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Así explotaban el trabajo infantil en las fábricas victorianas

Como deshollinadores, mineros o recaderos, muchos niños de la sociedad victoriana tuvieron que trabajar bajo condiciones durísimas. No todos sobrevivieron.

El reconocimiento de los derechos de los niños fue un proceso lento que comenzó en fecha bastante reciente, a partir del siglo XIX. No es casualidad que los primeros debates sobre el tema se diesen en coincidencia con el auge de la industrialización, pues fue la Revolución Industrial una de las principales causas de la explotación sistemática del trabajo infantil.
En las sociedades tradicionales, era habitual que los niños de las familias campesinas trabajasen. Los niños contribuían a la economía familiar realizando las tareas de la casa o labores en el campo. El mundo de la fábrica y el nacimiento del proletariado cambió de forma dramática las bases sociales del trabajo.
La creciente industrialización de Gran Bretaña produjo la transformación de núcleos de población modestos en grandes centros industriales. Paralelamente, creció el éxodo de las zonas rurales a las ciudades a partir del siglo XVIII. Las familias aceptaban trabajos en fábricas textiles o en las minas de las que se extraía el carbón, tan necesario para alimentar la maquinaria del capitalismo, ya que el vapor era la fuerza que alimentaba a las industrias victorianas y el carbón, su combustible.
Imagen: Wikicommons

Niños minerosImagen: Wikicommons

En este contexto de expansión, los niños también eran fuerza de trabajo que se podía rentabilizar. Tenían la posibilidad de iniciarse como aprendices en talleres o en las casas que requerían personal doméstico, por ejemplo. Los más pequeños se empleaban en tareas sencillas que no requerían especialización alguna o en aquellas en las que el tamaño chico de los infantes y su agilidad podían resultar útiles, pero, con frecuencia, estas actividades resultaban peligrosas. Trabajaban sin medidas de seguridad, por lo que las caídas, los golpes e incluso las mutilaciones no eran infrecuentes.
Los infantes a menudo empezaban a trabajar con 8 años o incluso antes, especialmente en las áreas de fuerte industrialización y en el seno de familias pobres que no podían prescindir del trabajo de los más pequeños. A veces, la muerte prematura de los progenitores o el abandono empujaba a los niños a tener que laborar para contribuir, en lo posible, a la supervivencia de la familia. Los limpiachimeneas comenzaban una vida laboral de penurias incluso con 3 años: sus cuerpos menudos podían pasar fácilmente a través de los huecos de las chimeneas y a los patrones no parecía importarles los riesgos de caídas o ahogamiento.
La creciente industria en los sectores del hierro y el textil se nutrió de la mano de obra infantil. Los niños reparaban los hilos que se rompían en las máquinas hiladoras (algo tremendamente peligroso, porque debían realizar esta tarea mientras la máquina permanecía en funcionamiento) o limpiaban los engranajes de los mecanismos. Con 12 años, el propio Charles Dickens comenzó a trabajar en una fábrica después de que su padre fuese encarcelado. El futuro escritor ayudó económicamente a su familia pegando etiquetas en los recipientes de betún para zapatos que se fabricaba en la Warren’s Blacking. En las minas, los chicos recogían carbón o transportaban utensilios a los mineros. Trabajaban tanto como los adultos en turnos largos que podían llegar a sumar 18 horas diarias, pero a cambio recibían una paga ínfima. Podían desarrollar problemas visivos, respiratorios y malformaciones como consecuencia del trabajo minero.  En casos extremos, los infantes incluso se veían obligados a dedicarse al robo o a la prostitución.
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Niña trabajadoraImagen: Wikicommons

Los informes que de las condiciones de vida de la infancia se realizaron en las primeras décadas del siglo XIX llevaron a presentar reformas ante el Parlamento. Se promulgaron leyes como la Factory Act (1833) y la Mines Act (1842) que buscaban tanto limitar las edades a partir de las cuales se podía emplear mano de obra infantil como reducir el horario laboral de los menores, pero esto no implicó una mejora real en las condiciones de trabajo. Con la Factory Act (1878), se prohibió la contratación de niños menores de 10 años, y también se introdujeron mejoras en la escolarización. La obligatoriedad de la educación hasta los 12 años contribuyó a reducir el volumen de mano de obra infantil.
Aunque instituciones como la Sociedad para la Prevención de la Crueldad hacia los Niños, fundada en Gran Bretaña en 1884 por Thomas Agnew, buscaban resguardar a los más frágiles, lo cierto es que la persistencia de la falta de protección y la restricción de derechos siguió exponiendo a los niños al abandono, la vida en la calle o la muerte. Con frecuencia, los huérfanos se recogían para ser explotados, y eran víctimas de violencia y castigos físicos que debían soportarse para asegurarse la supervivencia. Por desgracia, la imagen del niño solo y maltratado que la literatura victoriana popularizó se corresponde con una realidad histórica.
Referencias
Griffin, E. 2014. Child Labour. British Library (acceso: 27/02/2022).
Humphries, J. 2013. Childhood and Child Labour in the British Industrial Revolution. The Economic History Review 66 (2): 395-418.
Shuttleworth, S. 2004. Victorian Childhood. Journal of Victorian Culture, 1: 107-113. DOI: https://academic.oup.com/jvc/article/9/1/107-113/4316082

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