La increíble inteligencia de las plantas

Distintos estudios aseguran que las plantas pueden aprender, recordar y comunicarse. Y todo ello sin una sola neurona.

Las plantas pueden resolver problemas

Mancuso, quien se niega a cambiar el nombre del Laboratorio Internacional de Neurobiología Vegetal (LINV), que lidera en la citada universidad italiana, tampoco se arredra a la hora de plantearse la pregunta de si las plantas son inteligentes. ¿Su respuesta? "Todo depende de cómo definamos la inteligencia. Yo la veo como la capacidad de resolver problemas. Y se sabe que las plantas son capaces de hacerlo. Si no, no sobrevivirían. Así que sí, sin duda son inteligentes", argumenta. En su último libro, Sensibilidad e inteligencia en el mundo vegetal (2015), ofrece un sinfín de ejemplos que buscan dar a los lectores la posibilidad de juzgar a las plantas por sí mismos.

"Los hallazgos de los últimos cincuenta años han arrojado luz sobre sus increíbles capacidades", defiende. Sin embargo, se han visto eclipsados por la controversia, puramente terminológica, que nada tiene que ver con los resultados experimentales. Para él, "las plantas son tan distintas de los animales que es casi como estar en contacto con una cultura alienígena".

Una opinión que tal vez habría compartido Charles Darwin. Convencido de que el mundo vegetal era extraordinario, buscó entender cómo interaccionan las plantas con el medio y qué influencia tienen en su crecimiento los estímulos externos. Con la colaboración de su hijo, publicó sus resultados en un libro: El poder del movimiento en las plantas (1880). Pero en su época se veía a los vegetales prácticamente como objetos inanimados, y ridiculizaron sus esfuerzos.

En la actualidad, conocemos secretos vegetales inimaginables entonces. Aunque, ¡cuidado!, también hay mucha desinformación. En contra de la creencia popular, “no sirve de nada hablarles a las plantas”, afirma Mancuso. “Solo perciben vibraciones”, y reaccionan a diferentes frecuencias.

De acuerdo con un artículo publicado en 2012 en la revista Trends in Plant Science, las raíces se decantan por las frecuencias más bajas, entre 100 y 400 hercios, y crecen en dirección a las fuentes de sonido. “En torno a 300 hercios, es parecida a la que produce el agua fluyendo”, especula Mancuso, que participó en este estudio. Y añade: “Las raíces crecen en dirección a tuberías por donde circula agua, incluso cuando su superficie exterior está seca. Puede que sean capaces de escucharla, y que la asocien con esta frecuencia”.

Para muchos insectos, como avispas, chinches e incluso pequeños gusanos, el aroma que libera una planta en apuros equivale a un grito de "¡La comida está servida!"

Siempre pendientes de sus vecinas

En la Universidad de California en Davis (EE. UU.), el ecólogo Richard Karban estudia estas comunicaciones en el pequeño arbusto Artemisia tridentata. Al realizar podas controladas, que emulan la acción de los insectos, demostró que las plantas podadas a principios de primavera generan una mayor cantidad de sustancias volátiles, que las protegen frente a las plagas. Curiosamente, como ocurría con las arabidopsis, una planta cercana que no haya sido podada también adquiere esa protección. ¿Estarán hablando entre ellas? No exactamente. "Como la señalización entre distintas ramas de un mismo arbusto es limitada, el uso de compuestos volátiles garantiza que, en el caso de un ataque, todas las hojas de una misma planta activen sus defensas", argumenta el científico. "Siempre atentas a lo que hacen sus vecinas –continúa–, las demás detectan la presencia de estos químicos en el aire y, para no caer víctimas del mismo agresor, ponen en marcha una estrategia de defensa preventiva, especialmente eficaz cuando existe algún tipo de relación de parentesco".

Las plantas defienden su territorio. Cuando varias semillas germinan en una misma maceta, lo normal es que cada una desarrolle un número de raíces muy elevado para garantizar que dispone de más recursos que sus competidoras. Sin embargo, según un estudio publicado en 2007, en la revista Nature, si las semillas son hijas de una misma planta, reconocen su parentesco y desarrollan una mayor parte aérea, en detrimento de las raíces. En sintonía con estos datos, Karban observó que cuanto más estrecha era la relación genética entre las plantas, mayor era la probabilidad de que respondieran a una señal cercana. "La composición de estos productos químicos parece ser heredada, como ocurre con los tipos sanguíneos humanos", explica. Al fin y al cabo, mejorar las probabilidades de sobrevivencia de los familiares es una estrategia eficaz para garantizar que los genes compartidos llegan hasta la siguiente generación. 

Pero el diálogo bioquímico se lleva a cabo también en otros contextos. En la Universidad Ben-Gurión de Israel un grupo de biólogos especializados en estudiar cómo se adaptan las plantas al desierto ha descubierto que el guisante común, Pisum sativum, detecta si una planta vecina padece síntomas de sequía y reacciona cerrando los estomas, unos pequeños poros presentes en la superficie de las hojas, que son la principal vía de pérdida de humedad. La única condición es que ambos vegetales compartan suelo, ya que la señal de sequía es un compuesto liberado por las raíces. Además, según explica el artículo, publicado en la revista PLOS ONE, “los resultados sugieren la existencia de una comunicación en cadena”. Los guisantes no solo responden al infortunio de sus vecinos, sino que pasan también a emitir señales de estrés, detectados por individuos cada vez más alejados de la fuente primaria.

Durante siglos, hemos ignorado la existencia de estos intercambios de información. Sin embargo, los animales han sido más perspicaces. Para muchos insectos, como avispas, chinches e incluso pequeños gusanos, el aroma que libera una planta en apuros equivale a un grito de "¡La comida está servida!", conveniente y difícil de ignorar.

En 2010, investigadores del Departamento de Ecología Molecular del Instituto Max Planck elucidaron las complejidades de una de estas relaciones. Según cuentan en la revista Science, cuando las orugas de la especie Manduca sexta atacan a la Nicotiana attenuata, esta prima salvaje del tabaco se defiende liberando compuestos que atraen al Geocoris, un chinche de apetito voraz y entre cuyos bocados favoritos están las orugas.

Estamos ante un lenguaje complejo y bastante sutil, porque, aunque la planta sintetiza la molécula volátil pertinente, el compuesto que atrae al Geocoris solo se genera cuando esa molécula entra en contacto con la saliva de las orugas y sufre una alteración química que la transforma en un poderoso imán de chinches. Así, la oruga se condena a sí misma, y la presencia del depredador le da a la planta el tiempo que necesita para fabricar a toda prisa su arsenal químico de defensa.

Abortos selectivos

Teniendo en cuenta el gasto energético que supone la síntesis de estos compuestos, Mancuso defiende que comportamientos como estos conforman “una auténtica expresión de inteligencia, que denotan un cálculo de riesgos y una previsión de beneficios”. Una opinión polémica, muy en la línea de casi todo lo que defiende el científico italiano. La toma de decisiones es una capacidad cognitiva tan compleja que pocos se atreven a afirmar que exista en el mundo vegetal. Sin embargo, cada vez más estudios sugieren que las plantas son capaces de decidir en función de las circunstancias y de adoptar estrategias que permitan, por ejemplo, maximizar la probabilidad de tener descendencia.

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