¿Hay animales supersticiosos?

Si piensas que la superstición es propia exclusivamente de los humanos, tal vez te equivocas; las palomas de Skinner o los monos del famoso experimento de la escalera son buenos ejemplos de superstición animal… ¿o no?

 

Evitar cruzarse con un gato negro, pasar por debajo de una escalera, echar sal por encima del hombro, consultar el horóscopo a diario, los espíritus, las energías cósmicas con las que curar dolencias mediante el reiki, el mal de ojo, la quiromancia, la astrología, el feng shuila lista de supersticiones de las que los seres humanos somos víctima es tan larga como irracional.

En general, una superstición es una creencia según la cual se establece algún tipo de relación de causa y efecto entre fenómenos que, en realidad, no presentan relación causal. El estudiante que emplea un bolígrafo para hacer un examen y saca muy buena nota, y desde entonces decide usar ese mismo bolígrafo porque le trae suerte; la persona que siempre compra el décimo de lotería en la misma administración porque allí siempre se reparte un premio importante; o quien decide santiguarse antes de que el avión despegue porque, de ese modo, se siente protegido por un poder superior. Todos ellos son ejemplos cotidianos de comportamientos supersticiosos.

En realidad, el bolígrafo del estudiante no cambiará el resultado del examen, sino lo bien preparado que lleve el temario. En realidad, todos los décimos tienen la misma probabilidad de tocar, y si esa administración de lotería siempre reparte premios importantes es porque vende muchos más números. Y en realidad, los gestos que haga con la mano un pasajero no influirán favorablemente en el vuelo, sino el buen tiempo atmosférico, el correcto funcionamiento del avión, el buen estado de la pista, la buena coordinación entre aparatos y la habilidad del piloto.

Pero el ser humano no es el único animal supersticioso. Asumir causas y efectos como ciertos en eventos que no están relacionados es algo que llevan a cabo muchas especies. Y entre todos los experimentos, uno de los que más llama la atención es el de Skinner y sus palomas.

Paloma
Paloma

Las palomas supersticiosas

El condicionamiento operante es una forma de estimular conductas deseables y evitar o eliminar aquellas indeseables. A diferencia del condicionamiento clásico pavloviano, que asocia un estímulo con una conducta, el condicionamiento operante trabaja asociando la conducta con sus consecuencias.

Pero en ocasiones, las consecuencias percibidas no siempre son consecuencias reales. Y es precisamente lo que Burrhus F. Skinner descubrió en 1947 en uno de sus experimentos con palomas.

Los animales eran preparados —se les dejaba cierto tiempo sin comer— e introducidos en jaulas experimentales donde no se realizaba ningún tipo de condicionamiento. Tan solo un temporizador de cinco segundos proporcionaba una pequeña cantidad de comida al animal. Sin embargo, con el paso del tiempo, los animales adquirieron un comportamiento específico que no había sido inducido por ningún agente externo.

En su estudio, Skinner expone que una de las palomas daba dos o tres vueltas alrededor de la jaula, siempre en sentido contrario de las agujas del reloj, antes de obtener la comida. Otra metía la cabeza obsesiva y repetidamente en una de las esquinas superiores de la jaula a hasta que veía caer la comida. Otra picoteaba hacia el suelo pero sin llegar a tocarlo, y levantaba de nuevo la cabeza para comprobar si había llegado ya el alimento. Comportamientos distintos en animales diferentes, ninguno de ellos predominantes, pero todos sorprendentes.

El proceso de acondicionamiento sucedía porque cuando la comida llegaba, el animal estaba realizando alguna acción, la que fuera. Y como el estudiante que se aferra a su bolígrafo, la paloma se aferraba a ese comportamiento como si fuese lo que le diera de comer. Asumieron una relación de causa y efecto entre el comportamiento y recibir comida, sin saber que el premio caía igualmente llevasen a cabo su acción o no.

Y seguían repitiéndolo incluso cuando no funcionaba, cuando no recibían nada. En algunos casos, el animal llegó a repetir hasta diez mil veces el comportamiento antes de comprender que había dejado de funcionar lo que en realidad nunca había funcionado. Y bastaba que de nuevo cayera la comida una o dos veces para que un nuevo comportamiento supersticioso sustituyera al anterior.

Pero si bien el de las palomas es el primer ejemplo riguroso de un comportamiento de superstición animal, hay otro experimento también muy llamativo.

El (falso) experimento de los monos y la escalera

Si hay un ejemplo de experimento ampliamente conocido en el que se analiza la superstición de los animales es el famoso experimento de los monos, la escalera, los plátanos y la manguera.

En una búsqueda rápida de Google con las palabras «monos escalera plátanos» encontramos casi medio millón de resultados. En ellos se explica un experimento que unos científicos, supuestamente, llevaron a cabo con unos cuantos monos. Las versiones varían según quien lo cuente, pero todas las historias tienen el mismo trasfondo.

Un grupo de investigadores puso a cinco monos en una jaula con una escalera. Sobre la escalera colocaron unos plátanos. Cuando uno de los monos subió la escalera para coger el alimento, el resto de los monos recibieron un chorro de agua fría.

La respuesta de los monos fue agresiva contra el intrépido que se había atrevido a subir la escalera. Cada vez que alguno trataba de alcanzar los plátanos, los demás reaccionaban violentamente para evitar que alcanzase su objetivo, evitando con ello el agua fría. Después de un tiempo, ningún mono intentaba coger los plátanos, a pesar de la tentación.

Entonces, uno de los monos es sustituido por otro que nunca había sufrido las desagradables consecuencias. Pero cada vez que el novato, desconocedor del problema de la manguera, trataba de alcanzar los plátanos, el resto de animales se abalanzaba sobre él para impedírselo.

Uno a uno todos los monos fueron sustituidos, hasta que en el grupo resultante no quedaba ningún animal que hubiese recibido el agua fría. Sin embargo, todos perpetuaron el comportamiento violento cuando el mono más reciente de la jaula trataba de subir la escalera para alcanzar los plátanos.

Mono
Mono

Por supuesto, como buena historia, tiene su moraleja: si pudiésemos preguntar a esos monos cuál es el motivo del ataque violento contra el que quiere alcanzar la comida, ninguno sabría que se trata de una trampa y que los demás recibirían una descarga de agua, implemente pensarían que es lo que se debe hacer, porque siempre ha sido así.

Afortunadamente, el experimento nunca sucedió. En realidad, el origen de la historia está en un blog ya extinto del experto en marketing Michael Michalko. Él dijo que se había basado en un experimento llevado a cabo por Gordon R. Stephenson sobre la adquisición cultural de una respuesta aprendida específica entre macacos. Sin embargo, el trabajo publicado por Stephenson no se corresponde en absoluto con las condiciones experimentales explicadas en la historia de Michalko.

De hecho, es muy poco probable que se llegara siquiera a plantear un experimento de esta naturaleza; es dudoso que algún comité de bioética permitiese que se administrara ese sufrimiento innecesario a los animales. Aunque sí es cierto que los monos, como los humanos, pueden adquirir comportamientos supersticiosos.

Sin embargo, hay una reflexión que se puede obtener de esta historia, más allá de la evidente.

Cuando la moraleja se convierte en paradoja

El falso experimento de los monos y la escalera es usado como ejemplo con frecuencia. Además de estar tan difundido por internet, en algunas universidades lo enseñan como experimento real.

Lo peor de este falso experimento y su divulgación no es el papel de villano en que deja a los científicos, que someten a tortura a los pobres primates sin motivo, y sin responder a ningún tipo de pregunta científica.

Quienes reproducen la historia sin contrastar sus fuentes o su veracidad están, paradógicamente, cayendo en el mismo error que los primates del relato, repiten un comportamiento por inercia, sin plantearse si realmente es cierto. Pues ese relato se sigue contando, y siempre ha sido así.

El ser humano no deja de ser un animal profundamente supersticioso. De vez en cuando deberíamos pararnos a pensar en esos pobres y metafóricos monos, y aprender de su hipotético e irreal sacrificio.

 

REFERENCIAS:

Nogueras Pérez, R. 2020. Por qué creemos en mierdas: cómo nos engañamos a nosotros mismos. Kailas.

Skinner, B. F. 1947. «Superstition» in the pigeon. Journal of Experimental Psychology, 38, 168-172.

Stephenson, G. R. 1966. Cultural acquisition of a specific learned response among rhesus monkeys. Primatologen, 19, 280-288.

 

Vary (Álvaro Bayón)

Vary (Álvaro Bayón)

Soy doctor en biología, especializado en especies invasoras. Intento divulgar sobre ciencia y naturaleza mientras lucho férreamente contra las pseudociencias y el pensamiento mágico. Cuando me queda tiempo, cazo pokémon y hago artesanía. Además, soy (un poco) adicto al twitter.

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