Caminando entre colosos



Caminando entre colososGuillermo Heredia estaba convencido de que lo que había descubierto aquella mañana de 1987 en su rancho Las Overas, en el agreste noroeste de la Patagonia argentina, eran los restos de un árbol petrificado. Así podría haberlo parecido, al menos dadas la textura, el grosor y los 155 centímetros de altura del ejemplar. Por ello, los expertos en plantas fósiles que acudieron a la zona desde el museo Carmen Funes, situado en la cercana localidad de Plaza Huincul, quizá esperaban recuperar una nueva pieza para su colección. Sin embargo, lo que el ranchero les mostró no era de origen vegetal. Lo que tenían delante era nada más y nada menos que una tibia gigantesca. Se trataba de los primeros restos hallados del Argentinosaurus huinculensis, un dinosaurio de cuello largo que vivió durante el Cretácico, hace 90 millones de años, y que, según los paleontólogos, pudo haber medido unos 35 metros de longitud y pesar más de 90 toneladas. Es, hasta el momento, la mayor criatura terrestre de la que se tiene noticia.

El gigantismo caracterizó parte de la fauna del Jurásico

En la actualidad, apenas existen unos pocos animales terrestres que podrían considerarse gigantes, esto es, que pesen más de una tonelada, como elefantes, rinocerontes y jirafas. Por el contrario, el gigantismo ha sido una característica muy representativa de buena parte de las especies que han poblado el planeta en el pasado. A comienzos del periodo Jurásico, hace 200 millones de años, aparecieron los dinosaurios saurópodos, unas inmensas torres de carne que podían alcanzar las 50 toneladas de peso. Precisamente, el argentinosaurus fue un representante excepcionalmente grande de estos saurópodos.

¿Pero qué hizo a aquellas criaturas alcanzar semejantes dimensiones? Gregory S. Paul, un reconocido ilustrador científico especializado en dinosaurios y megafauna, señala que básicamente se trataba de una ventaja evolutiva. "Cuanto mayor es un animal, menos probable es que sea víctima de un depredador, esto es, mientras un antílope puede ser una fácil presa para un león, no ocurre lo mismo con un elefante", explica. Para un herbívoro, un gran tamaño le asegura alcanzar alimento que para sus competidores resulta inaccesible, y al tener enormes tubos digestivos puede procesar plantas de peor calidad. Además, mientras una musaraña debe consumir cada día más comida que su propio peso, un elefante tiene suficiente con apenas el 5% del mismo.

Sin embargo, sólo los extintos saurópodos han logrado sobrepasar en tierra las 20 toneladas. ¿Por qué? Alguno expertos especulan con que, a diferencia de lo que ocurre con los mamíferos, los dinosaurios se valían por sí mismos muy pronto y no cuidaban a sus crías durante largos periodos de tiempo, lo que favorecía su espectacular desarrollo. En cualquier caso, los grandes dinosaurios carnívoros aparecerían en escena poco después que sus gigantescos parientes herbívoros.

Entran en escena los supercarnívoros terrestres

Un caso muy especial entre aquellos depredadores fue el del Tyrannosaurus rex, que triplicaba en masa corporal a sus predecesores. Los expertos en biología evolutiva han investigado cómo pudo alcanzar 11 metros de longitud y un peso de entre 5 y 8 toneladas. El paleontólogo Scott Sampson, del Museo de Historia Natural de la Universidad de Utah, cree que para que esto fuera posible tuvieron que darse una serie de condiciones. A diferencia de muchos de sus colegas, este investigador señala que tenía que ser un animal de sangre fría, ya que para mantener una temperatura corporal constante debería haber sido un formidable cazador, al menos 10 veces mejor que un león, y poseer un sistema de ventilación eficaz. Además, tenía que disponer de una enorme masa de tierra para que pudiera mantenerse una población estable en la que no hubiera competidores que se cebaran con sus mismas presas.

Entre las voces críticas con esta hipótesis destaca la de Kevin Padian, de la Universidad de California, en Berkeley, que señala que además de ser muy difícil determinar el tamaño de las poblaciones de los dinosaurios, extintos hace millones de años, los estudios histológicos de los huesos apuntan que éstos se parecían más a los de los mamíferos de sangre caliente que a los de los reptiles de sangre fría.

La clave se encuentra en la estructura del esqueleto

Caminando entre colosos
El argentinosaurus, un dinosaurio que vivió hace 90 millones de años, es el animal terrestre más grande que haya existido. A partir de algunos fósiles se han podido calcular sus dimensiones: 35 metros de longitud y más de 90 toneladas de peso.En un artículo publicado en Scientific American, un equipo de investigadores del Colegio de Francia y de las universidades de California, en Berkeley, y del Estado de Montana señalan que el estudio de las líneas de crecimiento de los huesos de los tiranosaurios, unas estructuras que tienen un cierto parecido a las que aparecen en los troncos de los árboles, ha revelado que podían alcanzar su pleno desarrollo en sólo 15 años. Aunque este "crecimiento acelerado" también se ha detectado en otros dinosaurios, el de los primitivos reptiles fue mucho más lento. A esa conclusión llegaron Gregory M. Erickson y Christopher A. Brochu, de la Universidad de Iowa, que pudieron determinar que el Deinosuchus, un cocodrilo enorme de 11 metros de longitud que vivió hace unos 80 millones de años, empleaba cinco décadas en alcanzar su máximo tamaño, esto es, tres veces más que un T. rex. La clave se encuentra, según estos expertos, en la estructura ósea de estos animales.

Los tejidos de los huesos largos de los dinosaurios, al igual que los de las aves más grandes y los de los mamíferos, son principalmente fibrolamelares, esto es, muy fibrosos y concentrados alrededor de una matriz de hebras de colágenos bien alimentadas por vasos sanguíneos. Este tipo de tejido crece más rápidamente que el de, por ejemplo, un cocodrilo, mucho más compacto y mineralizado y con canales vasculares más pequeños.

Algo parecido debió suceder con el Deinosuchus, un verdadero monstruo que pesaba entre 2.500 y 5.000 kilos, esto es, de 3 a 5 veces más que el mayor cocodrilo moderno. Erickson y Brochu sospechan que mantenía los mismos índices de crecimiento lento que un reptil, pero que podía prolongarlo durante décadas. En una carta en Nature, estos mismos investigadores indican que "un metabolismo acelerado facilitó la evolución del gigantismo en los dinosaurios y les permitió desarrollar una estructura ósea fibrolamelar bien irrigada muy rápidamente. Quizá el Deinosuchus siguió la misma estrategia, pero sin duda le llevaba más tiempo. Así, muchos dinosaurios sólo necesitaban siete años para alcanzar el mismo tamaño que este cocodrilo gigante tendría tras siete lustros".

Un mamífero de 30 metros y más de 110 toneladas

Sin embargo, no hay que remontarse millones de años para encontrar el animal más grande del que se tiene noticia. Se calcula que en los océanos aún sobreviven unas 5.000 ballenas azules -Balaenoptera musculus-, unos colosales cetáceos que pueden medir entre 25 y 30 metros de longitud y superar las 110 toneladas de peso. ¿Cómo un mamífero ha podido alcanzar ese tamaño? ¿Acaso las cosas son distintas bajo el agua? Aunque los científicos no conocen con certeza la respuesta, según Merel Dalebout, del grupo de Investigación de Ecología y Evolución de la Universidad de Auckland, en Nueva Zelanda, "es importante el efecto sobre el peso corporal característico del entorno acuático, lo que quizá explique por qué las ballenas pueden mantener tales proporciones". De hecho, si una ballena azul fuera sacada del mar seguramente moriría aplastada por su propio peso. Otras hipótesis señalan que en el océano disponen de espacio suficiente para desarrollarse de esa forma. ¿Pero qué pasa con otras criaturas submarinas enormes?

Gigantes que viven a grandes profundidades

Uno de los ejemplos más llamativos es el del gigantismo abisal, esto es, la tendencia de algunas especies de crustáceos y otros invertebrados que viven a grandes profundidades a desarrollar un enorme tamaño. Tal es el caso del calamar gigante, que puede alcanzar los 20 metros de longitud. No está claro si esto se debe a un mecanismo de adaptación debido a la escasez de comida, lo que retardaría su madurez, o a las peculiaridades del metabolismo a elevadas presiones. En cualquier caso, no hay que olvidar, apuntan los paleontólogos, que los grandes saurópodos terrestres, no mucho más pequeños que los mayores cetáceos actuales, persistieron durante 150 millones de años, cuatro veces más que aquéllos.

El extraño caso de los gigantes de las islas
Los científicos han descubierto que con el tiempo muchas especies animales que colonizan las islas tienden a aumentar de tamaño o, por el contrario, a reducirlo. Entre los gigantes insulares se cuentan desde los dragones de Komodo -Varanus komodoensis-, unos impresionantes lagartos que pueden medir hasta 4 metros de largo, hasta las extintas moas de Nueva Zelanda, unas aves que alcanzaban los 3 metros de altura.
¿Pero por qué ocurre esto? El primer intento por desentrañar el misterio de esta ruleta evolutiva se produjo en 1964, cuando el biólogo J. Bristol Foster de la Universidad de la Columbia Británica publicó un breve pero sustancioso artículo en Nature titulado Evolución de los mamíferos en las islas. Tras investigar 116 especies y subespecies insulares de Norteamérica y Europa, Foster ideó una tabla en la que mostraba si el animal isleño era mayor o menor que sus ancestros del continente. Sus cálculos revelaron que mientras los roedores tendían al gigantismo, otras especies reducían su tamaño, como los carnívoros, los lagoformos, como los conejos, o los artiodáctilos, como los ciervos. Hoy los biólogos denominan este fenómeno "la regla de Foster". Según señala este investigador, las islas contienen menos especies, por lo tanto, menos depredadores y competidores. En una situación semejante, los roedores más grandes podrían tener ventaja. Para otras especies, como los artiodáctilos, la disminución de tamaño suponía una mejora evolutiva, ya que de otro modo podían poner en peligro las reservas de alimentos. Años después, otros expertos, como Ted J. Case, de la Universidad de California, en San Diego, ampliaron estas investigaciones y establecieron ciertas excepciones a la regla de Foster. Según Case, todas las modificaciones en el tamaño corporal dependen de la cantidad de energía que un animal puede adquirir en un momento dado. Además, la especie sólo crecerá hasta el punto en el que el gigantismo no interfiera con otros factores, como su capacidad de volar.
Uno de los mayores enigmas se refiere precisamente al dragón de Komodo, considerado un modelo de gigantismo insular. Ahora, el hallazgo de un lagarto australiano del pleistoceno de 7 metros de longitud ha hecho preguntarse a los investigadores si el de Komodo, en realidad, no será su pequeño descendiente.El caso es que mucho después de que desaparecieran los últimos dinosaurios, los mamíferos también demostraron ser capaces de alcanzar un tamaño formidable. A mediados del Cenozoico, algunos herbívoros, como el megaterio, superaron las cuatro toneladas de peso. El caso más espectacular es el del Indricotherium transsouralicum, una especie de rinoceronte de cuello largo sobredimensionado de tamaño similar a un dinosaurio -podía pesar fácilmente más de 11 toneladas y alcanzar los 5 metros de altura- que vivió hace unos 20 millones de años y ha sido el mamífero terrestre más grande del que se tiene noticia.

¿Acaso hay o hubo algo en el ambiente o en la orografía que explique ese superdesarrollo? Nick Lane, autor de Oxígeno: la molécula que construyó el mundo, cita el trabajo del investigador Robert Berner, de la Universidad de Yale, que apunta que este gas pudo tener mucho que ver en la evolución de la flora y la fauna gigantesca del Carbonífero, hace 300 millones de años.


¿Un vínculo entre el nivel de oxígeno y el gigantismo?

Entonces, el planeta estaba poblado por escorpiones y milpiés de un metro, libélulas de unos 90 centímetros de envergadura, enormes plantas de más de 50 metros de altura y la atmósfera contenía un 50% más de oxígeno. En este mismo sentido, Gauthier Chapelle, del Real Instituto de Ciencias Naturales en Bruselas, y Lloyd S. Peck, del Servicio Británico de Investigación Antártica, opinan que aunque la tendencia de algunos animales a tener más tamaño en altitudes mayores, lo que denominan gigantismo polar, podría deberse al metabolismo y a las bajas temperaturas, es un fenómeno en el que también influye el oxígeno disponible.

También el espacio podría tener algo que ver en el desarrollo del tamaño. Un estudio realizado por investigadores de la Escuela de Medicina de la Universidad de California y del Museo Australiano del Sur señala que, efectivamente, la extensión de las masas de tierra limita el máximo crecimiento corporal de un animal. Tras investigar los hábitos alimenticios de decenas de especies que han vivido en los últimos 65.000 años, desde mamuts lanudos hasta hipopótamos enanos de Chipre, estos científicos se percataron de que los animales de mayor tamaño necesitan territorios también más grandes para obtener comida suficiente. Esta relación entre tamaño y área es, según los investigadores, suficientemente fuerte como para inducir cambios evolutivos a los largo del tiempo.

Las desventajas de ser grande

Para demostrarlo, los autores citan el caso del mamut de la isla Wrangel. Éste alcanzó el nuevo territorio insular, cerca de Siberia, a través de una lengua de tierra que acabó por desaparecer. Al cabo de sólo 5.000 años, el tamaño de los mamuts se redujo un 65%. Según los investigadores, estos hallazgos pueden explicar cómo los grandes mamíferos que se extinguieron entre 12.000 y 8.000 años atrás, lo que los expertos denominan "megafauna", tuvieron semejante tamaño, pero no así el que llegaron a alcanzar los dinosaurios. Eso sí, ser grande también tiene sus desventajas. Según señala Gregory S. Paul, "los animales más grandes consumen mucho alimento, así que no puede haber demasiados". Tampoco pueden salir volando, trepar a los árboles o esconderse fácilmente. Quizá los enormes mamíferos que constituyeron esa megafauna no lo necesitaban en el pasado, pero luego llegaron los cazadores humanos y, desde luego, las cosas cambiaron.

Gigantes humanos: entre el mito y la patología

 

Casi todas las culturas cuentan con algún mito protagonizado por gigantes. En muchas de ellas, además, la altura ha sido considerada un símbolo de estatus. Ése podría ser el caso de los gigantes del pueblo Moche, cinco cuerpos del siglo V hallados en una exquisita tumba de Dos Cabezas, en el noroeste de Perú, que presentan una insólita característica: son 30 cm más altos que sus compatriotas, que no superaban los 148 cm. Según el patólogo de la Universidad del Estado de Arizona Charles Merbs, que estudió los restos durante dos años, todos ellos eran jóvenes, pero presentaban una extrema debilidad ósea, y experimentaron un rápido crecimiento. Es más, siguieron haciéndolo cuando ya no era normal en otros individuos. Según Merbs, posiblemente podría tratarse de una enfermedad de la elite de Dos Cabezas.
El gigantismo humano, también denominado acromegalia, no tiene nada de legendario. Se trata de un trastorno metabólico causado por la presencia de un exceso de hormona del crecimiento que causa el agrandamiento gradual de algunos tejidos, especialmente de los huesos del cráneo, cara, mandíbula, manos y pies. No está claro a partir de qué altura se puede calificar a una persona de gigante, aunque en ocasiones se toma como referencia los 216 cm. Además, determinados deportistas que presentan una condición física saludable suelen situarse fuera de esta categoría.



Abraham Alonso

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