De la historia del chicle al consumo de helechos

Los chicles nos han acompañado desde el Neolítico, así como el consumo de todo tipo de plantas. Un biólogo utrerano nos cuenta cómo la botánica siempre ha estado en nuestro plato de comida.

árbol chiclero
El chikoo es el fruto del árbol chiclero.

Se han encontrado marcas de dentición en una goma de mascar hecha con alquitrán de corteza de abedul (Betula pendula), de hace unos 6000 años. Estos restos fueron hallados en 1993 por el arqueólogo checo Bengt Nordqvist en Kierikki, Finlandia. Los griegos también usaban goma de mascar, en este caso unas pequeñas bolas elaboradas con resina de lentisco (Pistacia lentiscus). Pero los verdaderos precursores del chicle actual son los aztecas y, tal vez, los mayas. Obtenían una gomoresina vegetal a partir de la savia del árbol chiclero (Manilkara zapota). Les servía para unir objetos, pero también para calmar la se y el hambre si era mascada. También parece que la usaron para ocular la halitosis, como cuando un adolescente llega a casa por la mañana tras una noche de fiesta. Bernardino de Sahagún fue un franciscano que escribió un libro en el siglo XVI titulado Historia general de las cosas de la Nueva España. En su obra decía que “todas las mujeres que no están casadas mastican chicle en público”. La razón de tan extraña afirmación es que se consideraba una práctica socialmente inaceptable, a pesar de que fuese una práctica encaminada a evitar el mal aliento de sus bocas. Y este era más el objetivo del consumo de chicles entre mayas y aztecas, el encubrir el mal olor más que calmar la sed y el hambre.

Una tonelada de chicle

anuncio
Anuncio de chiclets de 1905

El asunto se fue de las manos cuando el general Antonio López de Santa Anna ofreció una tonelada de chicles a un amigo Thomas Adams como forma de pago por sus servicios. Adams quiso usar el chicle para hacer neumáticos, pero aquello no salió bien. Así que se decidió a sacar provecho comercial de la idea de la idea de la goma de Santa Anna: desarrollaría su propia goma masticable comercial a la que denominó "chiclet". Con la ayuda de su hijo Horacio, crearon su chicle en 1871, mezclando la gomorresina del árbol chiclero con una pequeña proporción de parafina, lo que se traducía en un producto más agradable al paladar. Unió fuerzas con William J. White, quien sería el encargado de lograr sabores a la insípida goma de los Adams. Y hasta hoy, pues el nombre está extendido por todo el mundo. La marca Adams es conocida por todos los continentes, así como muchos de sus productos (Halls o Trident, pro ejemplo). La empresa fue creciendo poco a poco hasta convertirse en Cadbury Adams. No sería hasta finalizar la Segunda Guerra Mundial cuando la juventud comenzaría a mascar chicle como un símbolo de rebeldía.

El lado oculto de los primeros chicles

A principios del siglo XXI el chicle se hizo tan popular que la materia prima comenzó a escasear. La producción anual de resina de árbol chiclero o zapote llegó a estar en 7000 toneladas. Sumemos que un zapote tarda en crecer y ser útil para este cometido unos 20-25 años y que solo se puede usar cada 4 años. No salen las cuentas, el precio del producto se dispara o simplemente no es rentable. Así que se buscaron alternativas para su fabricación, como el uso de una goma neutra a base de acetato de polivinilo. Y hay algo más. Para obtener la resina de zapote hay que adentrarse en la selva y exponerse a las moscas del chicle (Lutzomyia spp.), que atacan a los recolectores sin piedad. El problema es que con las picaduras depositan protozoos del género Leishmania mexicana, lo que finalmente se resuelve con la aparición de llagas y úlceras en el lugar de la picadura. En muchos casos se quedan las cicatrices de por vida e, incluso, producen deformaciones faciales.

“¡Los consumidores de los chicles mascaban también las penalidades de sus recolectores!”, dice Eduardo Bazo al contar esta historia en su libro Con mucho gusto (Cálamo, 2021).

Un menú cuajado de historias botánicas

Eduardo Bazo ha recogido una series de historias que relacionan la botánica con la comida, en un riguroso e interesante libro de más de 500 páginas. En el capítulo “Un menú plagado de sabores exóticos”, habla de helechos. Nos cuenta Bazo que el naturalista prusiano Alexander von Humboldt se hacía ya eco en 1799 de que en las Islas Canarias se consumía helechos. En palabras de Humboldt:

“[...] la raíz de Pteris aquilina sirve de alimento a los habitantes de La Palma y La Gomera; la rayan hasta convertirla en polvo y la mezclan con un poco de harina de cebada”.

En la cueva sepulcral de Roque Blanco (Tenerife) si hizo un descubrimiento revolucionario que arrojó luz al respecto. Mediante el análisis del contenido intestinal de un adolescente guanche, se pudo advertir la presencia de semillas de pino, harina de cebada y harina de raíz de helecho. Lo cierto es que no nos parece común la harina extraída de los rizomas de helechos, a pesar de que en la Península Ibérica Pteris aquilinia es una especie muy abundante. Si se ha visto que ha sido frecuente su uso en diversas partes del mundo. Dice Eduardo Bazo en Con mucho gusto:

“Tal como apuntan los trabajos de numerosos antropólogos e investigadores, las tribus que consumían helechos sufrían una manifiesta escasez de recursos alimentarios […] por lo que la incorporación a la dieta de estos elementos vegetales […] vendrían a conformar el plato principal de un menú de emergencia (y subsistencia) con el que sobrellevar un período de hambrunas”.

Hoy sabemos la razón de su falta de uso: contiene ptaquilósido, una toxina que causa intoxicaciones frecuentes en animales domésticos e, incluso, la muerte. Además, la tiaminasa causa alteraciones en la absorción de vitamina B1. No coma helecho.

Eugenio Manuel Fernández Aguilar

Eugenio Manuel Fernández Aguilar

Soy físico de formación, aunque me interesan todas las disciplinas científicas. He escrito varios libros de divulgación científica y me encanta la Historia de la Ciencia.

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