Ese país desconocido: el fondo marino

El fondo marino es un perfecto desconocido, del que solo hemos explorado el 5% del total. En él encontramos cordilleras más escarpadas que los Andes o el Himalaya y valles y cañones que dejan en ridículo al Gran Cañón del Colorado.

Es el suelo marino, y no los continentes, el espectáculo geológico más precioso de nuestro planeta y donde se puede percibir con claridad meridiana la lenta evolución de la corteza terrestre. De las dorsales oceánicas -cordilleras que alcanzan los 3000 metros situadas en la parte media de los océanos-, surge lentamente un nuevo suelo marino a medida que las placas tectónicas se van desplazando. No obstante, esto no sucede únicamente en el fondo del mar. En el África Oriental, en las llanuras del Serengeti y en la región de los lagos de Kenia y Tanzania, se está formando lo que dentro de millones de años será un nuevo mar. Pasará algo parecido a lo que sucedió al desgajarse África de Arabia, que creó el mar Rojo: en menos de una semana, en septiembre de 2005, el desierto de Afar, en Etiopía, el segmento más joven de este nuevo mar, ensanchó 8 metros.

En el fondo del océano también encontramos los lugares geológicos más peligrosos del planeta. Uno de ellos se llama 9º Norte, una zona que se asienta a caballo de la dorsal del Pacífico Oriental, en el límite de la Placa Pacífica –la más grande del planeta-, y la Placa de Cocos, una de las más pequeñas y situada frente a las costas de Acapulco y Puerto Vallarta. Allí las erupciones y terremotos, invisibles bajo las olas, son el pan nuestro de cada día. A medida que esas dos placas se separan de 11 a 12 cm cada año, lava fundida surge del interior para rellenar el agujero. Y entonces 9º Norte tiembla, golpeada por 2-3 terremotos al día. Pero a veces su latido se acelera, como en 1991, cuando se vio sometido a una terrible erupción volcánica. En el espacio de dos horas, aproximadamente el equivalente a 400.000 camiones repletos de lava se expandieron por el suelo marino. Una década más tarde, en 2003, las primeras decenas de terremotos, que luego se convirtieron en centenas de ellos, rompieron el suelo marino diariamente, presagiando el terremoto que estaba por venir. El 22 de enero de 2006 sucedió la hecatombe: 250 terremotos a la hora (4 por minuto) destrozaron el fondo marino. La lava surgió de las profundidades y se extendió a lo largo de casi 2 km. Esta época de agitación, que construye un nuevo océano en 9º Norte, también renueva la vida con un agua enriquecida gracias a las reacciones químicas que se producen entre la roca y el agua.

Fondo marino
Fondo marino

Todo comienza cuando el agua helada se cuela a través del suelo marino rajado, se calienta y se acidifica. A 350 ºC arrastra cobre, hierro y zinc de las rocas de los alrededores y se convierte en un líquido corrosivo que difícilmente identificaríamos con ese líquido de apaga nuestra sed. El agua sube repleta de metales en forma de un chorro hirviente que se abre paso hasta golpear el agua helada del fondo oceánico. Entonces se produce una lluvia de metales que hace crecer chimeneas alrededor de la abertura. Lo sorprendente es que de esta bebida ponzoñosa la vida emerge, pues aquello se parece más al infierno que al paraíso. La temperatura de estas fumarolas alcanza los 400 ºC y el agua está perfumada de azufre. El sulfuro de hidrógeno, venenoso para los humanos, es maná llovido del cielo para las bacterias que viven allí, con el que crecen rápidamente y acaban formando un tupido tapete bacteriano sobre la roca recién formada. A este lugar los científicos lo llaman, no sin cierta razón, Fénix.

Poco a poco Fénix se va llenando de vida: almejas, mejillones, gusanos de tubo, cangrejos, lapas… Hay alimento para todos. Los gusanos de tubo pueden llegar a crecer hasta 600 en un único grupo. En el tubo de metro y medio de longitud blanco y coronado por lo que parece una pluma roja, vive un gusano bien alimentado que puede crecer 85 cm en un año: está entre los invertebrados marinos de más rápido crecimiento conocido. Están bien nutridos, aunque no poseen ni boca ni sistema digestivo.

En la superficie, las plantas usan la energía del Sol para producir carbohidratos que luego serán consumidos por animales. En las profundidades de las fuentes hidrotermales es la quimiosíntesis, no la fotosíntesis, la base de la vida. Las bacterias que viven en los gusanos de tubo utilizan el sulfuro de hidrógeno que sale de la fumarola para hacer comida para su huésped. En otras circunstancias este esfuerzo sería letal, pues las altas concentraciones de sulfuro de hidrógeno matarían a la mayoría de los animales, pero los gusanos de tubo prosperan en esta mortal combinación de gases. Lo que sucede es que el zinc de su hemoglobina se une temporalmente al sulfuro de hidrógeno y lo transporta a la bacteria sin matar al gusano. Un ejemplo perfecto de simbiosis en un entorno extremo.

Miguel Ángel Sabadell

Miguel Ángel Sabadell

Me licencié en astrofísica pero ahora me dedico a contar cuentos. Eso sí, he sustituido los dragones y caballeros por microorganismos, estrellas y científicos de bata blanca.

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