para evaluar este asunto. Las pruebas muestran que los animales pueden estar bien en los zoos. Ello, claro está, no significa que todos lo estén en todas partes. Por ello, insisto en la contribución de los buenos zoológicos —dice Manteca—. Entre otras cosas, estos son los que garantizan su bienestar. Y esto es posible. Por lo tanto, quienes afirman que la cautividad causa inevitablemente su sufrimiento no están teniendo en cuenta la evidencia científica”.

Para este investigador, el Proyecto ZooXXi sugiere convertir los zoológicos en puntos de acogida y recuperación de la fauna, pero, en su opinión, se trata de dos cosas muy diferentes. “Ambas tienen razón de ser y cumplen funciones importantes, pero a mí me parece un error querer transformar un zoológico en uno de esos  centros”, matiza.

 

El zoo de Barcelona

David Hancocks, un reconocido arquitecto, especialista en el diseño de instalaciones inmersivas y una de las figuras más relevantes en el mundo de los zoológicos –ha sido cuatro veces director de distintos parques– nos cuenta que durante las dos visitas que ha hecho al zoo de Barcelona no le gustó lo que vio. “Muchos de los animales viven en espacios pequeños y estériles; sus vidas están como paralizadas por el aburrimiento. Las especies de mayor porte, en concreto, sufren las mayores privaciones”, afirma Hancocks.

Manteca comparte hasta cierto punto esta visión. Reconoce que, aunque en este centro hay instalaciones muy buenas, otras se han quedado anticuadas y precisan una intervención. No obstante, discrepa del planteamiento de ese zoo animalista que defiende la nueva normativa que se ha aprobado para ese recinto. “Me hubiera gustado que se admitiera que tenemos un parque en el que deben mejorarse algunos aspectos, pero que contribuye mucho a la conservación y que tradicionalmente ha sido muy respetado en la comunidad internacional. Lo mejor sería invertir para mejorarlo y que fuese aún más un zoo de referencia, en vez de embarcarnos en algo que no parece en absoluto coincidir con lo que están haciendo otros países que, además, nos llevan mucha ventaja en cuestiones de bienestar animal”, sostiene Manteca. “En muchos zoológicos británicos, como el de Chester, o en los de los países escandinavos, no se plantean este tipo de cosas. En ellos, el objetivo es contribuir lo máximo posible a la educación y la conservación y mejorar aún más las condiciones de vida de las especies que albergan, pero no convertirlos en algo que no son”.

 

 

Hacia un zoo ecologista, no animalista

Para Hancocks, en lugar de dar origen a un zoo animalista, habría que avanzar hacia la creación de uno ecologista. “Este tipo de parques ayudaría a la gente a comprender mejor la naturaleza”, asegura. En su opinión, la idea de que cada ciudad tenga distintas instalaciones, cada una especializada en mostrar animales, plantas o dinosaurios, por ejemplo, no tiene sentido. “Es una visión anticuada que hemos heredado de los siglos XVIII y XIX, cuando se trataba de entender el mundo dividiéndolo en partes”. Defiende que, en este sentido, los zoológicos deben pasar por una importante reconfiguración. “Tendrían que mostrar a los visitantes la extraordinaria complejidad de los seres vivos y sus relaciones. Los nuevos zoos promoverían que el éxito en la naturaleza depende mucho más de la cooperación que de la competencia”, asegura este experto.

Para educar a un público que vive en la era de esa sexta extinción masiva que, según los científicos, está en marcha –hasta ahora se han sucedido cinco a lo largo de la historia de la vida en nuestro planeta–, Hancocks cree que es muy importante que estos centros desarrollen maneras creativas de mostrar esa interconexión entre especies. “Es preciso diseñar exposiciones y programas para demostrar que el mundo es infinitamente rico, frágil, precioso e irreemplazable”, aclara.

Y añade: “Además, debe hacerse de manera que inspire esperanza, particularmente en los jóvenes, y que proporcione a la gente información honesta y práctica sobre lo que pueden hacer para asegurar un futuro para nuestro planeta”. Lo único que Hancocks no tiene claro a propósito de la nueva normativa barcelonesa es la referencia a la prohibición de la reproducción de especies que no puedan ser reintroducidas en su hábitat. Para muchos directores de zoológicos, en un entorno donde los ejemplares no pueden llevar a cabo la mayoría de las cosas que harían en libertad, el hecho de permitir que se reproduzcan redunda en su bienestar.

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Hancocks expone sus dudas sobre este asunto: “La idea de que solo se puedan reproducir aquellos que puedan ser devueltos a la naturaleza parece, en principio, sumamente seductora”. Sin embargo, reintroducir cualquier especie es un reto muy ambicioso. “Este tipo de iniciativas requiere importantes apoyos gubernamentales y muchos más especialistas de los que se pueden encontrar en las estructuras típicas de los zoos. Estos, a su vez, deben cubrir muy distintas disciplinas; pueden necesitarse desde botánicos, ecólogos o geólogos hasta abogados y sociólogos. Es algo increíblemente complejo”, comenta Hancocks.

Sarah M. Bexell, una experta del Institute for Human-Animal Connection de la Universidad de Denver, en Colorado (EE. UU.), y conocida activista antizoos, se muestra de acuerdo y nos explica que, una vez nacido en uno de estos centros, prácticamente ningún animal podrá ser liberado en el que habría sido su entorno. “Si lo fueran, casi todos morirían, porque social y conductualmente no son lo suficientemente competentes como para sobrevivir en la naturaleza. Sería como criar a un niño en un armario, proporcionándole comida y agua durante buena parte de su vida, hasta que alcance la edad adulta, y luego introducirlo en la sociedad para que, por sí solo, encuentre alimento, refugio, ropa, amigos y una pareja”.

Con la justificación de que la contracepción es complicada y acaba esterilizando a algunos animales, en muchos zoológicos europeos se permite que los ejemplares se reproduzcan a placer –no ocurre lo mismo en Estados Unidos, por ejemplo–. Los cruces, vigilados de cerca por la Asociación Europea de Zoos y Acuarios (EAZA, por sus siglas en inglés) se llevan a cabo con el objetivo de mantener la diversidad de la especie. Pero, aun así, a veces se da un exceso de especímenes, un fenómeno un tanto paradójico y bastante desagradable para muchos especialistas que ilustra a la perfección este problema. Y es que, aunque estén sanos, algunos acaban siendo sacrificados debido, entre otras cosas, a la falta de espacio.

 

Zoos más trasparentes

Los responsables del zoo de Copenhague, un centro pequeño, pero muy avanzado, están convencidos de que la clave para adaptar estas instalaciones a las exigencias del siglo XXI es, sobre todo, la transparencia. Este parque, que se cuenta entre los más antiguos de su tipo en Europa, conserva un aspecto vintage, pero posee instalaciones de primera categoría y mantiene los más altos estándares de bienestar animal.

Su dirección está convencida que la tenencia de animales conlleva una gran responsabilidad, tanto en lo que se refiere a cada uno de los ejemplares como a la supervivencia de las especies. De este modo, cuando en 2014 se supo que en este parque se había decidido sacrificar una jirafa que se encontraba en perfecto estado, se originó un importante revuelo mediático y social. Pues bien, en vez de edulcorar el asunto y acabar con el cuadrúpedo a puerta cerrada, se optó por hacerlo a la vista de todos; incluso fue diseccionado en público.

“Muchos zoológicos no son lo suficientemente transparentes respecto a sus problemas, pero todos los tenemos”, reconoce Bengt Holst, director científico del zoo. Si estamos convencidos de que estamos tomando las decisiones correctas y utilizando las mejores herramientas, entonces no deberíamos tener nada que ocultar”. Holst recuerda el citado incidente con la jirafa: “Las primeras reacciones fueron negativas, pero luego explicamos la razón de ser de lo que habíamos hecho y las cosas cambiaron”.

Hay directores de zoológicos que tiemblan ante la idea de tener que justificar sus decisiones, pero Holst no tiene pelos en la lengua y cree que formar a los ciudadanos pasa también por mostrarles las partes menos agradables del trabajo, una postura con la que no coinciden algunos de sus colegas. “Lo que sucedió en Copenhague podría no contribuir a nuestro objetivo de educar a las personas como amantes de los animales”, argumenta Rübel.

 

Papel en la conservación de la biodiversidad

En el zoológico de Chester, por ejemplo, uno de los más notables del globo, se intenta mantener a toda costa los programas de cría sin necesidad de recurrir a la eutanasia, algo que no es nada fácil. Holst está convencido de que los esfuerzos que se llevan a cabo para garantizar la preservación de las especies deben ser el pilar que sostenga y justifique la existencia misma de los zoos. Por eso, piensa que tal práctica es necesaria, pues “se trata del único modo de asegurar la existencia de una población sana”. Su sueño, en todo caso, sigue siendo que “todos los animales que viven en estos centros acaben incorporándose a proyectos de conservación in situ, en la naturaleza”.

Se trata de un objetivo especialmente loable en el contexto actual, en el que la biodiversidad de nuestro planeta se encuentra amenazada. El pasado mayo se hizo público un informe elaborado por la Plataforma Intergubernamental de Ciencia y Política sobre Biodiversidad y Servicios de Ecosistemas (IPBES), una iniciativa auspiciada por la ONU– donde se indicaba que alrededor de un millón de especies de animales y plantas están en peligro de extinción y muchas podrían desaparecer en unas pocas décadas si no se hace nada por evitarlo.

En un comunicado, esta institución destacaba que un 75% de los ecosistemas terrestres y un 66% de los marinos están gravemente alterados y que más del 85% de los humedales que existían en el año 1700 se han perdido, un escenario que “es culpa de todos” y que “representa una amenaza de una dimensión sin precedentes en la historia de la humanidad”.

En este sentido, podría decirse que cada decisión que se toma hoy en un zoo adquiere una importancia sin precedentes por las consecuencias que quizá tenga en el futuro. Si bien pueden explorarse distintas estrategias para garantizar que estos centros cumplan un papel significativo en nuestra sociedad, Holst señala que, sobre todo, es necesario mejorar la forma en que se comunican con el público, algo, por cierto, muy común en el orbe de la ciencia y la tecnología.

“¿Deberían ser retratados como una especie de país de las maravillas, donde los animales son contemplados y cuidados como muñecos de peluche animados? ¿O como lugares gobernados por pruebas, datos científicos y argumentos racionales, en los que se haga lo necesario para asegurar el futuro de la biodiversidad?”, se pregunta. “En Copenhague, hemos seguido una política de transparencia durante tantos años que ni siquiera nos lo planteamos”, reconoce Holst. Pero ¿cómo se toma el público este planteamiento? Los números hablan por sí solos: tras el incidente de la jirafa, el zoo no experimentó una disminución en el número de visitas.

 

Cada vez menos público en Barcelona

En Barcelona, la situación Es completamente distinta. Cada vez son menos las personas que pasan por el parque –a finales de 2018 se anunció un descenso de 180.000 en solo dos años– y muchas de las que lo hacen advierten que este necesita con urgencia una intervención. Sin embargo, ¿la iniciativa que plantea ZOOXXI sería lo más deseable?

Para Manteca, “es una negación de la realidad y de la evidencia científica”. Y añade: “Una de las instituciones que públicamente se ha manifestado en contra de ello ha sido la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), en concreto su Comisión para la Supervivencia de Especies. ¡Estamos hablando de la organización de referencia mundial en este asunto! Obviamente, desde la UICN se indica que la prioridad debería ser la conservación in situ, en la naturaleza, pero es perfectamente consciente de que, en ocasiones, esto es irrealizable. Por una parte, porque a veces ello tendría que llevarse a cabo en lugares problemáticos, donde se dan conflictos; pero también porque, incluso cuando fuese posible tal cosa, el hecho de contar con el apoyo de los programas de cría en cautividad y disponer del conocimiento que estos generan supone una ayuda enorme”.

Este experto sostiene que defender que un animal cautivo es obligatoriamente infeliz es una falacia. “En esencia, es como sostener que en la naturaleza no existiera el sufrimiento, pero recordemos que los animales salvajes tienen que lidiar con muchos problemas: pueden morir de hambre, no reciben tratamiento alguno cuando enferman, están expuestos a los depredadores y, además, padecen penalidades que a veces se derivan de acciones humanas. Es completamente falso afirmar que en los zoológicos los animales sufren por nuestra culpa y que en el medio natural no lo hacen precisamente porque están libres de nuestra influencia. Me parece que, en el mejor de los casos, es plantear las cosas de un modo un tanto ingenuo”, indica Manteca.

“Desgraciadamente, algunas de las personas que tenían que tomar decisiones respecto al zoo han dado el mismo crédito a opiniones bienintencionadas pero carentes de fundamento científico que a las de aquellas instituciones y personas que, basándose en pruebas, lo han dado todo por el bienestar de los animales”, se lamenta.

Manteca puede defender a capa y espada el papel de los parques zoológicos (social, ecológico, científico...), pero en ningún momento niega que los haya malos –entre estos últimos se incluiría el de Barcelona, en opinión del mencionado David Hancocks–. “En esto soy muy categórico. De la misma manera que apoyo firmemente el trabajo que estos centros llevan a cabo, es inaceptable que en algunos no se procure que los animales se encuentren en buenas condiciones. En primer lugar, por razones éticas. Y también porque todo lo relacionado con lo que hemos venido comentando sobre la importancia de la contribución de los zoológicos a la conservación y la educación solo es posible si los animales están bien. Aquellos que no los mantengan adecuadamente deberían cambiar radicalmente o, directamente, dejar de existir”, sostiene Manteca.

“Eso sí, el hecho de que en algunas de estas instalaciones no se hagan bien las cosas no quiere decir que ocurra lo mismo en todas”, puntualiza. Y continúa: “Al contrario, en muchas se hace un trabajo  excepcional. Tanto la EAZA como la Asociación Mundial de Zoos y Acuarios dan mucha importancia al bienestar de los animales, impulsan la investigación en este sentido y proponen unas directrices muy completas”.

Y añade para concluir este reportaje: “Precisamente por ello, cuando algunas iniciativas ciudadanas, como la de Barcelona, se presentan a sí mismas como revolucionarias, porque se refieren a ese bienestar animal, sus impulsores parecen olvidar que la comunidad de parques zoológicos lleva décadas trabajando en ello, literalmente. Me parece muy poco serio y muy poco honesto aterrizar y decir: ‘Ustedes lo hacen todo mal; ahora vamos a enseñarles lo importante que es esto’”.