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¿Qué pasó con los cuerpos de los condenados de Núremberg?

Las potencias aliadas hicieron desaparecer de los restos de los líderes nazis condenados en Núremberg

Terminada la Segunda Guerra Mundial, comenzó en Europa un proceso para juzgar y condenar a los máximos dirigentes del nazismo y sus colaboradores. Varios países organizaron juicios propios, pero los principales responsables del Tercer Reich pasaron por el banquillo de la ciudad alemana de Núremberg, y doce de ellos fueron condenados a la horca.
Adolf Hitler, Joseph Goebbels y Heinrich Himmler se había suicidado durante los últimos días de la contienda, así que los flashes de la prensa internacional apuntaron a Hermann Goering, comandante Supremo de la  Luftwaffe (Fuerza Aérea alemana), presidente del Reichstag, y oficialmente sucesor de Hitler hasta unos días antes del suicidio del dictador. Goering fue detenido por tropas estadounidenses el 6 de mayo de 1945 y se convirtió en el personaje más buscado durante los juicios de Núremberg.
El tribunal, conformado en octubre de ese año por representantes de las potencias aliadas, tenía el objetivo de juzgar la implicación de una larga lista de personalidades del Tercer Reich en los crímenes cometidos durante la contienda. Durante un año pasaron por la sala de Núremberg decenas de acusados y testigos, incluidos 24 oficiales nazis de alto rango que fueron acusados de cuatro cargos: Conspiración para cometer crímenes contra la paz, crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad; crímenes contra la paz; crímenes de guerra; y crímenes contra la humanidad.
De estos 24 líderes del régimen, una docena fueron condenados a muerte: Goering, Ribbentrop, Keitel, Kaltenbrunner, Rosenberg, Frank, Frick, Streicher, Sauckel, Jodl, Seyss-Inquart y Bormann. Este último, secretario de Hitler y jefe del partido, fue juzgado in absentia, puesto que se encontraba desaparecido y posteriormente se supo que había muerto al tratar de huir de Berlín.
Desde que se anunció la sentencia hasta la ejecución pasaron dos semanas. Todos apelaron para revocar la pena de muerte o, en el caso de que se mantuviera la condena, fueran ejecutados en un pelotón de fusilamiento, puesto que la horca se consideraba una muerte deshonrosa. El 11 de octubre el tribunal rechazó las alegaciones y mantuvo las condenas. Al día siguiente, los condenados pudieron ver por última vez a sus familiares, y las ejecuciones fueron programadas para la madrugada 16 de octubre.
Horas antes de pasar por el patíbulo, Hermann Goering ingirió un veneno y murió en su celda. Aunque nunca ha quedado demostrado, lo más probable es que el veneno fuera suministrado por algún estadounidense. En 2005 un exsoldado americano confesó que una mujer le había dado una pluma estilográfica con una “medicina” en el interior, para que se la entregara a Goring.
Mientras Göring yacía en el depósito de cadáveres de la prisión, los otros 10 condenados a muerte fueron ahorcados uno tras otro en una hora y 34 minutos en el gimnasio de la prisión. A la 1:11 Ribbentrop entró al gimnasio y fue el primero en ser ahorcado. A todos se les permitió decir unas últimas palabras y lo más común fue alguna referencia patriótica, como el caso del ministro de Exteriores, Joachim von Ribbentrop dijo con firmeza: "Dios proteja a Alemania", y luego: "Mi último deseo es que la unidad alemana permanezca y que se produzca un entendimiento entre el este y el oeste y la paz para el mundo".
Mientras que otros siguieron proclamando su soflamas antisemitas hasta el último momento como el caso de Julius Streicher, el propagandista antisemita que gritó un "Heil Hitler" mientras lo conducían escaleras arriba. Desde lo alto del cadalso espetó: "Los bolcheviques os colgarán algún día a todos. ¡Purim Fest 1946!”, haciendo mención a una festividad judía.
Según la ley alemana, los cuerpos deberían ser entregados a los familiares durante las siguientes 24 horas tras la ejecución, pero los aliados estaban preocupados porque los restos o el lugar de enterramiento de personajes como Goering se convirtieran en un lugar de culto nazi.
Este recelo hizo que descartaran la idea de entregar los cuerpos a las familias y decidieron incinerar los cadáveres y arrojarlos al río Isar. Antes se habían propuesto alternativas como conducirlos en lanchas al mar del Norte y arrojarlos en algún punto del Atlántico o enterrarlos en la propia prisión, con el riesgo de que el centro se convirtiera en un lugar de culto.
Los cuerpos fueron fotografiados, después se desnudaron y se introdujeron en cofres de madera y se le asignaron identidades falsas con nombres de supuestos soldados americanos. Los cadáveres salieron del palacio de Justicia en la mañana del 17 de octubre en camiones del Ejército estadounidense hasta un crematorio de Múnich donde fueron incinerados y sus cenizas fueron arrojadas al olvido en algún punto del río Isar.
También fue incinerada su ropa y uniformes, y las insignias, o joyas con oro, plata o piedras preciosas fueron conservadas para reutilizar estos materiales. Otras condecoraciones, altamente simbólicas, como las cruces de hierro, muchas veces conseguidas por acciones criminales, fueron condenadas al fuego del olvido.
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