La sexta extinción ya está aquí

En su historia, la Tierra ha sido azotada por cinco extinciones masivas desatadas por causas naturales o cósmicas; esta vez el responsable es el ser humano.

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Corría el año 1998 cuando una encuesta realizada por el Museo Estadounidense de Historia Natural de Nueva York hizo sonar por primera vez las alarmas. “La mayoría de los biólogos del país están convencidos de que está en marcha una extinción en masa de animales y plantas”, se podía leer a principios de abril de ese año en las páginas de The Washington Post. Según el museo, siete de cada diez biólogos afirmaban que una quinta parte de todas las especies vivas podría desaparecer en menos de tres décadas y que el ritmo de desaparición era mayor que en cualquier otro momento de la historia. 

Cualquiera imaginaría que, ante unas predicciones tan dramáticas, se tomarían decisiones políticas y sociales, pero no fue así. La encuesta solo contaba con la opinión de cuatrocientos expertos y no fueron pocos los que pusieron en tela de juicio las conclusiones. Sin datos sólidos que respaldaran el argumento de la extinción, el asunto cayó en el olvido, hasta que las cosas adquirieron un tinte bastante más grave

¿Se han realizado estimaciones alarmistas? 

Hoy por hoy, el programa científico de la Evaluación de los Ecosistemas del Milenio, auspiciado por Naciones Unidas, estima que se extinguen a diario entre 150 y 200 especies. Y la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) afirma que están en peligro el 41% de los anfibios, el 33% de los corales, el 34% de las coníferas, el 25% de los mamíferos y el 13% de las aves. Pese a ello, aún se escriben artículos, como uno publicado en la revista Science en 2013, en los que se afirma que estos datos no son más que “estimaciones alarmistas”. Evaluar con rigor esta cuestión no es cosa fácil.

 

Para empezar, ni siquiera estamos seguros de cuántas especies existen. El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) considera que los datos más fiables son los de un estudio publicado en la revista PLOS Biology, en 2011, que afirma que existen 8.700.000 especies. Una cantidad inmensa si tenemos en cuenta que solo un millón y medio han sido catalogadas. Además, para conocer su ritmo de desaparición, es necesario saber la tasa de extinción actual y la velocidad a la que se extinguían en el pasado. Una información muy difícil de obtener.

 

Declarar sin sombra de duda una extinción es un desafío. Existen ejemplos de especies que, a pesar de que se las consideraba extintas, regresaron de entre los muertos. También hay casos como el del tigre de Tasmania, cuya pérdida está bien documentada, pero que, aun así, supuestamente se avista de vez en cuando. Además, para concretar el ritmo promedio de desaparición de especies en el pasado, conocido como tasa de extinción de fondo, hay que recurrir a los fósiles, con todas las dificultades que eso conlleva. 

 

Con el objetivo de zanjar esta cuestión, a principios de 2015 un grupo de expertos de las universidades de Stanford, Princeton y Berkeley, liderado por Gerardo Ceballos, del Instituto de Ecología de la Universidad Autónoma de México, decidió poner manos a la obra para llegar a una conclusión más o menos definitiva. ¿Es verdad que el ritmo de extinción se ha incrementado en las últimas décadas? Según sus resultados, sí. 

 

Para eliminar cualquier posibilidad de que sus estimaciones se consideraran exageradas, los expertos limitaron el análisis al grupo mejor estudiado de organismos, los vertebrados. Además, “usamos tasas de extinción de fondo muy elevadas, que minimizan la diferencia con las actuales”, explica Ceballos. “Y solo tuvimos en cuenta –continúa– especies cuya extinción estuviera asegurada, sin incluir otras que es probable que también se hayan perdido, aunque aún no estemos seguros”. 

 

Hasta hoy, ningún estudio había seguido unos patrones tan conservadores, ni arrojado unos resultados tan descorazonadores. “No nos esperábamos que fueran tan malos”, confiesa Ceballos. Según el artículo publicado en Science Advances, lo normal sería que desde 1900 hubieran desaparecido nueve especies de vertebrados. Sin embargo perdimos 468 entre mamíferos, aves, reptiles, anfibios y peces.

 

“Es un número que en otras circunstancias habría tardado entre 800 y 10.000 años en desaparecer”, señala. Estamos ante una tasa de extinción cien veces superior a la normaly “si obtenemos un valor tan elevado usando un enfoque conservador, que sin duda minimiza el problema, entonces es que la situación es realmente grave”, aclara Ceballos. En este sentido, Anthony Barnosky, profesor en la Universidad de California en Berkeley y otro de los autores del estudio, propone un sencillo ejercicio: “Mira a tu alrededor y de todo lo que ves mata la mitad”.

 

Según un artículo publicado en la revista Nature, si no se adoptan medidas para mitigar el cambio climático, entre un 38% y un 52% de las especies desaparecerán. De hecho, hemos llegado tan lejos que algunos cambios son ya inevitables, y es probable que condenen a entre un 22% y un 31% de los seres vivos. El calentamiento actual es tan rápido que ninguna especie dispondrá de tiempo para adaptarse.

La única posibilidad, de acuerdo con los estudios realizados por Ken Caldeira, ecólogo de la Universidad de Stanford, es que las plantas y animales se muevan, para acompañar a su rango de temperatura ideal. Algunos ya lo están haciendo: en los Andes, datos recogidos por Kenneth Feeley, un biólogo tropical de la Universidad Internacional de Florida en Miami, revelan que las plantas del género Schefflera están desplazándose por las montañas a un ritmo de treinta metros al año

Por desgracia, según Caldeira, para acompañar el ritmo acelerado del cambio climático tendrían que escalar diez metros al día. Quizá algún ser vivo lo logre, pero las probabilidades son escasas. Incluso los animales que se mueven con facilidad se enfrentan a ciudades, carreteras, presas o zonas deforestadas, barreras que fragmentan el hábitat e impiden su progreso. 

Una extinción en masa supone, en términos técnicos, la desaparición del 75% o más de las especies del planeta en un periodo de menos de un millón de años. Desde el punto de vista geológico, es sin duda demasiado en muy poco tiempo. Pero, para nosotros, con una reducida esperanza de vida, no es un evento ni monumental ni notorio. “La mayoría de la gente no tiene ni idea de que existe un problema”, se lamenta Barnosky.

 

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