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Voces de Chernóbil: testimonio de las víctimas del accidente nuclear

La periodista Svetlana Alexievich recogió el testimonio de varias de las víctimas del accidente nuclear

La periodista Svetlana Alexievich, galardonada con el Premio Nobel de Literatura entrevistó a varias de las víctimas del accidente nuclear que publicó en su obra ‘Voces de Chernóbil’. Una de ellas era Liudmila Ignatenko, esposa del bombero fallecido Vasili Ignatenko, uno de los primeros trabajadores que intentaron sofocar el incendio y que junto a otros compañeros fue ingresado por la altas dosis de radiación que recibió. Este es parte del testimonio de Liudmila, que fue representado en la premiada serie de televisión Chernobyl del año 2019:
“Él empezó a cambiar. Cada día me encontraba con una persona diferente a la del día anterior. Las quemaduras le salían hacia fuera. Aparecían en la boca, en la lengua, en las mejillas… Primero eran pequeñas llagas, pero luego fueron creciendo. Las mucosas se le caían a capas…, como si fueran unas películas blancas… El color de la cara, y el del cuerpo…, azul…, rojo…, de un gris parduzco. Y, sin embargo, todo en él era tan mío, ¡tan querido! ¡Es imposible contar esto!”
Hacía entre veinticinco y treinta deposiciones al día. Con sangre y mucosidad. La piel se le empezó a resquebrajar por las manos, por los pies. Todo su cuerpo se cubrió de forúnculos. Cuando movía la cabeza sobre la almohada, se le quedaban mechones de pelo.
Ningún médico sabía que yo dormía con él en la cámara hiperbárica. No se les pasaba por la cabeza. Las enfermeras me dejaban pasar. Al principio también me querían convencer:
—Eres joven. ¿Cómo se te ocurre? ¡Si esto ya no es un hombre, es un reactor nuclear! Os quemaréis los dos.

En el hospital también yo le cogía la mano y no la soltaba.
Es de noche. Silencio. Estamos solos. Me mira atentamente, fijo, muy fijo, y de pronto me dice:
—Qué ganas tengo de ver a nuestro hijo. Cómo es.
—¿Cómo lo llamaremos?
—Bueno, eso ya lo decidirás tú.
—¿Por qué yo sola, o es que no somos dos?
—Vale, si es niño, que sea Vasia, y si es niña, Natasha.
—¿Cómo que Vasia? Yo ya tengo un Vasia. ¡Tú! Y no quiero otro.
Lo colocaron en el ataúd descalzo. Le pusieron el traje de gala, y le colocaron la visera sobre el pecho. No le pusieron calzado. No encontraron unos zapatos adecuados, porque se le habían hinchado los pies. En lugar de pies, unas bombas. También cortaron el uniforme de gala, no se lo pudieron poner. Tenía el cuerpo entero deshecho. Todo él era una llaga sanguinolenta. En el hospital, los últimos dos días… Le levantaba la mano y el hueso se le movía, le bailaba, se le había separado la carne… Le salían por la boca pedacitos de pulmón, de hígado. Se ahogaba con sus propias vísceras. Me envolvía la mano con una gasa y la introducía en su boca para sacarle todo aquello de dentro.
Fotograma de la serie Chernobyl

Fotograma de la serie ChernobylFotograma de la serie Chernobyl

La llamé Natasha. Tu papá te llamó Natasha. Por su aspecto, parecía un bebé sano. Con sus bracitos, sus piernas. Pero tenía cirrosis. En su hígado había 28 roentgen. Yo la maté. Fue mi culpa. Ella, en cambio… Ella me ha salvado. Mi niña me salvó. Recibió todo el impacto radiactivo, se convirtió, como si dijéramos, en el receptor de todo el impacto”.
La periodista también recogió otros curiosos pasajes sobre cómo el accidente afectó a los animales de la zona:
“Me contaba un viejo apicultor (y más tarde lo escuché de otra gente): «Salí por la mañana al jardín y noté que me faltaba algo, cierto sonido familiar. No había ni una abeja. ¡No se oía a ni una abeja! ¡Ni una! ¿Qué es esto? ¿Qué pasa? Tampoco al segundo día levantaron el vuelo. Ni al tercero. Luego nos informaron de que en la central nuclear se había producido una avería, y la central está aquí al lado. Pero durante mucho tiempo no supimos nada. Las abejas se habían dado cuenta, pero nosotros no. Ahora, si noto algo raro, me fijaré en ellas. En ellas está la vida». Otro ejemplo. Entablé conversación junto al río con unos pescadores y estos me contaron: «Nosotros esperábamos que nos explicaran la cosa por la televisión. Que nos dijeran cómo salvarnos. En cambio, las lombrices… Las lombrices más comunes se enterraron muy hondo en la tierra, se fueron a medio metro y hasta a un metro de profundidad. En cambio, nosotros no entendíamos nada. Cavábamos y cavábamos. Y no encontramos ni una lombriz para ir a pescar»”
En su afán por no alarmar, el secretismo del régimen soviético llegó a negar la condición de víctimas, estas eran las quejas de una de Larisa Z, madre de una niña afectada por la radiación:
“Mi niña… Mi niña no es como los demás. Y cuando crezca me preguntará: «¿Por qué no soy como el resto?». Cuando nació… No era un bebé, sino un saquito vivo, cosido por todos lados, sin una rendija, solo con los ojos abiertos. En la cartilla médica hay escrito:
«Niña, nacida con una patología compleja múltiple: aplasia del ano, aplasia de la vulva, aplasia del riñón izquierdo». Así suena en lenguaje médico, pero en palabras normales es: sin pipí, sin culito y con un solo riñón. La llevé a operar al día siguiente, al segundo día de haber nacido. Abrió los ojos, hasta pareció sonreír, aunque al principio pensé que quería llorar. ¡Dios bendito, había sonreído! Los niños como ella no viven, se mueren enseguida. Ella no murió, porque la quiero.
Ya van para cuatro años que vivimos con ella en el hospital; no se la puede dejar allí sola, tampoco sabe que lo normal es vivir en casa. Cuando me la llevo por un mes o dos a casa, la niña me pregunta: «¿Volveremos pronto al hospital?». Allí están sus amigos, allí viven y crecen.
He luchado cuatro años. Con los médicos, con los funcionarios. He llamado a las puertas de los despachos más importantes. Y solo, al cabo de cuatro años, me han entregado un certificado médico confirmando la relación entre las radiaciones ionizantes (en pequeñas dosis) y su terrible patología. Cuatro años me lo estuvieron negando: «Su niña es un inválido infantil». ¿Cómo que un inválido infantil? Es un inválido de Chernóbil. He estudiado mi árbol genealógico: nunca hubo nada igual entre mis antepasados, todos vivían ochenta y noventa años; mi abuelo vivió hasta los noventa y cuatro”.
Una población acostumbrada a que sus políticos les mintieran y ocultaran información, sumado a un gran incidente era un terreno abonado para los rumores que hablaban de campos de concentración y evacuaciones a los gulags stalinistas para los afectados, fotografías de ovnis sobre la central justo antes de la explosión, peces anfibios, o “experimentos cósmicos” sobre la población.
Y como en cada tragedia aparecen los oportunistas, Alexievich cuenta la historia de varios brujos:
—Necesito un helicóptero. Y allí es cuando me puse furiosa. Tanto contra Paraska como contra nuestros burócratas que, con la boca abierta, se creían las mentiras de esta mujer.
—El helicóptero puede esperar —le dije—. Ahora traeremos un poco de tierra contaminada y la echaremos en el suelo. Aunque sea medio metro, y a ver… Y a ver si le baja usted la radiación. Y así hicimos. Trajimos tierra… y ella, al principio, primero susurraba, escupía, expulsaba con las manos no sé qué espíritus. ¿Y qué pasó? Pues nada. Ningún resultado. Ahora Paraska está encerrada en alguna cárcel de Ucrania, por estafa.
Otra bruja nos prometió acelerar la desintegración del estroncio y el cesio en 100 hectáreas. ¿De dónde salían estos personajes? Creo que los engendraba nuestro deseo de un milagro. Nuestra esperanza. Sus fotografías, sus entrevistas. Porque alguien les destinaba columnas enteras en los periódicos, les cedía las horas de máxima audiencia en la televisión. Si la fe en la razón abandona al hombre, en su alma se instala el miedo, como ocurre con los salvajes. Y aparecen los monstruos. Respecto a esto, mis oponentes callan… Callan.
Bibliografía:
Voces de Chernóbil, Svetlana Alexievich

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