3 plantas mágicas de El señor de los anillos

En el universo de Tolkien aparece una gran cantidad de plantas ficticias, y de algunas de ellas podemos aprender cosas sobre las plantas reales.

 

Elfos, orcos, dragones, en El señor de los anillos y su extensa mitología encontramos una gran cantidad de criaturas mágicas que enriquecen la leyenda y el universo que Tolkien nos legó. Pero entre las páginas de historias y cuentos del escritor británico nacido en Sudáfrica encontramos mucho más que criaturas. Las plantas forman una parte importante de la historia de la Tierra Media; tanto es así, que, en la mitología de Tolkien, antes de las edades del sol, antes de la existencia del sol y de la luna, existían las edades de los árboles

Laurelin, el árbol dorado —inspirado en un laburno— y Telperion, el árbol de plata —inspirado en un cerezo— iluminaban el mundo con su luz, hasta que la poderosa Ungoliant, madre de todas las arañas, los devoró. La luz de los árboles sobrevivió en las joyas que forjó el elfo Fëanor, llamadas silmarils, y que dan nombre a la historia —Quenta Silmarillion en alto élfico significa “la historia de los silmarils”—, y también en la última flor de Telperion, que llamaron Isil —que sería, luego, la luna— y el último fruto de Laurelin, llamado Anar —y que sería el sol—.

Con este antecedente en la mitología de Tolkien, no es raro que las plantas sean una constante a lo largo de las distintas historias. Con ejemplos como el athelas, u ‘hoja de reyes’, planta con propiedades curativas con la que Aragorn salva a Frodo del mal del ‘soplo negro’, o los ucornos, árboles capaces de comunicarse entre sí —hoy sabemos que algunas plantas pueden hacer, aunque no como Tolkien lo imaginó— e incluso de caminar. El autor les da a las plantas un alto valor que pocos escritores de fantasía han sabido prestar.

Simbelmynë, las flores de los antepasados

Flor del viento, probablemente la que inspiró a Tolkien para su’ simbelmynë’
Flor del viento, probablemente la que inspiró a Tolkien para su’ simbelmynë’

En las tumbas de los reyes de Rohan, tierra de jinetes, destacan unas flores blancas que florecen permanentemente, y se extienden por los suelos con facilidad.

Los habitantes de Rohan las llaman simbelmynë, que se traduciría por algo similar a ‘siempreimporta’, y los elfos llaman alfitin, ‘inmortales’. Se dice que en la tumba del gran rey Helm ‘Mano de Hierro’ las simbelmynë crecen con tal profusión que da la impresión de estar cubierta de nieve perpetua, en memoria de lo que sucedió durante su reinado en Rohan.

En algunas traducciones la llamaron ‘nomeolvides’, pero no parece tener relación con las plantas del género Myosotis, que conocemos. En cambio, Tolkien se inspiró en una flor ranunculácea pequeña y ligera llamada la flor del viento (Anemone nemorosa), muy común en Inglaterra y también presente en la península ibérica. Es una planta que se extiende fácilmente por el subsuelo, gracias a unos tallos subterráneos llamados rizomas, y forma grandes colonias, cuya floración indica el inicio de la primavera.

El cereal de los dioses

El cereal con el que los elfos creaban sus ‘lembas’ probablemente se pareciese al trigo.
El cereal con el que los elfos creaban sus ‘lembas’ probablemente se pareciese al trigo.

Uno de los alimentos más relevantes en la historia de Frodo y la Compañía del Anillo son las lembas, el pan élfico del camino. Una especie de tortas de pan que los elfos de Lothlorien regalan a los ocho compañeros, envueltas cuidadosamente en hojas de envés plateado, que nunca se estropean y que resultan ser un alimento excepcional, pues un solo bocado satisface el apetito de una persona.

No queda claro si el verdadero poder nutritivo de las lembas viene del cereal del que están elaboradas, un producto creación de la Vala Yavanna —la diosa de las plantas y la agricultura— o si es por la receta, desarrollada por la Maia Melian —una especie de diosa menor, que se asoció con los elfos en tiempos antiguos—.

Tolkien se basó en el llamado bizcocho marinero, un tipo de pan aplanado y de pequeño tamaño que se endurecía mediante un doble horneado —’bizcocho’ significa literalmente ‘dos veces cocido’— que se empleaba como alimento en los largos viajes de ultramar, por ser muy duradero y fácil de transportar. Y así como el bizcocho marinero se elabora con trigo, el cereal con el que se fabrican las lembas debe ser, también, algo similar al trigo.

Aunque parezca extraño, el trigo moderno es una planta que no se encuentra en la naturaleza. Triticum aestivum es un híbrido hexaploide, es decir, que tiene un juego de cromosomas en grupos de seis, a diferencia de los seres humanos, que los tenemos en parejas. Además, es una variedad que tiene tres especies progenitoras distintas: Triticum urartu, Triticum tauschii y Aegilops speltoids. Una auténtica quimera.

Mallorn, las hojas que perduran

El roble y el mítico ‘mallorn’ tienen un rasgo en común: la marcescencia
El roble y el mítico ‘mallorn’ tienen un rasgo en común: la marcescencia

En la escena en la que Galadriel entrega el pan élfico del camino a la Compañía se aprecia otra planta muy importante para el bosque de Lothlorien; aquella que da las hojas con las que se envuelven las lembas. El mallorn es, tal vez, el árbol más representativo de la fortaleza de Caras Galadhon. Su madera es de color plateado, y sus hojas, con el haz de un verde profundo y el envés también plateado, tienen la capacidad de mantenerse frescas mucho tiempo tras ser arrancadas del árbol, así como de preservar lo que se guarde en ellas si se utilizan como envoltorio. Cuando llega el otoño, las hojas se tornan doradas, pero no caen del árbol hasta que no llega la nueva primavera y vuelve a brotar.

A esta forma peculiar de perder la hoja, que no llega a ser perenne, pero no es la forma habitual de pérdida de hoja caducifolia, se denomina marcescencia —de ‘marzo’—, y es una particularidad de algunos árboles como el quejigo (Quercus pyrenaica) o algunas poblaciones de hayas (Fagus sylvatica). Árboles en los que Tolkien se inspiró para crear los mellyrn (plural de mallorn).

La marcescencia tiene varios efectos sobre las especies que la presentan, y en los ecosistemas que forman. La pérdida de la hoja provoca una abertura en la planta que cuesta cerrar, y que mientras está abierta, permite la evaporación del agua; al mantener la hoja seca en la rama durante todo el invierno, el árbol marcescente evapotranspira mucho menos, y ahorra agua. Además, el sabor y la textura de las hojas secas son desagradables para los herbívoros, que las rechazan como alimento, y se preservarán mejor las yemas de las que, llegada la primavera, brotarán las nuevas hojas.

Desde el punto de vista ecológico, la pérdida de la hoja de una caducifolia normal durante el otoño, permite que los organismos descomponedores pongan a disposición de las plantas todos los nutrientes durante el invierno. En esta situación, se corre el riesgo de que esos nutrientes se pierdan por arrastre del agua de lluvias o nevadas. Pero en los bosques de árboles marcescentes, cuando las hojas llegan al suelo para que los descomponedores hagan su trabajo, las plantas ya están brotando y floreciendo, listas y preparadas para obtener todos los nutrientes.

Referencias:

El Baidouri, M. et al. 2017. Reconciling the evolutionary origin of bread wheat (Triticum aestivum). New Phytologist, 213(3), 1477-1486. DOI: 10.1111/nph.14113

Escudero, A. et al. 1987. Ecological Significance of the Phenology of Leaf Abscission.

Oikos, 49(1), 11. DOI: 10.2307/3565549

Hammond, W. G. et al. 2005. The lord of the rings: a reader’s companion.

Houghton Mifflin Co.

Vary (Álvaro Bayón)

Vary (Álvaro Bayón)

Soy doctor en biología, especializado en especies invasoras. Intento divulgar sobre ciencia y naturaleza mientras lucho férreamente contra las pseudociencias y el pensamiento mágico. Cuando me queda tiempo, cazo pokémon y hago artesanía. Además, soy (un poco) adicto al twitter.

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