Esta es la realidad que esconde el canto de un ruiseñor

¿Cómo y para qué cantan los ruiseñores? ¿Cómo compiten con el de otros ruiseñores, y con otras aves cantoras? ¿Y qué podemos aprender de la ópera El canto del Ruiseñor?

El 2 de febrero del año 1920 debutó la opera prima —en su sentido más literal de ópera— del compositor ruso Igor Stravinski. Una obra, El canto del ruiseñor, cuya composición llevó a Stravinski un esfuerzo de 9 años terminar. La ópera narra la historia de un ruiseñor que canta alegre al emperador de China, hasta que su homólogo japonés le regala un ruiseñor mecánico. El animal, al verse desplazado por la tecnología, decide regresar a la naturaleza, mientras las personas se quedan disfrutando del ingenioso artefacto.

En la obra se escucha claramente la diferencia entre el ruiseñor real, alegre, rico, fluido y variante, en oposición al pájaro mecánico, que suena regular, repetitiva, casi robótica. Los cantos de los pájaros son, efectivamente, ricos en matices, cambiantes y vivos. ¿Pero cómo hacen las aves para emitir sonidos tan hermosos e inspiradores? Los vocalistas de la ópera consiguen su canto modulando el aire con las cuerdas vocales, unas bandas musculares que tenemos los humanos en la entrada de la tráquea. Pero las aves no tienen cuerdas vocales, así que necesitan otras estructuras anatómicas para producir esos sonidos con flexiones y modulaciones de tal riqueza.

Para poder hacerlo, las aves cuentan con un órgano en la base de la tráquea, que se llama siringe, en honor a la mitológica ninfa Siringa, cuyo cuerpo, transformado en cañas, fue usado por el dios Pan para fabricar su flauta homónima. La siringe tiene las paredes flexibles, a tal punto que en algunas especies de aves puede llegar a hincharse como si de un globo se tratara. Esta flexibilidad le permite emitir vibraciones mientras pasa el aire por ella, produciendo sonidos. Este órgano se encuentra justo donde la tráquea se bifurca hacia los bronquios, por lo que algunas aves incluso pueden modular de forma distinta las paredes de cada una de las ramas, produciendo de este modo varios sonidos distintos a la vez. Algunas afortunadas especies llegan a imitar sonidos de otros animales, e incluso palabras y sonidos artificiales. Y aunque en el caso del ruiseñor, esta capacidad no se ha desarrollado, sí que presentan una variabilidad de cantos envidiable.

El canto del ruiseñor, como el de muchas otras aves, está directamente relacionada con la selección sexual a través de la elección de las hembras, por lo que tiene una función social. Así, los cantos de los ruiseñores y la interacción que se produce entre ellos tiene consecuencias en la población. Cada ruiseñor tiene su propio repertorio de tres a cinco canciones, que puede cambiar con el tiempo. Canciones que memorizan, y a veces, producen por sí mismos. El orden en que las cantan puede cambiar, sin importar el orden en que lo aprendieron.

Dentro de la función social, cabe destacar una forma de competencia dentro de la especie. Cada ejemplar macho toma como propias las canciones que entona, y se muestra reacio a la imitación de canciones de aquellos vecinos cercanos, que serán competidores a la hora de reproducirse. Además también compite en volumen y en ritmo, esforzándose por ser el vecino más escuchado. Tanto, que cuando un ruiseñor tiene ya experiencia en competir con otros, presenta de forma más constante una actitud competitiva, aun cuando deja de estar en esa situación. Sin embargo, con aquellos vecinos más alejados, que aún están al alcance auditivo pero están lo suficientemente distantes como para no ser competidores directos, llegan a compartir repertorio. 

Otro problema al que los ruiseñores se enfrentan al cantar, es que no son los únicos en hacerlo. También existe una competencia con otras especies de aves. Sobre todo si hay muchas especies cantoras en el entorno, el sonido de los cantos superpuestos unos a otros puede enmascarar el canto de un solitario macho de ruiseñor que, desesperado, busca una hembra con la que reproducirse. Para solucionar este problema, los ruiseñores escuchan los cantos de otras especies, y aguardan pacientes a que se produzcan silencios, momento que aprovechan para entonar ellos su trino.  

Para nosotros, los humanos, el canto de los ruiseñores nos resulta realmente atractivo; su viva naturaleza ha sido inspiración para no pocos artistas, que invocan con él la belleza de la naturaleza, ya sea a través de la admiración del emperador de China, o del deseo de escuchar un ruiseñor cantando en la londinense Berkeley Square. Pero lo cierto es que cada vez es más difícil escuchar a los ruiseñores, especialmente en las grandes ciudades, donde hemos sustituido su canto por los esos ingeniosos artefactos que, con gusto, llevamos encima y que nos pían con sintéticos sonidos cuando alguien nos tuitea (del inglés to tweet, piar). 

En la obra de Stravinski, el emperador de China, triste por perder al ruiseñor, enferma y se enfrenta a la muerte. Pero el ave regresa y canta a la muerte, convenciéndola de que le permita vivir. Cuando los cortesanos regresan, ven al emperador perfectamente saludable, aunque el ruiseñor se ha vuelto a marchar. Quizá podríamos sacar una lectura de esa obra; no está mal que disfrutemos de nuestros aparatos, que sin duda nos facilitan la vida, siempre que no olvidemos que seguimos siendo animales y, al fin y al cabo, dependemos de que ese metafórico ruiseñor, que es la naturaleza, siga cantando para nosotros.


Referencias:

Brumm, H. (2006) ‘Signalling through acoustic windows: nightingales avoid interspecific competition by short-term adjustment of song timing’, Journal of Comparative Physiology A, 192(12), pp. 1279–1285. doi:10.1007/s00359-006-0158-x.

Hultsch, H. and Todt, D. (1981) ‘Repertoire sharing and song-post distance in nightingales (Luscinia megarhynchos B.)’, Behavioral Ecology and Sociobiology, 8(3), pp. 183–188. doi:10.1007/BF00299828.

Hultsch, H. and Todt, D. (1989) ‘Memorization and reproduction of songs in nightingales (Luscinia megarhynchos): evidence for package formation’, Journal of Comparative Physiology A, 165(2), pp. 197–203. doi:10.1007/BF00619194.

Naguib, M. (1999) ‘Effects of song overlapping and alternating on nocturnally singing nightingales’, Animal Behaviour, 58(5), pp. 1061–1067. doi:10.1006/anbe.1999.1223.

Vary (Álvaro Bayón)

Vary (Álvaro Bayón)

Soy doctor en biología, especializado en especies invasoras. Intento divulgar sobre ciencia y naturaleza mientras lucho férreamente contra las pseudociencias y el pensamiento mágico. Cuando me queda tiempo, cazo pokémon y hago artesanía. Además, soy (un poco) adicto al twitter.

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