Colapsos climáticos

Con el calentamiento global como gran problema, repasamos algunos de los vaivenes del clima que desencadenaron el fin de culturas y civilizaciones. Para tomar nota.

Árbol sequía
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En mayo de 2019, el laboratorio de ideas Breakthrough-National Centre for Climate Restoration (Avance-Centro Nacional para la Restauración del Clima), en Melbourne (Australia), publicó un informe inquietante ya desde su mismo título: Riesgo de seguridad existencial relacionado con el clima: análisis de un escenario futuro.

Según el estudio, si no se toman ya medidas para paliar y revertir el calentamiento global, en 2050 la humanidad podría enfrentarse a “un mundo de colapso social y caos absoluto”. Unos mil millones de personas se verían obligadas a reubicarse y dos mil millones tendrían problemas graves en el suministro de agua. Además, en las regiones subtropicales la agricultura se vendría abajo y la producción de alimentos resultaría drásticamente afectada en todo el mundo.

Se trata de un pronóstico más pesimista que el del Grupo Interguberna- mental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC). ¿En qué se basa? Sus autores, el científico australiano David Spratt y su compatriota Ian Dunlop, ingeniero especializado en energía, argumentan que la subida de temperaturas provocará cambios en la corriente de chorro de la alta atmósfera (un fuerte y estrecho flujo de aire), un casi semipermanente Niño (fenómeno climático relacionado con el calentamiento del océano Pacífico, que suele seguir un ciclo irregular) y una desertificación de más del 30% de la superficie cultivable. Estos factores confluirán de forma que la situación escapará a nuestro control y habrá una “alta probabilidad de que la civilización humana llegue a su fin”.

El informe ha sido unánimemente tildado de alarmista, y quizá con justicia, pero no estaría de más tomar nota de que uno de los grandes destructores de civilizaciones a lo largo de la historia ha sido el cambiante clima. Sobran los ejemplos, y aquí citamos unos cuantos de los más espectaculares.

En el sur del actual Irak, cerca del golfo Pérsico, se hallan los restos de la antiquísima y legendaria ciudad de Ur, en mitad de uno de los más tremendos desiertos del planeta. Su situación geográfica hace difícil creer que acogiera una de las primeras civilizaciones. Levantada junto a la por entonces desembocadura del río Éufrates, hacia 3800 a. C. ya era un asentamiento importante. Al parecer, en esa época un cambio en el monzón del Índico disminuyó la cantidad de precipitaciones en la región. La escasez de agua alentó la emigración de los campesinos a las incipientes urbes, que estaban construyendo a su alrededor eficientes redes de canales. En 2800 a. C., más del 80% de los habitantes de Mesopotamia moraban en pueblos o ciudades que abarcaban al menos 10 hectáreas.

Ur prosperó. Sus callejuelas apretadas y estrechas creaban espacios sombreados que paliaban el rigor del sol, tenía bazares y barrios separados por oficios, y hacia el año 2300 a. C. más de 5.000 personas vivían alrededor de su famoso zigurat de 15 metros de altura. Sus señores eran los más poderosos de la Tierra, solo comparables a los faraones egipcios, y su ciudad constituía un centro comercial y de peregrinaje religioso. En su entorno, una compleja retícula de canales enverdecía la aridez circundante. En primavera, los agricultores limpiaban los canales de limo para que este no impidiera el paso del agua de las crecidas estivales del río, que junto con las lluvias estacionales proporcionaba agua suficiente para los cultivos.

Una larga sequía contribuyó al auge de la ciudad de Ur en el 4000 a. C. y otra causó su ocaso siglos después.

Excavaciones en Turquía
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En la imagen, Çatalhöyük (Turquía), un asentamiento surgido hacia 7000 a. C. Llegó a tener unos 8.000 habitantes, que accedían a sus casas por la azotea. Esta protociudad fue abandonada en torno al año 6000 a. C. por causas climáticas.

Pero nada dura para siempre. Alrededor de 2200 a. C., una gran erupción volcánica aún no localizada llenó la atmósfera de cenizas, con la consiguiente caída de temperaturas. Este fenómeno coincidió con un ciclo de sequías que se prolongó durante casi tres siglos y que se desencadenó por una repentina merma en el brillo del Sol. Esto se tradujo en una disminución de la cantidad de luz solar que llegaba a la Tierra y que a su vez desató unos cambios en el clima que afectaron a Mesopotamia y las regiones cercanas. Se debilitó el monzón sudoccidental, causante de lluvias veraniegas; los húmedos vientos del oeste del Mediterráneo perdieron intensidad; y, sin el aporte de las precipitaciones y las nieves de la península de Anatolia (la actual Turquía), las crecidas del Éufrates y el Tigris se esfumaron. La sequía desertizó las fértiles tierras del norte del río Jabur, afluente del Éufrates, que hoy son la región de Siria que más trigo produce, lo que nos da una idea de la magnitud del desastre. Sin forma de subsistir, la gente empezó a emigrar al sur, hacia la ya muy poblada Ur.

En el curso de unas pocas generaciones, el número de habitantes de la ciudad se triplicó. Había hambre: las tablillas sumerias refieren que los gobernantes se vieron obligados a repartir raciones de grano. Pero resultaba insuficiente, y muchas personas regresaron al campo. Hacia 2000 a. C. la población de la ciudad se había reducido a menos de la mitad. De este modo, Ur se convirtió en una de las primeras urbes que entraba en decadencia por una catástrofe ambiental.

Sobrevivir a los cambios climáticos puede ser una cuestión de proporciones. Los poco numerosos grupos de humanos de la Edad de Piedra respondían a las sequías trasladándose a otros territorios, pero a una ciudad superpoblada, con niveles de inmigración sin precedentes y una hambruna generalizada, solo le quedaba venirse abajo. ¿Y qué sucedía con los pequeños asentamientos agrícolas? Uno de ellos fue Abu Hureyra, una aldea de casas parcialmente excavadas en el suelo y techadas con ramas y vegetales que prosperó hace unos 13.000 años en la llanura aluvial del Éufrates (en la actual Siria). Estaba rodeada de robles, pistacheros y otros árboles de frutos secos que ofrecían comida y madera a sus habitantes. Estos también aprovechaban las migraciones estivales de las gacelas del desierto para proveerse de carne. En los años de abundancia, sus silos almacenaban suficiente comida para pasar sin demasiadas penurias breves periodos de sequía. En sus excavaciones, los arqueólogos han recogido semillas de 150 especies comestibles. Pero tanta abundancia no era suficiente para lo que se avecinaba.

Aproximadamente en la época en que surgió Abu Hureyra se inició un proceso que en poco tiempo bajaría la temperatura global unos 5 ºC. La causa hay que buscarla en la actual frontera entre Canadá y Estados Unidos, al oeste de los Grandes Lagos. Allí, el deshielo de los glaciares que cubrían la parte septentrional del continente americano formó el llamado lago Agassiz, casi tan grande como España. Su existencia fue corta, pues se desaguó en varias direcciones, entre ellas hacia el mar de Labrador, situado entre el noroeste de Canadá y Groenlandia. La masa líquida formó una cubierta sobre el Atlántico Norte que impidió que el agua templada de la superficie de este se enfriara y hundiera: este aparentemente banal hecho detuvo el gran cinturón transportador atlántico, una corriente de agua que baja del Ártico por las costas de Norteamérica, sube luego desde el ecuador por las europeas y regula el clima. Así llegó una pequeña edad del hielo, a la que se conoce como Dryas Reciente.

En el Mediterráneo oriental, esto acarreó una dura y larga sequía que alteró las migraciones de los animales e hizo retroceder los bosques. De esa época se han encontrado restos del cultivo de tréboles y alfalfa, resistentes pero poco apetitosos y más tóxicos, lo que exigía un mayor procesamiento. Un milenio después de que naciera Abu Hureyra, sus habitantes emigraron a otras zonas, río arriba. Pocos de sus casi 400 habitantes se quedaron. Alrededor de 9500 a. C. volvió a encenderse el interruptor climático atlántico, la vida retornó a sus cauces habituales y resurgió el asentamiento.

Palacio del Acantilado
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Los anasazis vivieron en el sudoeste de EE. UU. Hacia 1250 d. C. empezaron a construir en lugares poco accesibles poblados como este de la imagen, llamado el Palacio del Acantilado. Unas décadas después, los abandonaron. Sobreexplotaron los recursos de su territorio y eso los llevó a un rápido colapso.

Lo sucedido en las proximidades del Mar Negro hace diez milenios es otro ejemplo de la capacidad destructiva de los cambios climáticos. Hacia 8000 a. C., las aldeas agrícolas de Anatolia (Turquía) comenzaron a prosperar gracias a la agricultura y los yacimientos de obsidiana, una roca volcánica vítrea que se utilizaba para hacer instrumentos y adornos. Una de ellas fue Çatalhöyük, que hoy es el conjunto urbano más grande y mejor preservado del Neolítico en el Oriente Próximo. En su apogeo, este asentamiento con 9.100 años de antigüedad cubrió 13 hectáreas. El lugar revelaba una planificación cuidadosa: todas las casas tenían la misma planta, y las entradas y los ladrillos estaban estandarizados.

El enclave iba a enfrentarse a un cambio climático similar al causado por el lago Agassiz: esta vez el responsable fue el casquete Laurentino, una capa de hielo de cientos de miles de kilómetros cuadrados que cubría lo que hoy es Canadá y el norte de Estados Unidos. Una subida de temperaturas lo derritió en parte y un enorme caudal de agua dulce acabó en el golfo de México.

La masa de agua fría alteró la circulación oceánica a gran escala y desencadenó una caída de las temperaturas que duró cuatro siglos y causó graves sequías en los Balcanes y el Mediterráneo oriental. La superficie del mar se enfrió 3 ºC y subió el nivel de los océanos: hacia 6200 a. C. las aguas del mar del Norte se elevaban a razón de 4,6 centímetros anuales. Así, la isla de Gran Bretaña acabó separándose definitivamente del continente europeo. En Anatolia, las precipitaciones se desplomaron: descendió el nivel de agua en los lagos y algunos de ellos se secaron por completo, por lo que muchos pueblos fueron abandonados, entre ellos Çatalhöyük. Sus habitantes se desplazaron al noroeste, a las costas del lago Euxine, donde las temperaturas eran más altas y podían encontrarse suelos fértiles e irrigados. Parecía un calco de lo que casi cuatro milenios atrás había arruinado Abu Hureyra. Aunque esta vez iba a suceder algo inesperado.

En 5800 A. C. la circulación atlántica se reinició y regresó el clima templado. Además, la oscilación del Atlántico Norte (la diferencia entre el sistema de bajas presiones sobre Islandia y el de altas sobre las Azores) se acentuó y soplaron de manera persistente vientos cálidos del oeste que llegaron al interior de Europa, donde reinaron las temperaturas suaves durante dos milenios. Pero hubo un precio a pagar: el calor aniquiló el casquete Laurentino y esto elevó el nivel del mar, con un efecto demoledor. Hacia 5600 a. C., el Mediterráneo se adentró en la cuenca del lago Euxine, que estaba 150 metros por debajo y subió a un ritmo de 15 centímetros diarios. En solo dos años alcanzó el mismo nivel que el Mediterráneo. Supuso una catástrofe ambiental sin precedentes: la masa de agua dulce más grande del mundo se había convertido en un abrir y cerrar de ojos en un mar salobre: había nacido el mar Negro. No sabemos cuándo comenzó exactamente la inundación, pero debió de ser devastadora para la gente que vivía en la zona. Hay quien apunta que este suceso sirvió de inspiración para los relatos del diluvio universal, pero es una mera especulación.

¿Podrían ser los distintos relatos del diluvio universal el recuerdo mítico de una gran inundación?

Las oscilaciones extremas del tiempo atmosféricos no solo destruyen civilizaciones a golpe de hambruna, también propician cambios políticos e invasiones. Así pasó cuando en los siglos III y IV el clima mediterráneo se retrajo hacia el sur y dejó así paso franco al continental, más frío, que cambió las condiciones durante centurias: en el año 829 llegó a formarse hielo en el Nilo. Pero no corramos tanto en el tiempo. En el año 553 nevó en la cálida Mesopotamia y los cultivos del sur de Irak se agostaron, apareció la niebla seca más densa y persistente que Europa y el sudeste de Asia y China hayan conocido, y esta última sufrió una terrible sequía: según las crónicas, cuando llovía caía “un polvo amarillo”. Todos los científicos piensan que se produjo una enorme erupción volcánica y, aunque nadie señala un culpable inequívoco, el candidato con más papeletas es el volcán El Chichón, en México.

Las bajas temperaturas coincidieron con un periodo en el que la oscilación del Atlántico Norte enloqueció: la presión atmosférica era alta sobre Islandia y baja en las Azores, lo que instaló un tiempo seco en Europa seguido de una sequía que llegó a Asia y asoló China, Mongolia y Siberia, lo que hizo que los pueblos nómadas de Asia central buscaran otras tierras. Entre ellos figuraban los ávaros, que se trasladaron a occidente. A golpe de espada y cabalgada, en 562 ya controlaban la cuenca baja del Danubio y las estepas al norte del mar Negro. Siguieron avanzando hasta crear un imperio nómada que en su cénit se extendía de Alemania al río Volga, y del Báltico a las fronteras del Imperio romano de oriente.

Este cambio climático no perdonó a América. En esa época la cultura moche –sus primeros vestigios datan del siglo II– alcanzaba su apogeo en las costas del norte de Perú, un entorno árido en el que no había nada que hacer sin el dominio de las técnicas de riego. Este pueblo supo gestionar la región y establecer grandes asentamientos, desarrolló una sofisticada metalurgia y una fina cerámica y erigió monumentales estructuras de adobe: en su capital se alzó la construcción de este tipo más grande del Nuevo Mundo, la Huaca del Sol, una pirámide escalonada que supera los 40 metros de altura y posee una base de 228 metros de largo por 136 metros de ancho.

Pero tanto la capital como las ciudades que la servían fueron abandonadas abruptamente en el siglo VIII: las pruebas arqueológicas demuestran que las dunas invadieron con rapidez los principales canales de riego. Los mochicas lo dejaron todo y migraron hacia el interior, cerca de la confluencia de los ríos nacidos en las estribaciones andinas, en busca de un clima y unas tierras fértiles donde prosperaran los cultivos. Si el tiempo te lo quita, el tiempo te lo da: alrededor del año 900 la frontera entre el clima mediterráneo y el continental se desplazó hacia el norte de Europa, y comenzaron así los cuatro siglos de lo que se ha llamado óptimo climático medieval. Fue una época templada: se cultivaron viñedos hasta en el centro de Inglaterra. Pero en América hubo sequías, hambrunas y guerras desde la costa de California hasta el lago Titicaca: medio milenio de aridez acabó con el estado tiahuanaco del Perú y con el imperio de los mayas, que dominaron el sur de América Central hasta el año 900 y construyeron ciudades grandiosas, como Copán, Palenque y Tikal, antes de desvanecerse. Su memoria se perdió hasta que arqueólogos e historiadores la recuperaron a mediados del siglo XIX.

Lago Titicaca
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El lago Titicaca (en la imagen), que se extiende por la frontera entre Perú y Bolivia, fue uno de los lugares donde prosperó la cultura tiahanuaca, arrasada hacia 1100 por una terrible sequía que bajó 10 metros el nivel de las aguas.

Los mayas, por su parte, inventaron una cultura refinada, crearon una red comercial por toda Mesoamérica, erigieron impresionantes monumentos y centros urbanos en plena selva, y demostraron una gran brillantez en matemáticas y astronomía: su famoso calendario es más preciso que el que utilizamos hoy. Pero su mundo se derrumbó cuando se encontraba en la cima, entre los años 750 y 900. Los historiadores han dado muchas razones para tal colapso: la sobrepoblación, la deforestación y la erosión del suelo, la agitación social, la guerra y las enfermedades...

Pero hay pruebas de que su caída se debió a un cambio climático. Así lo reveló el estudio de los fósiles de las conchas de los ostrácodos, unos crustáceos lacustres muy pequeños y sensibles a las alteraciones medioambientales. De su análisis se dedujo que la región donde vivieron los mayas sufrió varios periodos secos muy prolongados: uno que empezó hacia 475 a. C. y se prolongó 225 años; otro que arrancó alrededor de 125 a. C. y se extendió hasta 210 d. C. –coincidió con el apogeo de una de las primeras ciudades mayas, El Mirador–; y un tercero, más duro, entre los años 750 y 1025: en estos dos siglos y medio, la densidad de la población de las tierras bajas mayas disminuyó de doscientas personas por kilómetro cuadrado a menos de cien. Se abandonaron muchas cuencas hidrográficas, que seguían muy lejos de su antiguo esplendor a la llegada de los conquistadores españoles. Pero los mayas no fueron las únicas víctimas de aquella aridez sobrevenida.

Más al sur, en la frontera entre Perú y Bolivia, floreció la ya mencionada cultura tiahuanaca, que se prolongó durante 1.400 años (de 300 a. C. a 1100 d. C.) en torno al lago Titicaca, a una altitud de casi 4.000 metros, y cuya influencia alcanzó lo que hoy son tierras chilenas y argentinas, y las costas peruanas. Mediante una explotación muy ingeniosa del cultivo en esas condiciones difíciles, que promovía un reciclaje eficiente de los nutrientes y un uso de los canales de riego para proteger los cultivos de las heladas, sostuvieron Tiwanaku, una urbe con una población estimada de más de 40.000 personas. Pero hacia el año 1100, la ciudad y los campos elevados fueron abandonados abruptamente debido a una larga y dura sequía: los núcleos de sedimentos del lago Titicaca documentan una caída de 10 metros en el nivel del lago.

A la vista de estos casos podríamos caer en la tentación de pensar que nuestra tecnología nos hace diferentes a nuestros antepasados y que nos permitirá afrontar con éxito un desastre climático global. Nos olvidamos de que durante el siglo XIX murieron al menos 20 millones de personas a causa del hambre y las epidemias que acompañaron al fenómeno de El Niño durante esos años, y de que más de 200 millones de humanos habitan regiones con un gran estrés ambiental y muy vulnerables a las oscilaciones del clima: el Sahel, Etiopía... Si se produce un deshielo del Ártico como el que provocó el Dryas Reciente y que mandara a Europa a una vida a bajo cero, ¿qué haríamos? No tendremos la opción de emigrar a otros lugares, porque ya están llenos de gente. Como pasó en Ur, un desplome de la agricultura derivaría en una hambruna mundial de proporciones inimaginables. Tampoco somos conscientes de que cuanto más compleja es una civilización, más vulnerable resulta al cambio. Los pequeños los puede amortiguar, los grandes bastante menos, pero los gigantescos... Y el climático es, como hemos visto, de ese orden de magnitud. Más vale que nos pille preparados.

La mala vida de Ötzi

Hoy nos cuesta imaginar lo que era el hambre en la prehistoria. “Incluso en los años buenos los agricultores soportaban el fantasma permanente de la hambruna invernal”, dice el arqueólogo y antropólogo Brian Fagan, de la Universidad de Santa Bárbara (EE. UU.). Para llegar a ese punto hacía falta poco: una epidemia que diezmara al ganado, demasiada lluvia o muy escasa...

El estudio del cadáver momificado naturalmente de Ötzi, el famoso hombre de los hielos que murió asesinado en los Alpes hacia 3100 a. C., reveló que había sufrido desnutrición en la infancia y la adolescencia, y que por ese motivo pasó por episodios de crecimiento reducido. Curiosamente, sabemos lo que Ötzi comió antes de que lo mataran –quién sabe quién y por qué– a más de 3.000 metros de altura: el análisis del contenido estomacal del cadáver desecado reveló que había ingerido cereales y carne de cabra montés y de ciervo, ricas en grasas y calorías, y por tanto apropiadas cuando uno anda huyendo por cumbres heladas.

El estudio de la momia de Ötzi ha revelado que lo mataron cuando tenía unos 45 años.