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El ‘Itinerario Antonino’, una guía de viaje por la Roma imperial

Este documento es la fuente más importante para el estudio de las vías romanas.

¿Cómo se viajaba en el imperio romano? ¿Cómo podía el emperador gobernar tan vasto territorio durante la Antigüedad? ¿Cómo lograban mantener el contacto entre ciudades y administraciones? ¿Por qué medios fluyó esa aculturación conocida como la romanización? Todas estas preguntas desembocan en una respuesta común: las vías romanas.

Un imperio conectado

Durante los siglos en que Roma logró imponerse como la primera potencia del Mediterráneo tuvo una importante labor en las mejoras de las comunicaciones entre los distintos territorios que controlaba. Las vías marítimas fueron, sin duda, las más rápidas y muy eficaces en cuanto al transporte de productos en grandes cantidades. Pero estas no tienen plasmación física (más allá de los barcos naufragados en esas rutas) y no estaban disponibles durante todo el año, pues el invierno dificultaba mucho la travesía en barco en el Mediterráneo durante la edad antigua. Las vías que sí han dejado huella han sido las terrestres, las de piedra sobre el suelo europeo y más allá.
Atendiendo únicamente a las calzadas romanas principales se calcula que se extendían por más de 100 000 kilómetros. En un mundo en el que la capacidad de comunicación y el transporte poco tenían que tenía que ver con lo que conocemos hoy, este esfuerzo resultó vital para el imperio romano.
Un esfuerzo económico enorme y, por supuesto, el manejo de conocimientos de ingeniería a un nivel que ha permitido que muchas de estas calzadas y puentes romanos hayan llegado hasta nuestros días en un envidiable estado de conservación.

¿Para qué servían las vías romanas?

Muchas de sus funciones principales siguen siendo las mismas que tienen nuestras carreteras en la actualidad: para el desplazamiento de personas y mercancías. Además, otro de los usos más destacados durante el imperio romano fue la movilización de tropas. Digamos que la construcción de las calzadas romanas tenía ese punto de exploración similar a la construcción de las vías del ferrocarril en el salvaje Oeste. Tras el uso militar, pasaron a ser vías civiles y, por último, incluso tuvieron la función de fronteras entre territorios cuyos trazados se pueden reconocer en gran medida todavía hoy.
Por tanto, hablamos de unas líneas sobre el mapa que, no solo servían para una mejor comunicación entre poblaciones, sino que dotaba de cierta estructuración a la geografía política y administrativa del imperio romano. Lo cual era sumamente importante, pues imagina lo que debía ser gobernar un espacio de tantos miles de kilómetros sin la inmediatez que nos han ido facilitando vehículos como el coche, el tren, el avión, inventos como la radio, el teléfono y, en la cumbre ya, internet.
Esta manera de gobernar durante la Antigüedad suponía un esfuerzo enorme y las vías jugaron el papel de arterias para que el imperio se mantuviera bombeando la información y administración requeridas de la manera más eficaz y rápida posible. Por estas vías se difundió la romanización, ese conglomerado cultural que está en la base de la Europa actual.

¿Cómo sabemos por dónde pasaban estas vías?

Aquí es donde entran en juego las fuentes escritas que, unidas a la arqueología, nos permiten averiguar los caminos que los romanos se encargaron de adecuar en calzadas para el paso de carros, caballos, peatones y tropas.
El documento más interesante y completo es el Itinerario Antonino, del que tenemos la suerte de haber conservado las vías que discurrían por Hispania. Las últimas investigaciones lo sitúan cronológicamente en tiempos de Diocleciano, en torno al 280 d. C. Sin embargo, como suele ocurrir con la mayoría de las fuentes clásicas, no conservamos el documento original, sino copias medievales de las que la más antigua data del siglo VII.
Este itinerario se encargó de recopilar mapas, pinturas y documentos de la época que contenían rutas, sobre todo de carácter administrativo y militar. Es por ello que en él podemos leer referenciadas 372 rutas, es decir, solo las principales vías romanas de Europa, sin interesarse por caminos secundarios.
El esquema seguido por el Itinerario Antonino es muy sencillo: se indica una vía según su punto de partida y su destino, de la que se marca el número de millas que tenía (la milla equivalía a mil pasos para los romanos), y enumera las mansiones que hay a lo largo de esa vía, indicando las millas entre ellas.
Estas mansiones no eran más que estaciones de paso. Eran lugares para pernoctar y marcaban las jordanas de camino. Era importante medir bien estas jornadas para que no te pillara la noche en mitad del campo, un lugar donde uno corría peligros de atracos o encuentros con fieras poco deseables como compañía.
Con todo, los investigadores creen que el propósito del Itinerario no era ofrecer una guía de viaje a los habitantes del imperio (la mayoría analfabetos, por cierto), sino que su función era localizar los núcleos de población para que no se perdiera la recaudación de impuestos de ninguno de ellos.
Estos romanos, siempre tan prácticos.
Referencias:
Blázquez, A. 1892. Nuevo estudio sobre el “Itinerario” de Antonino. Boletín de la Real Academia de la Historia 21. Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.
Morillo, Á. 2019. Recorrer el Imperio: el Itinerario Antoniniano. Museo Arqueológico Nacional de España. youtube.com.

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