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El siglo XVIII y la pasión por leer

Bibliotecas, más publicaciones y hasta clubes de lectura por suscripción se implementaron ante la demanda de lectores.

El siglo de las luces supuso una revolución para la historia de la lectura. Libros, prensa y revistas se fueron extendiendo a la par que una incipiente alfabetización. Impresores y libreros se afanaron por ofrecer negocios rentables para ellos y asequibles para los clientes que buscaban adquirir un producto de lujo como el libro. El interés por la lectura generó la demanda suficiente para empezar a abrir bibliotecas públicas. Una nueva forma de entretenimiento se abría paso en la sociedad: leer.

La Ilustración

En el siglo XVIII se dio la Ilustración, un movimiento cultural e intelectual basado en el conocimiento y la razón. La difusión de ideas nacidas en este movimiento impulsó importantes revoluciones como la francesa, la estadounidense o la revolución industrial inglesa.
En este contexto, además de cartas, uno de los medios de difusión de ideas más común ya era el libro. Cada vez más personas introdujeron los libros entre sus objetos cotidianos y se aficionaron a leer novelas, libros científicos, biografías y demás géneros disponibles. El aumento del interés por la lectura se puede comprobar fácilmente en el sector del libro. A inicios del siglo XVIII, apenas se publicaban mil libros en Francia. A finales de la centuria, se superaban los 4 000 títulos. La mayoría de ellos se vendían poco, pero cabe destacar fenómenos como los textos de Voltaire o “La nueva Eloísa” de Rousseau, autores que participaron en el gran producto de la Ilustración: la Enciclopedia francesa impulsada por Diderot y D’Alambert, de la que se vendieron 24 000 ejemplares en Europa.
Sin embargo, no dejamos de hablar de una parte minúscula de la población. Se necesitaban ciertos requisitos para ser lector que no eran fáciles de cumplir en el siglo XVIII. Para leer, en primer lugar, se necesita saber leer. Las tasas de analfabetos en la Europa del siglo XVIII aún eran muy altas. También se necesitaba tiempo libre en un mundo en el que la mayoría trabajaba de sol a sol. Y, por último, se necesitaba dinero para adquirir un producto de lujo.
Por tanto, una de las máximas de la Ilustración difundida por el filósofo Immanuel Kant fue “sapere aude”, es decir, “atrévete a saber”. En el siglo XVIII, esto no solo suponía un reto intelectual, sino también económico.
Madame de Pompadour, en un retrato al pastel realizado por Maurice Quentin de La Tour

Madame de Pompadour, en un retrato al pastel realizado por Maurice Quentin de La TourMadame de Pompadour, en un retrato al pastel realizado por Maurice Quentin de La Tour

Un objeto de lujo

Hasta el siglo XIX no tuvo lugar la industrialización de la imprenta. El invento de Gutenberg había sido una revolución en la velocidad de sacar páginas y páginas escritas a una velocidad incomparable con las obras manuscritas. Pero la encuadernación de los libros seguía siendo un trabajo artesanal. Esta protección con tapas de los libros es lo que encarecía mucho el producto, además de los impuestos y gestiones burocráticas que debían superar los títulos antes de ser publicados.
“A principios del siglo XIX, en Francia, una novela recién publicada podía valer un tercio del salario mensual de un jornalero”.
Si hacemos la estimación oportuna, un libro del siglo XVIII costaría el equivalente de unos 100 euros actuales. Por el mismo cálculo, la Enciclopedia francesa tenía 36 volúmenes y cada uno de ellos se vendía a unos 350 euros.
Las librerías eran comercios pequeños adjuntos al taller de impresión. Por entonces, el comprador adquiría el libro únicamente con las páginas impresas. Era cuestión de cada cliente encuadernar esas páginas a su gusto y posibilidades. Es por ello que existieron bibliotecas de nobles y otros ricos que tenían estanterías llenas de libros que a nuestros ojos parecerían el mismo. Pero se trataba de títulos distintos solo que, por estética, se mandaban encuadernar todos iguales.

Negocios editoriales muy modernos

Queda claro que no todos los que sabían leer tenían fácil acceso a los libros. Fue a partir de esta necesidad por la que se crearon diversas soluciones, algunas de ellas precursoras de un modelo de negocio totalmente en auge en la actualidad.
De entrada, esta demanda de lectores hizo que en las ciudades más importantes surgieran bibliotecas públicas de tamaño considerable. En 1712 se inauguró la Biblioteca Real de Madrid. En 1747 la Biblioteca Nacional Florentina. A mediados del siglo la Biblioteca Británica. Y a finales la Biblioteca Braidense de Milán. A lo que se unió la apertura al pública de bibliotecas hasta entonces privadas de conventos y universidades.
Otra fórmula para adquirir libros fue la suscripción. Benjamin Franklin fundó la Library Company en 1731, un club de lectura de pago. Había que aportar 40 chelines para ser miembro y luego una cuota anual de 10 chelines. En cuarenta años la biblioteca se había hecho con 2000 títulos. Los miembros podían leer cuanto quisieran, pero no se cerró al resto del público. Quienes no estuvieran suscritos podían tomar prestado un libro depositando una fianza y pagando una tarifa. Es decir, no solo tenían la suscripción, sino que implementaron el alquiler de libros: el “biblioclub”. Opciones similares fueron ofrecidas por los propios libreros que, a cambio de una cuota, prestaban las últimas novedades editoriales.
Igual ocurría con la prensa y las revistas. Muchas de estas publicaciones se basaron en la suscripción. Así lo hizo el primer diario español: “Diario Noticioso, Curioso, Erudito, Comercial y Político”, fundado por Francisco Mariano Nipho en 1758. Los que estaban suscritos a alguno de estos medios solían hacer gala de ello y en muchas ocasiones, sus nombres aparecían impresos en las publicaciones como reconocimiento, al igual que hoy los “streamers” mencionan a sus suscriptores en sus contenidos audiovisuales.

La lectura a solas o en grupo

Durante muchos siglos, la lectura siempre ha sido una actividad oral. Agustín de Hipona quedó sorprendido al ver a su mentor, Ambrosio de Milán, leer en silencio y lo anotó su obra “Confesiones”:
“Cuando leía sus ojos recorrían las páginas y su corazón entendía su mensaje, pero su voz y su lengua quedaban quietas”.
En el siglo XVIII pasamos de una lectura intensiva en la que se leía mucho la Biblia, a una lectura extensiva de muchos y diversos libros. Además, fue cuando empezó a imponerse la lectura a solas y en silencio. Pero la lectura en voz alta no desapareció ni mucho menos. De hecho, en un mundo poco alfabetizado, existía el “lector profesional”, que iba de aquí para allá leyendo a grupos de personas las noticias del día. A esta actividad se suma la lectura como entretenimiento familiar, en la que un miembro leía al resto y todos compartían las aventuras a la vez, como hoy se suele hacer con las series de televisión.
Referencias:
Blanco Fernández, C. 2012. La pasión por la lectura en el siglo XVIII. Historia National Geographic 103, 20-24.
Navarro, F. 2020. Historia del libro y sus revoluciones. Descubrir la Historia 27.

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