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La explosión de Chernóbil: 36 años tras el incidente

Así se vivió (y se vive) el mayor desastre nuclear de la historia

26 de abril de 1986. A las 1 horas, 23 minutos y 58 segundos explotó uno de los reactores de la Central Eléctrica Atómica de  Chernóbil. El mayor desastre tecnológico del siglo XX. El 5 de mayo se registró presencia de radiación en Estados Unidos. En poco más de una semana, la explosión de Chernóbil era un problema global. Aún estamos por conocer su verdadera repercusión.
En Bielorrusia, antes de 1986, había 82 enfermos de cáncer por cada 100 000 habitantes. En los últimos años, por cada 100 000 hay 6 000 pacientes. De cada 14 personas, solo una muere de viejo. En las zonas más afectadas lo único crece son los cementerios.
Vashuk, Kibenok, Titenok, Právik, Tischura, Vasili... fueron algunos de los bomberos que llegaron a apagar el incendio de la central nuclear. Todos acabaron en el hospital. Todos llegaron hinchados. Todos murieron. A sus mujeres las engañaron. Les pidieron ropa limpia, los enfermos iban a ser trasladados a Moscú. Cuando regresaron al hospital, sus maridos ya habían salido. Se ahorraron gritos y empujones.

Liudmila Ignatenko

Liusia, recién casada y embarazada de Vasili, fue a buscarlo a Moscú. Mintió sobre su embarazo para que la dejaran asistir a su marido. Vasili tenía llagas que solo hacían crecer. Llegó a afeitarlo ella misma antes de que dejara todo el pelo sobre la almohada. Le decían:
“No debe usted olvidar que lo que tiene delante ya no es su marido, un ser querido, sino un elemento radiactivo con un gran poder de contaminación. No sea usted suicida”
Vasili había recibido 1 600 roentgen de radiación. La dosis mortal es de 400. Ningún bombero sobrevivió. Tras su muerte, arrancaron el yeso y el parqué de las habitaciones que ocuparon en el hospital.
A los dos meses, Liusia dio a luz. Cuatro horas después, le dijeron que su bebé había muerto. Liusia tenía 23 años.

Condenados

Nadezhda Afanásievna Burakova es una habitante del poblado Jóiniki, una zona afectada por la radiación. Decidió con su familia no huir a ningún lado para evitar sufrir lo que ha experimentado alguna que otra vez siendo vista por los “otros”. “Aquí todos somos de Chernóbil […] En cambio, en todas partes, en cualquier otro lugar, somos unos extraños. Unos apestados”.
Fue otra de las voces que habló con Svetlana Alexiévich. Le contaba que ya no se ofendía con nada, pero la afirmación no parecía coincidir con su actitud durante la entrevista. Y no es de extrañar. Contó cómo un corresponsal tenía sed, Nadezhda le ofreció una taza con agua, pero el periodista sacó una botella de su bolso y rechazó la taza.
Su hija, con dieciséis años, le dijo: “mamá, si doy a luz a un niño deforme, lo querré igualmente”. Estos son los miedos y preocupaciones de los jóvenes de la zona. “El sentimiento dominante es el de estar condenados”.
“No encuentro las palabras para transmitir lo que he visto, lo que he experimentado”

Restos de la explosión de Chernóbil“No encuentro las palabras para transmitir lo que he visto, lo que he experimentado”

Cicatrices y héroes

Cuando se habla de las cicatrices de Chernóbil se hace referencia a elementos simbólicos con repercusiones de peso: el abandono de ciudades, bosques y cultivos inutilizados por completo debido a la radiación, miles de enfermos y un mayor número de afectados psicológicamente. Pero también están las cicatrices de manera literal: muchos ucranianos y bielorrusos tienen lo que algunos llaman (con un mal gusto terrible) el “collar de Chernóbil”, la marca que les dejó en el cuello la extirpación de la glándula tiroides, para curarles el cáncer. A otro Vasili, este de apellido Koválchuk, la cicatriz le ha quedado en la ceja, donde le quitaron un tumor óseo. Koválchuk fue uno de los “liquidadores” de Chernóbil: los que se encargaron de hacer los trabajos necesarios para limitar los daños de la catástrofe. Quizás no sea descabellado decir que gran parte de la vida actual puede seguir su curso en condiciones normales gracias a estas personas.

Letras sobre el pasado, mirada al futuro

Este artículo no pretende recrearse en la banalidad del horror. Lo que persigue es la reflexión sobre lo que viene, hacia dónde va el ser humano y las consecuencias de nuestros actos, que pueden hacer que, paradójicamente, estemos hablando de las vidas cotidianas más extraordinarias.
“No encuentro las palabras para transmitir lo que he visto, lo que he experimentado”. “No he leído sobre algo parecido en libro alguno, ni lo he visto en el cine”. “Nadie antes me ha contado nada semejante”. 
Frases extraídas de uno de los libros más duros que se pueden leer: “Voces de Chernóbil”, de la Premio Nobel de Literatura Svetlana Alexiévich. Escribió Stephen King que “si a un miedo no se le puede dar forma, no se le puede vencer”. La radiación no la vemos, no la sentimos, no la olemos. Y es un miedo que hemos creado nosotros.
“Cuántas veces el arte ha ensayado el Apocalipsis, ha probado las más diversas versiones tecnológicas del final del mundo, pero ahora sabemos positivamente que la vida es incomparablemente mucho más fantástica”
Aquí escribimos sobre el pasado, pero, créanos, es solo conocimiento. La lucha está en el futuro.

Referencias:
Alexiévich, S. 2016. Voces de Chernóbil. Debolsillo
Izaguirre, A. 2016. Las cicatrices de Chernóbil. Nuestro Tiempo 690, 20-31.

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