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5 animales con supersentidos

Visión ultravioleta, detectar campos electromagnéticos o percibir el fuego a decenas de kilómetros son algunas de las capacidades extraordinarias que muestran algunos animales.

Vista, oído, olfato, gusto y tacto. Esos son supuestamente los cinco sentidos que tenemos los seres humanos, aunque en realidad son más: Disponemos de sentido del equilibrio, percibimos cambios de temperatura a través de la piel, sentimos el dolor, o somos capaces de saber dónde está cada parte de nuestro cuerpo en cada momento, el sentido llamado propiocepción —el que nos permite tocar la punta de la nariz con el dedo, con los ojos cerrados—.
Pero en comparación con otros animales, los seres humanos estamos bastante limitados en lo que a sentidos se refiere. El mundo de los sentidos esconde muchísimas curiosidades. Existen ejemplos de animales que nos superan, y con mucho margen. Incluso algunos tienen sentidos de los que nosotros carecemos. Cualquiera de esas cualidades podrían calificarse como ‘supersentidos’ desde un punto de vista antropocéntrico.

Percibir cambios de presión, el ‘supersentido’ de la mosca

Entre los insectos hay muchas criaturas con ‘supersentidos’, y la mosca es un ejemplo perfecto. El cuerpo de la mosca está cubierto de unos diminutos pelos, llamados setas, que se asocian a mecanoceptores, sensores que perciben estímulos mecánicos, del mismo tipo que el oído o el tacto humanos. De hecho, este ‘supersentido’ sería una especie de forma maximizada de nuestro sentido del tacto.
La mecanocepción de las moscas es una de las formas sensoriales de respuesta más rápida, que interviene en muchos de sus comportamientos, entre otros, para la propia supervivencia.
Cuando la mosca siente una alteración local en alguno de sus receptores, por ejemplo, porque un ácaro parásito intenta alcanzarla, patea con velocidad y fuerza al invasor, deshaciéndose de él con un movimiento tan rápido como preciso.
Como es lógico, la reacción es mayor cuantos más receptores sean estimulados. Si todos lo son a la vez, significa que ha habido un cambio brusco y repentino en la presión atmosférica cercana a la mosca, probablemente producido por un objeto que se acerca, y que en su movimiento está desplazando aire. El despegue se inicia, entonces, casi de forma inmediata.
Por eso resulta tan complicado acertar a una mosca con un objeto macizo, y, como curiosidad, este también es el motivo por el que los matamoscas tienen agujeros. Al mover rápidamente la herramienta, el aire escapa por esos agujeros y no genera un área de altas presiones como generaría un cuerpo más macizo. Es la forma que los humanos hemos encontrado de burlar este ‘supersentido’ de la mosca.

Electrocepción, el ‘supersentido’ de los tiburones

En un campo electromagnético suficientemente fuerte, es posible escuchar el zumbido originado por la ionización del aire o que se nos ericen los vellos por la electricidad estática. Pero en la mayoría de las situaciones, los campos son demasiado suaves para generar esos efectos tan evidentes, por lo que nuestro organismo ignora su presencia.
En los peces, sin embargo, ocurre algo muy distinto. Y entre ellos, los tiburones y rayas son, quizá, los que tienen este ‘supersentido’ más desarrollado: la electrocepción o la capacidad de percibir campos electromagnéticos.
Este ‘supersentido’ permite a los elasmobránquios detectar los campos bioeléctricos débiles de presas, depredadores y congéneres. Para ello disponen de un órgano especializado, las ampollas de Lorenzini. Cada ampolla está formada por unos pequeños sacos llenos con un fluido gelatinoso, en cuyo fondo se encuentran células electrorreceptoras, y en el extremo opuesto, un poro que se abre al exterior. Estas ampollas se conectan entre sí formando una compleja red de canales que permiten al tiburón orientarse en función de la fuente de la señal bioeléctrica.
Además de los tiburones, otros peces también pueden detectar campos electromagnéticos a través de un órgano llamado línea lateral —particularmente llamativo en algunos pescados como el chicharro–. En el grupo de los mamíferos, el ornitorrinco dispone de electroceptores en el pico, gracias a los cuales es capaz de detectar a sus presas bajo el agua.

Visión ultravioleta, el supersentido de las abejas

Parece que al hablar de ‘supersentidos’, lo primero que viene a la mente son extensiones relacionadas con el sentido de la vista. Al fin y al cabo, es el sentido que más desarrollado tenemos. La disposición de nuestros ojos y nuestra capacidad visual nos permiten calcular distancias relativamente bien. Excepto en casos de daltonismo o monocromía, tenemos una capacidad visual razonablemente buena, con un amplio espectro de colores basado en tres componentes básicos: rojo, verde y azul. Aunque, en condiciones de baja luminosidad, perdemos muchas de estas capacidades.
En nuestro sesgo antropocéntrico, hemos denominado “luz visible” a la parte del espectro electromagnético visible a nuestros ojos, que arranca en el rojo y termina en el violeta. Bajo el rojo y sobre el violeta, la radiación electromagnética se extiende en longitudes de onda imposibles de percibir para el ojo humano; son los infrarrojos y los ultravioletas, partes del espectro que, aunque no las percibimos, existen y tienen sus propiedades.
Si una abeja pudiera describir el espectro electromagnético, lo que ella llamaría “luz visible” sería muy distinto. Las abejas tienen una visión limitada de la parte más roja del espectro, y, sin embargo, tienen receptores específicos para rangos más allá del violeta, una radiación mucho más energética, para nosotros invisible. En otras palabras, tienen visión ultravioleta.
Además de la abeja, muchas aves tienen este ‘supersentido’ de visión ultravioleta.

Detección de la radiación infrarroja, el supersentido de la serpiente

A diferencia de la radiación ultravioleta, la infrarroja es menos energética. Pero hay un rasgo muy característico de este tipo de radiación: todo cuerpo con calor la emite. Así pues, detectar la radiación infrarroja es una forma de percibir las fuentes de calor a distancia. Un fenómeno que ocurre incluso en completa oscuridad.
Las serpientes cuentan con unos órganos denominados fosetas loreales, situados en la cabeza, a medio camino entre las fosas nasales y los ojos, capaces de percibir la radiación infrarroja. Gracias a este ‘supersentido’ las serpientes generan una imagen mental térmica de cualquier organismo más caliente que el entorno.
Aunque no es muy útil para detectar a otras serpientes o a otros animales de sangre fría, les viene muy bien para detectar mamíferos y aves, que son de sangre caliente, y que pueden ser presas o depredadores potenciales.
Hasta hace poco, el funcionamiento de este órgano era una incógnita. Actualmente, se piensa que una de las piezas clave es el canal catiónico TRPA1, una proteína presente en las membranas celulares de muchos animales —incluido el ser humano— que está involucrada en la percepción del dolor, el frío y el picor.
Una investigación liderada por la Profesora Elena O. Gracheva, de la Universidad de California en San Francisco, ha revelado que los TRPA1 de las serpientes son los canales iónicos de los vertebrados más sensibles al calor. Dado que la radiación infrarroja es emitida por los cuerpos calientes y transmite ese calor, se piensa que las serpientes detectarían las señales infrarrojas gracias a que esta radiación calienta sensible y sutilmente los canales TRPA1 que tapizan las fosetas loreales. La orientación de las fosetas y su posición en la cabeza permitirían al animal elaborar el mapa mental térmico, de forma similar a cómo lo hacemos con el sentido de la vista.

Detección de fuego a distancia, el ‘supersentido’ del escarabajo de fuego

El escarabajo de fuego (Melanophila acuminata) tiene por costumbre depositar los huevos en la madera recién quemada; de hecho, solo en ese entorno pueden llegar a desarrollarse sus larvas. Es, por lo tanto, un escarabajo que requiere que algún árbol haya ardido para su reproducción.
Sin embargo, de forma natural, y en ecosistemas bien desarrollados, la mayoría de los incendios se autolimitan sin expandirse masivamente. Para encontrar los troncos adecuados para la crianza de su prole, el escarabajo de fuego ha desarrollado un ‘supersentido’ muy particular: es capaz de detectar el fuego a distancia. Pero a mucha, a muchísima distancia.
A más de 80 kilómetros de distancia.
Su capacidad se basa en la detección de moléculas presentes en el humo de la madera quemada. Es, por tanto, una expansión desmesurada del sentido del olfato. Este escarabajo tiene en su antena receptores específicos para compuestos fenólicos, como el 2-metoxifenol, que se excitan ante una concentración sorprendentemente baja en el aire, incluso de unas pocas partes por mil millones.
Su capacidad se ha llegado a emplear en la optimización de detectores de humo en edificios y en sistemas de detección precoz de incendios forestales, aunque nuestra tecnología aún no es tan eficiente como las antenas del escarabajo de fuego.
Referencias:
Gracheva, E. O. et al. 2010. Molecular Basis of Infrared Detection by Snakes. Nature, 464(7291), 1006-1011. DOI: 10.1038/nature08943
Hempel de Ibarra, N. et al. 2014. Mechanisms, functions and ecology of colour vision in the honeybee. Journal of comparative physiology. A, Neuroethology, sensory, neural, and behavioral physiology, 200. DOI: 10.1007/s00359-014-0915-1
Li, J. et al. 2016. A Defensive Kicking Behavior in Response to Mechanical Stimuli Mediated by Drosophila Wing Margin Bristles. The Journal of Neuroscience, 36(44), 11275-11282. DOI: 10.1523/JNEUROSCI.1416-16.2016
Rivera-Vicente, A. C. et al. 2011. Electrosensitive Spatial Vectors in Elasmobranch Fishes: Implications for Source Localization. PLoS ONE, 6(1), e16008. DOI: 10.1371/journal.pone.0016008
Schütz, S. et al. 1999. Insect antenna as a smoke detector. Nature, 398(6725), 298-299. DOI: 10.1038/18585

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