Así destruyen las guerras el medioambiente

Las guerras no solo suponen graves pérdidas de vidas humanas y materiales, también implican un gran impacto medioambiental.

Desde que el mundo es mundo, la guerra es el conflicto sociopolítico más grave y dramático para la humanidad, que casi siempre se cobra un precio altísimo en vidas humanas y pérdidas materiales. Sin embargo, de lo que se habla mucho menos es del impacto medioambiental de las guerras. 

Los daños ecológicos de un conflicto bélico, además de su importancia para los ecosistemas y la biodiversidad, pueden suponer un desabastecimiento de los servicios ecosistémicos a medio y largo plazo para las poblaciones, que se traduce a menudo en graves dificultades para la obtención de productos agrícolas y ganaderos e incluso agua potable.

Pistas de aterrizaje

Pista de aterrizaje de la Fuerza Aérea Británica de la 2ª Guerra Mundial en una jungla cerca de Bishnupur Bakura West Bengal India.

Impactos sobre la biodiversidad y los ecosistemas

La primera repercusión directa de una guerra sobre el medioambiente es el daño contra el paisaje, los hábitats y la biodiversidad. Ya sea por el uso de armas capaces de devastar grandes extensiones de territorio, los enfrentamientos directos, el paso de vehículos y tropas o el simple entrenamiento militar, la guerra produce una alteración dramática en la estructura y la función del paisaje.

Uno de los efectos más inmediatos tiene que ver con el suelo. Las maniobras de combate, la construcción de bases o fortificaciones —temporales o permanentes—, las explosiones o los actos de sabotaje ambiental aumentan de forma casi inevitable la erosión del suelo y su degradación. La pérdida de suelo, y, por tanto, de su microbiota, se retroalimenta con otro impacto estrechamente relacionado, la pérdida de cobertura vegetal.

Con ello, los hábitats terminan por perder su estructura. La presencia de contaminantes, muy frecuentes y abundantes en los conflictos bélicos modernos, afectan negativamente a las comunidades vegetales presentes, y también, a medio y largo plazo, al proceso de regeneración de esos ecosistemas. 

Uno de los casos mejor estudiados en este aspecto lo encontramos en la guerra de Vietnam, donde el ejército estadounidense, como parte de su programa de guerra química, roció amplias extensiones con hasta 76 millones de litros de agente naranja, una mezcla de dos herbicidas hormonales, una dioxina y combustible. Este acto, además de los daños a la salud de la población afectada, destruyó ecosistemas enteros.

Aviones de guerra
Aviones de guerra estadounidenses rociando agente naranja en Vietnam.

Por supuesto, todos estos impactos tienen efecto directo sobre la biodiversidad. Pero la contaminación y los daños causados por los conflictos no solo pueden exterminar especies enteras de plantas y animales —sobre todo si son endémicas—, sino que además pueden sustituirlos por especies invasoras. Durante la Segunda Guerra Mundial, los aviones militares que aterrizaban para repostar en ecosistemas insulares del Pacífico introdujeron, accidentalmente, un gran número de especies que, a largo plazo, terminaron desplazando e incluso extinguiendo especies endémicas.

Impactos sobre otros recursos ecosistémicos

Es evidente que la presencia de altas concentraciones de contaminantes en un entorno tiene consecuencias directas sobre el agua. Tanto las fuentes de agua superficiales como subterráneas sufren el impacto de la guerra, principalmente por el empleo de armas de combustión, químicas, biológicas o nucleares, y secundariamente por los efectos del combustible y el aceite de vehículos militares. Las consecuencias negativas en las masas de agua, sobre todo en entornos endorreicos y en las aguas subterráneas, pueden prolongarse años o décadas.

La contaminación de los ríos y otros cursos de agua traslada, además, los efectos perniciosos de la guerra aguas abajo, a lugares lejanos, en ocasiones, ajenos al conflicto. La polución en las zonas del tramo bajo de los ríos, áreas normalmente más ricas y fértiles por la deposición de sedimentos, altera los ecosistemas de ribera o de la desembocadura y afecta gravemente a la agricultura, la ganadería y otras formas de explotación. 

Cuando esa contaminación llega a los mares y océanos o es liberada directamente en ellos, también quedan afectados negativamente los ecosistemas litorales y marinos. Esto no solo sucede en batallas navales, en ocasiones, cuando el conflicto está relacionado con el petróleo, algunos beligerantes optan por derramarlo al mar deliberadamente antes de que caiga en manos de su oponente.

Pozos de petróleo
Incendio en pozos de petróleo en Kuwait.

El aire tampoco se libra de los efectos de la guerra. El movimiento de convoyes militares y maquinaria pesada y las explosiones levantan grandes cantidades de polvo que liberan contaminantes atmosféricos y afectan a la flora, la fauna y a la salud humana. Uno de los efectos más característicos en este aspecto sucede con la quema deliberada de grandes cantidades de petróleo, gas o combustible. En 2017, tras la retirada del ISIS en Irak, pozos y oleoductos ardieron durante meses, elevando columnas de humo negro que, además de contaminar, bloqueaban la luz. 

Al final, los impactos generados por las guerras terminan por alimentar, de un modo u otro, a algunos de los cinco principales motores del cambio global antropogénico: la alteración del suelo, la sobreexplotación de recursos, la contaminación, las invasiones biológicas y el cambio climático. 

El mayor problema, quizá, radica en que el cambio global antropogénico es uno de los hechos principales que motivan la guerra, lo que solo sirve para retroalimentar un círculo vicioso muy difícil de romper.

Referencias:

Lawrence, M. J. et al. 2015. The effects of modern war and military activities on biodiversity and the environment. Environmental Reviews, 23(4), 443-460. DOI: 10.1139/er-2015-0039 

Mahreen, K. 2022. The Environmental Impacts of War and Conflict. DOI: 10.19088/K4D.2022.060 

Vary (Álvaro Bayón)

Vary (Álvaro Bayón)

Soy doctor en biología, especializado en especies invasoras. Intento divulgar sobre ciencia y naturaleza mientras lucho férreamente contra las pseudociencias y el pensamiento mágico. Cuando me queda tiempo, cazo pokémon y hago artesanía. Además, soy (un poco) adicto al twitter.

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