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Estas avispas son capaces de cazar arañas

Aunque las arañas suelen estar en la cima de la pirámide trófica de los seres vivos de pequeño tamaño, algunas encuentran su némesis en los pompílidos.

Una de las relaciones más importantes entre los seres vivos de un ecosistema, y fundamental en la estructura ecológica, es la relación trófica que determina quién come qué, y quién es comido. A partir de este planteamiento general, se establece una red compleja e intrincada, que suele simplificarse con una pirámide. En ella, una gran cantidad de seres vivos autótrofos —normalmente plantas o algas— forman parte del estrato basal, los productores, que obtienen la energía de la luz solar. A partir de ahí, en nuevos niveles sucesivos, cada cual más pequeños que el anterior, aparecen los consumidores primarios —criaturas que se alimentan de los productores—, los secundarios —que se alimentan de los primarios—, etcétera.
Y en lo más alto, en la cima de la pirámide trófica, se sitúan los animales que llamamos “depredadores”.

No todos los depredadores son grandes

Aunque normalmente asociamos la palabra ‘depredadores’ con la imagen de animales fieros y de gran tamaño como un tigre, un león o una manada de lobos, las relaciones tróficas se dan también a pequeña escala, y en el grupo de los artrópodos, la posición de los depredadores suele estar ocupada por insectos, como la mantis religiosa; o arácnidos, como los escorpiones y las arañas.
Las arañas son depredadores extraordinarios, con un amplio abanico de estrategias que les permite cazar animales de lo más variado. La mayoría presenta un veneno, de potencia variable, muy útil para paralizar a sus presas. Algunas tejen enormes redes de hilo casi transparente, que extienden entre ramas de árboles, y aguardan pacientes a que algún insecto descuidado caiga en ellas. Otras emplean esa misma seda para tejer trampas en el suelo, donde sus presas caen sin darse cuenta, y de las que ya no pueden salir.
El caso más extremo tal vez es el de una especie de araña en las selvas ecuatoriales de Sudamérica capaz de cazar pájaros; se llama tarántula pajarera (Theraphosa leblondi) y, con hasta 30 centímetros de envergadura, es la especie de araña más grande del mundo.
Sin duda, la araña cumple con el arquetipo del depredador voraz y despiadado; no sin motivo se ha empleado como recurso aterrador en obras de literatura fantástica, desde Ella-Laraña en El Señor de los Anillos hasta Aragog en la serie de Harry Potter. Por supuesto, las arañas más pequeñas pueden ser presas relativamente asequibles para grandes vertebrados, como aves, reptiles o mamíferos; pero, a su pequeña escala, entre los artrópodos, se podría pensar que la araña está en la cima de la cadena trófica, como reina indiscutible.

El cazador cazado

Pero en la naturaleza no suele haber reyes indiscutibles; la evolución acostumbra a romper con esa idea tan romántica como jerarquizada, propia de las categorías humanas, y que algunas especies evolucionen de tal manera que terminen convirtiéndose en depredadores de los depredadores. Muchas arañas encuentran su némesis en un grupo de insectos: los pompílidos, o avispas cazadoras de arañas.
A pesar de todas las estrategias de la araña para combatir e incluso cazar a una criatura como una avispa, este grupo de himenópteros se ha especializado en atacarlas con éxito. El modus operandi cambia según la especie de avispa, pero la mayoría presenta un patrón común.
A diferencia de otros grupos de avispa, que forman colonias, los pompílidos son especies solitarias. La avispa que caza arañas es siempre la hembra, no el macho, y no suele alimentarse de la araña una vez es cazada. Vuela explorando el entorno, en busca de presas o de rastros que puedan indicar dónde las hay; las telarañas son excelentes indicativos para ello. También se sabe que son capaces de seguir señales químicas, gracias a un refinado sentido del olfato.
Una vez detectada, ataca a su víctima con su aguijón, y descarga una dosis de veneno paralizante. Normalmente suelen cazar al aire libre, aunque en algunos casos, pueden llegar a entrar en la madriguera de su presa.

La presa será el nido

A partir de este punto cambia el comportamiento en función de la especie. Algunas solo ponen sus huevos y se van, dejando a la araña a su suerte. Otras entierran a la araña viva para facilitar la eclosión de los huevos —en ocasiones, derrumbando la madriguera de la presa—; y otras se llevan a su víctima a su propio refugio. Sea cual sea el comportamiento, la avispa depositará un huevo en el abdomen de la araña.
La única forma de librarse de su fatal destino para la araña, en este punto, es que el huevo no llegue a eclosionar. Si lo hace, la larva que nace atravesará la piel de su hospedador, y comenzará a devorarlo desde dentro, manteniéndolo con vida todo el tiempo posible. De hecho, evitan alimentarse del corazón y del sistema nervioso hasta el último momento.
Una vez que la larva concluye su última muda, forma un capullo de seda, como algunas mariposas, donde se encierra en la fase de pupa. En este momento, la presa ya suele estar muerta. El adulto sale tiempo después.
Se ha comprobado que el tamaño de la avispa que emerge está directamente relacionado con el tamaño de la araña en la que se ha desarrollado.
Referencias:
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