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La Ruta de la Seda, esta es su historia

Parece que fue utilizada a partir de la dinastía Han, cuando empezó a ser recorrida por caravanas cargadas de seda y otros muchos productos rumbo a Occidente.

Cuando hablamos de la Ruta de la Seda, no estamos haciendo referencia a una única vía de intercambios comerciales muy activa, sino que aludimos a una red de rutas que desde tiempos remotos cruzaban montañas, desiertos y estepas desde China al Mediterráneo oriental, pues era necesario hacer frente y superar todos esos obstáculos naturales; además, el trazado del camino no permanecía inmutable, ya que solía borrarse con las primeras lluvias o las primeras nevadas, por lo que las caravanas se veían obligadas a reabrir a menudo nuevas sendas. Tal denominación fue difundida en 1877 por el geógrafo alemán Ferdinand Freiherr von Richthofen, aunque el término puede encontrarse ya en textos anteriores.

Rutas

La ruta comercial terrestre más larga cubría, aproximadamente, unos 7000 km y partía de Chang’an (actual Xi’an). Desde esta ciudad el camino transcurría hasta el Huang He (río Amarillo) y la ciudad de Lanzhou, situada en su orilla; desde allí, bordeando el extremo sur de las mesetas del desierto de Gobi, el viajero llegaba a Wuwei, desde donde se dirigía a Dunhuang, último oasis antes de alcanzar el desierto de Taklamakán, palabra de origen uigur que significa «quien entra no consigue salir», debido a que es uno de los desiertos más inhóspitos del mundo. Por ello solían cruzarlo por la noche, para poder orientarse con las estrellas.
Desde Dunhuang era posible optar por tres rutas: la vía más septentrional bordeaba las estribaciones de los montes Tian Shan y, a través del valle del río Ilí, pasaba por Tashkent , Samarcanda, Bujara y Astracán, y llegaba al Mar Negro. La vía sur, considerada la más antigua, recorría la llanura norte de los montes Kunlun, delimitando la frontera con el Tíbet, llegaba a la cordillera del Karakorum y, atravesando el Pamir, considerado como el «techo del mundo» llegaba a la India, o bien continuaba hacia Afganistán y, atravesando Asia central, alcanzaba la península Arábiga y el Mediterráneo. Y, por último, existía la posibilidad de tomar una tercera vía, que siguiendo las estribaciones meridionales de los montes Tian Shan llegaba a Kashgar, donde se unía con la vía del sur. En ocasiones, estos tres itinerarios se comunicaban entre sí.

Desarrollo y evolución

Aunque lo frecuente era pensar que Europa comenzó a sentir atracción por Oriente después de los viajes de Marco Polo en el siglo XIII, el comercio de la conocida como Ruta de la Seda es muy anterior, pues parece ser que fue utilizada a partir de la dinastía Han (206 a. C-220 d. C), cuando empezó a ser recorrida por numerosas caravanas cargadas de seda y de otros muchos productos rumbo a Occidente.
Hay constancia de que en el siglo I a. C. los chinos exportaron hilos de seda y seda cruda al Imperio romano; en su camino las caravanas chinas pasaban por el Imperio parto, que abarcaba un extenso territorio desde la cordillera del Pamir hasta el desierto de Siria, hasta que, en el siglo III, los persas sasánidas acabaron con los partos y pasaron a controlar el comercio que transcurría por este lugar, alcanzando un periodo de prosperidad que se mantuvo durante el siglo VII.
No obstante, la expansión musulmana en su avance desde la península Arábiga hacia el este llegó hasta el río Oxus durante el gobierno del primer califa omeya, Mu‘awiyya (670), de tal modo que los musulmanes se hicieron con el control de la Ruta de la Seda desde el Mediterráneo hasta el Pamir, tomando Herat, Kabul y Bujara en Asia Central. Posteriormente, en el año 751, los ‘abbasíes vencieron a los chinos en el río Talas y tomaron Kashgar. Esta serie de acontecimientos, unidos al declive la dinastía Tang, motivaron que la Ruta de la Seda iniciara un periodo de decadencia que se prolongaría hasta el siglo XIII .
A comienzos de dicha centuria los mongoles invadieron el Imperio chino. En 1215 tomaron Pekín, en 1220 invadieron el Turkestán ruso y en 1221 llegaron al Cáucaso. Una vez finalizada la conquista, los mongoles restablecieron la antigua Ruta de la Seda, promovida, de manera especial, durante el gobierno de Kublai (1259-1294), momento en el que se le dio un gran impulso comercial, y de ello dan buena prueba los relatos de los viajeros que acudieron a su corte, como fue el caso de Marco Polo. Durante ese tiempo —y aprovechando la «paz mongola»— se realizaron los viajes de misioneros y comerciantes europeos, entre los que cabe recordar los efectuados por el fraile Juan del Pian Carpino, enviado por el papa Inocencio IV en 1245, o el del monje franciscano, Guillermo de Rubruc cumpliendo el deseo del monarca francés Luis IX en 1253.
A partir del siglo XIV las rutas comerciales terrestres transcontinentales se volvieron más peligrosas, pues cada vez se hicieron más frecuentes los asaltos de bandoleros y saqueadores, motivo por el cual eran pocos los viajes que se realizaban con éxito. Por ello, a pesar de que los chinos siguieron manteniendo relaciones comerciales con los moscovitas hasta finales del siglo XIV , comenzaba, entonces, el declive lento pero inexorable de la tradicional Ruta de la Seda.

Productos

Aunque se transportaban diversos productos, la gran ruta tomó el nombre de la mercancía más valorada, la seda, cuyo uso en China estaba reservado para el emperador, su familia y para las más altas dignidades del Imperio, aunque, posteriormente, la seda fue utilizada por todos aquellos grupos sociales que podían costearla.
China pudo mantener su monopolio durante muchos años, debido a que se promulgó un decreto imperial por el que se castigaba con la pena de muerte a quien divulgara fuera del Imperio los secretos de la obtención y de la fabricación de las telas de seda. De tal forma, hasta el año 550 d. C. el arte de la cría, la hilatura y la tejeduría de la seda siguió siendo un privilegio de los chinos.
A pesar de las medidas tomadas, el secreto de la fabricación de la seda había comenzado a difundirse por el oeste de China a comienzos del siglo V, pues tenemos noticias de que por entonces la seda llegó a la ciudad-oasis de Jotán, situada en el desierto de Taklamakán y famosa por su jade blanco. La leyenda cuenta que la seda había aparecido después de la celebración del matrimonio de uno de sus reyes con una princesa china quien, temiendo quedarse sin su apreciada tela y desafiando la prohibición imperial, la portó en sus cabellos, escondiendo en su moño gusanos de seda y hojas de morera. Para algunos estudiosos Jotán sería la misteriosa ciudad llamada Serindia (Seres «China» e India).
Poco tiempo después, el emperador bizantino Justiniano recibe los primeros huevos de gusanos de seda a través de unos monjes persas que los portaron en sus bastones de bambú en el año 552. A partir de entonces, la seda, para cuya elaboración los bizantinos siguieron las técnicas utilizadas por los persas sasánidas, comenzó a ser utilizada tanto para confeccionar bellas vestimentas como en la decoración de los interiores de las viviendas. No obstante, los chinos conservaron su primacía en la confección de tejidos de gran calidad, de los que nos da buena cuenta Ruy González de Clavijo, enviado a la corte de Tamerlán por el rey castellano Enrique III a comienzos del siglo XIV .
Pero también desde Oriente salían hacia Occidente otros productos muy preciados, como pieles, cerámica, porcelana, té, especias, lacas, objetos de bambú, pólvora, armas de bronce y minerales, alguno de los cuales dieron nombre, según algunos estudiosos, a la llamada Ruta del Lapislázuli, cuya principal fuente se encontraba en las proximidades de Kabul (Afganistán). El uso de herraduras y estribos llegó a Europa en el siglo VI al haber sido empleados por la caballería bizantina. Y, en sentido inverso, a Oriente llegaban desde Occidente oro, piedras y metales preciosos, tejidos, marfil, coral, frutos secos (nueces), hortalizas (pepino o zanahorias), frutas (uvas, granadas), etc., así como conocimientos de medicina y de ciencia.
De Samarcanda se exportaba mármol verde, madera de construcción, el albayalde y la miel, y sobre todo papel, muy apreciado en todo el mundo musulmán por su enorme calidad, su superficie lisa y por su escasa permeabilidad al contacto con la tinta, por lo que era empleado en las bibliotecas más prestigiosas y por los copistas más renombrados de Marrakech, El Cairo o Isfahán.
Muchas fueron las ciudades que se beneficiaron del comercio que transitaba por la Ruta de la Seda, como fue el caso de Isfahán, Kashgar o Samarcanda. Esta última, considerada como una de las capitales más importantes del saber musulmán, alcanzó su apogeo cuando Tamerlán la convirtió en su capital, pues en ella se asentaron grandes grupos de artesanos persas, otros deportados de Damasco y Alepo, y muchos centroasiáticos que se establecieron voluntariamente en la ciudad desde finales del siglo xiv convirtiendo a Samarcanda en el principal centro de producción artesanal de toda la región. En ella florecieron algunos de los más bellos edificios religiosos del mundo, cuyas cúpulas de azulejos color azul turquesa producen en contacto con el dorado de los rayos del sol un magnífico espectáculo luminoso.
En suma, la Ruta de la Seda fue una importante vía de trasmisión de productos materiales que también permitió a los mercaderes ver paisajes desconocidos o comer productos que nunca habían probado. Y, de manera especial, les dio a conocer otras ideas y culturas que transmitieron y llevaron a sus lugares de origen. Fue, asimismo, el vehículo de la difusión de religiones y creencias como el budismo o el islam.

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