Cuando Sly Cooper nos robó el corazón

La saga creada por Sucker Punch Productions se popularizó enormemente a principios de los 2000 debido a su estilo desenfadado y buena jugabilidad.

No hay caja fuerte que no pueda abrir, ni sistema de seguridad que no pueda burlar, ni bolsillo que esté a salvo de sus habilidosas manos. Cuando uno se pone en la piel de Sly Cooper y su banda, la única forma posible de salir de un lugar es con un valioso botín al hombro y las sirenas de la pasma de fondo. Aventuras, enigmas, lugares lejanos, amor, héroes, villanos… esta historia de policías y ladrones lo tenía todo.

En 2002, cuando la Playstation 2 lo petaba en todo el mundo y marcaba el camino que luego seguiría el mundo de los videojuegos, el estudio Sucker Punch Productions nos presentaba al escurridizo Sly, un mapache ladrón que junto a su banda (el forzudo hipopótamo Murray y la intelectual tortuga Bentley) debía recuperar el manual de robo que su familia había guardado durante generaciones y vengar la muerte de sus padres a manos de una banda rival. Con este planteamiento, ‘Sly Cooper y el Thievius Raccoonus’ llegaba a nuestra vida dando mamporros a diestro y siniestro.

El honor entre ladrones es un mito

La historia de Sly se nos planteaba como un cómic, una historieta frenética y entretenida en la que el éxito dependía de nuestra habilidad. El estilo cartoon empleado en los diseños de personajes y escenarios, las onomatopeyas que saltaban en pantalla al derribar a un enemigo y los efectos sonoros creaban una curiosa combinación que resultaba indudablemente atractiva. El título usaba un aspecto desenfadado, casi infantil, para contar una historia más compleja y madura de lo que podría parecer en un primer momento.

Ya que los protagonistas son una banda de ladrones, el objetivo del juego siempre será conseguir llevar a cabo distintos golpes exitosos con todo el proceso que implica: desde obtener la información para planear el robo hasta su realización y huida (con sorpresita final garantizada). La mecánica del juego aprovechaba un limitado mundo abierto que iba cambiando en cada capítulo para sacar el máximo provecho a aspectos como el combate, el sigilo, la búsqueda de coleccionables, los puzles y las plataformas. Además, nos permitía combinar la habilidad como ladrón de Sly con la descomunal fuerza de Murray y los gadgets de Bentley para que el jugador tuviera que adaptarse a cada situación y aprender a manejar a cada uno de los personajes jugables.

Imagen: Sucker Punch Productions.

El éxito de la primera entrega dio la oportunidad a los fans de seguir la historia de la banda Cooper en otros tres juegos más (el último en 2013) y una remasterización de la trilogía original. Cada uno de ellos nos llevaba a nuevos escenarios (París, India, China, Australia…) y solía añadir habilidades o más personajes que hacían crecer este mundo y aportaban la novedad justa para notar la diferencia pero sin perder la esencia original.

Los juegos de Sly eran de esos títulos que te hacían disfrutar y te sacaban una sonrisa nada más coger el mando. No pretendían ser épicos ni tiernos, simplemente lo eran. Sly y su banda eran capaces de entrar en cualquier sitio, coger lo que querían y marcharse sin dejar rastro. Pero, como todo buen ladrón que se precie, siempre dejaban su firma.

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