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La venganza atómica

Pearl Harbor se convirtió en la génesis de un mundo nuevo, más peligroso y desalmado, que marcaría el rumbo y la memoria del siglo XX.

En Oahu, la mayor isla de Hawái, empezó la cuenta atrás. Ninguno de los súbditos de Hirohito, ni el propio emperador, ni los espíritus sagrados de los ancestros que lo protegían podían sospechar entonces que aquel ataque desembocaría, menos de cuatro años después, en los bombardeos más mortíferos de la historia de la humanidad. De este modo, Pearl Harbor se convirtió en la génesis de un mundo nuevo, más peligroso y desalmado, que marcaría el rumbo y la memoria del siglo XX.
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Desde mediados de los años treinta, Estados Unidos había consolidado su posición de neutralidad ante una eventual guerra en Europa y Asia, mediante cuatro leyes aprobadas en 1935, 1936, 1937 y 1939 (iniciadas ya las hostilidades), lo que no quiere decir que siguiera el ‘partido’ de brazos cruzados. Ciertamente, el gobierno parecía aclimatado a una opinión pública que, según la empresa de sondeos Gallup, se mostraba partidaria de apoyar materialmente a Polonia, Francia y Gran Bretaña, pero que rechazaba de plano el envío de fuerzas militares al terreno. No obstante, Roosevelt no era ajeno a los desafíos de una era que aún no tenía nombre, pero que el descubrimiento de la fisión nuclear había avanzado ya en 1938.
Una carta del físico húngaro Leó Szilárd, firmada y remitida por Albert Einstein a la Casa Blanca el 2 de agosto de 1939, alertó del peligro de que Alemania se hiciera con la bomba de uranio, e instó al gobierno a aprovisionarse de ese elemento. Roosevelt convocó a Lyman J. Briggs, director de la Oficina Nacional de Normas, junto a un selecto grupo de representantes del Ejército y la Armada, para explorar tal posibilidad. El Comité Asesor del Uranio, primero; el Comité de Investigación de la Defensa Nacional, fundado en junio de 1940, después; y, finalmente, la Oficina de Investigación y Desarrollo Científico (OSRD), a cargo de Vannevar Bush, se pusieron manos a la obra para actualizar el potencial armamentístico del país y, en última instancia, para desarrollar el arma nuclear.

La revancha como acicate

¿Qué significó Pearl Harbor en esa carrera? Lógicamente, le dio alas. Dos meses antes del ataque, el 9 de octubre de 1941, Bush enseñó a Roosevelt los resultados del informe Maud, elaborado por los británicos y en el que se rebajaba a unos pocos kilogramos la masa crítica necesaria para una reacción nuclear en cadena, lo que permitiría el transporte de una bomba por vía aérea. El presidente le preguntó a Bush cuánto costaría el proyecto y qué necesitaría para desarrollarlo, y el 6 de diciembre se fijó un comité inicial, compuesto por varios premios Nobel de Física y Química (Arthur H. Compton, Harol Urey, Ernest O. Lawrence) y el químico Eger V. Murphree. A partir de entonces, la sección S-1 de la OSRD coordinaría los trabajos que, en un plazo de seis meses, debían valorar la viabilidad de la nueva arma.
Tras el “Día de la Infamia”, el Ejército acrecentó su interés por el proyecto. El 18 de diciembre el Comité Ejecutivo del S-1 se reunió por primera vez en un ambiente de “entusiasmo y urgencia”, tal como resumió Henry DeWolf Smyth en su exhaustivo informe Atomic Energy for Military Purposes. “El pueblo de Estados Unidos se ha formado ya sus opiniones”, había subrayado el presidente en su discurso del 8 de diciembre, y era cierto: tras el ataque nipón, el 97 % de la población apoyaba la respuesta de EE UU en forma de declaración de guerra.
Durante varios meses, distintos equipos a lo largo y ancho del país trabajaron en una serie de tecnologías con un mismo propósito. Los apoyaba el Ejército y el gobierno los financiaba generosamente. Pese a las vacilaciones iniciales, no tardarían en ponerse por delante de los británicos, que, simultáneamente, estaban desarrollando el programa Tube Alloys con los canadienses. El de Estados Unidos, bajo la dirección del escéptico coronel James C. Marshall y la asistencia de Leslie M. Groves, ambos del Cuerpo de Ingenieros, se denominó Proyecto Manhattan y se benefició del genio del físico teórico Robert Oppenheimer, su director científico y responsable del laboratorio de Los Álamos, en Nuevo México.

Creadores de sombras

El padre de la bomba atómica tenía un rancho en esa zona y fue quien le recomendó el sitio a Groves. Gozaba de buenas comunicaciones con Albuquerque y de un clima aceptable, y el área estaba poco poblada, condición indispensable para no levantar sospechas. Una vez adquirido el terreno y levantadas las instalaciones, el centro empezó a operar el 1 de abril de 1943, pocas semanas después de que concluyera la campaña de Guadalcanal, la mayor ofensiva aliada contra Japón, que, a partir de ese momento, empezaría a perder la iniciativa en el teatro del Pacífico.
Hoy en día, el Proyecto Los Álamos-Japón articula un triángulo cuyos vértices son el principio y el fin de esa pesadilla nuclear: Los Álamos, Hiroshima y Nagasaki, a través de sus respectivos museos de Historia, Memorial de la Paz y de la Bomba Atómica. Sus destinos quedaron unidos para siempre en agosto de 1945, pero, antes de llegar a esa fecha, conviene marcar en el calendario otra: el 16 de julio de 1945, cuando en el campo de misiles de Arenas Blancas se llevó a cabo la prueba Trinity, la primera detonación de un arma nuclear de la historia.
Tantos meses de preparativos habían dejado exhaustos a los científicos y al personal militar desplazado a la base. La idea inicial era detonar la bomba el 4 de julio, el día de la Independencia, pero Oppenheimer insistió en retrasar la prueba hasta que todos los factores fueran favorables. La incertidumbre era máxima, y, en una reunión informal, los más pesimistas predijeron que la explosión, cuyo material fisionable era el plutonio, podría acabar con todo el planeta, en tanto que otros se limitaron a calcular los kilotones de energía que liberaría el proceso (dieciocho, finalmente).
Harry S. Truman, presidente de Estados Unidos desde la muerte de su antecesor Roosevelt el 12 de abril de 1945, no podía permitirse el más mínimo fallo. Consciente de que la victoria sobre Japón era cuestión de tiempo –Tokio había sido arrasada en el bombardeo incendiario de marzo, los marines habían clavado la bandera de barras y estrellas en Iwo Jima y la batalla de Okinawa se había saldado con otra decisiva victoria aliada–, pensaba, sobre todo, en el nuevo orden del mañana, que los líderes de las potencias vencedoras, el británico Winston Churchill (al poco, Clement Attlee), el soviético Jósef Stalin y él mismo habían empezado a perfilar en la Conferencia de Potsdam.

Invasión o exterminio

Pero, ojo, Japón todavía no había sido derrotado y, en su obstinación suicida, podía causarles miles de bajas. Más de cien mil soldados americanos perecieron en la Guerra del Pacífico y otros doscientos cincuenta mil resultaron heridos. Sobre el papel, existía un plan, diseñado por el almirante Nimitz, el general MacArthur y los jefes del Estado Mayor, para finiquitar la guerra por medios convencionales: la Operación Downfall. Esta preveía la invasión de la isla de Kyūshū, al sur, y luego la de Honshu, la mayor del archipiélago, durante dos fases, entre noviembre de 1945 y los primeros meses de 1946. Las cifras de bajas propuestas por los analistas eran mareantes –cientos de miles, en el peor de los casos–, y Truman hubo de considerar si la población estadounidense estaría preparada para semejante sangría después de cuatro años de sacrificios.
Por eso, cuando le informaron del éxito de la prueba en Arenas Blancas, respiró aliviado. La ayuda del Ejército Rojo para la invasión de Japón, que Stalin le había prometido para mediados de agosto, resultaba ya superflua. El americano le reveló que su nación disponía de un arma de “inusual fuerza destructiva”, a lo que el ruso, que conocía de sobra su existencia por sus espías, replicó que esperaba que hiciera buen uso de ella contra los japoneses.
Desde luego, Truman pudo frenar el apocalipsis nuclear. El 17 de julio, solo un día después de la prueba Trinity, Leó Szilárd, el hombre que había advertido de la amenaza que supondrían las armas nucleares en manos nazis, le dirigió una petición para que no atacara a Japón con esa fuerza aniquiladora. Argumentos no le faltaban: “El desarrollo de la energía atómica proveerá a las naciones de nuevos medios de destrucción (...), y casi no hay límite para el poder destructivo que estará disponible en el curso de su desarrollo futuro”. El húngaro no estaba solo: setenta científicos secundaron su solicitud y exigieron que se contemplaran todas las implicaciones morales de la agresión.

La respuesta de Japón

El fracaso de Szilárd hace que nos preguntemos si Japón pudo conjurar la amenaza o se dirigió al abismo por su propio pie, sin atender a los avisos previos. En 1965, el historiador Gar Alperovitz cambió el enfoque historiográfico vigente hasta el momento en su obra Atomic Diplomacy: Hiroshima and Potsdam, donde concluyó que los líderes nipones habían asumido que la rendición sería inevitable y que esta tendría lugar antes de que empezara la invasión.
La declaración de Potsdam, el 26 de julio, no dejó ningún resquicio al Imperio del Sol Naciente: o se rendía incondicionalmente o sería destruido en su totalidad, lo que no pareció asustar al primer ministro Kantarō Suzuki, que señaló que ese punto era “indigno de atención pública”. Cuatro días después, la declaración provisional sobre la bomba atómica, base del comunicado oficial del 6 de agosto, ya se había redactado negro sobre blanco, con el nombre de Hiroshima garabateado a mano en el espacio en blanco de los folios: “Hace tres horas un avión americano arrojó una bomba sobre Hiroshima y destruyó su utilidad para el enemigo. (...). Los japoneses empezaron la guerra desde el aire en Pearl Harbor. Se lo hemos hecho pagar con creces. Y el final todavía no ha llegado. Con esta bomba hemos sumado un nuevo y revolucionario grado de destrucción para complementar el creciente poder de nuestras fuerzas armadas”.

El horror, el horror...

No incidiremos demasiado en la crónica del horror, que John Hersey o el doctor Michihiko Hachiya, entre otros autores, retrataron a la perfección en títulos como Hiroshima o Diarios de Hiroshima . La muerte viajó a bordo del USS Indianápolis, un crucero pesado de la Quinta Flota, que, en los muelles de San Francisco, recibió la carga de uranio y los componentes con los que armar la bomba en Tinian, isla japonesa conquistada por EE UU en julio de 1944.
De esa isla despegaron los bombarderos B-29 Enola Gay y Bockscar el 6 y el 9 de agosto, esos otros “días de la infamia”. El comandante y piloto Paul Tibbets encabezaba la primera misión, que partió a las 2:45 h y alcanzó su destino a las 8:15 (9:15 en Hiroshima). Solo él y otro miembro de su tripulación, el capitán artillero William Sterling Parsons, conocían su objetivo, que Tibbets desveló al resto de los hombres a las 7:30. “Llevamos la primera bomba atómica del mundo”, les dijo. Cuando Little Boy estalló a una altura de mil quinientos pies, generando la icónica y macabra nube con forma de hongo, el B-29 y los aviones de observación que lo acompañaban se hallaban a más de once millas de distancia, por lo que, de aquella mañana, Tibbets solo conservó en el recuerdo un destello azul y cierto sabor a plomo en la boca. Su copiloto, Robert Lewis, escribiría en su diario: “Dios mío, ¿qué hemos hecho?”.
Entre tanto, abajo, la temperatura alcanzó los 4.000 ºC en un radio de 4,5 kilómetros. En un área de 10 km², no quedó piedra sobre piedra. Alrededor de setenta mil personas, tal vez cien mil, murieron durante las primeras veinticuatro horas, mientras que la radiación ionizante, responsable del 20 % de los fallecimientos, empezaba a causar estragos.
En japonés hay un término, hibakusha , que significa “persona bombardeada”. Los hibakusha fueron –siguen siendo– víctimas y supervivientes de la enfermedad y el miedo, de la culpa y el desamparo. Sin duda, más que en cualquier prueba, los efectos se visibilizaron en el escenario real de Hiroshima, asolada por el fuego y la lluvia negra, huérfana y despoblada como la cúpula Genbaku, símbolo para siempre de una crueldad injustificable.
Tres días después, la historia se repetía en Nagasaki, que ingresó en la historia de la fatalidad por un mero azar meteorológico: Kokura, el objetivo número uno, había amanecido cubierta de nubes y del humo provocado por el salvaje bombardeo lanzado el 8 de agosto contra la vecina ciudad de Yahata. Cambiaron los nombres: Bockscar por Enola Gay, Fat Man por Little Boy y Charles Sweeney por Paul Tibbets, la hora del lanzamiento (en este caso, las 11:01) y el material fisionable (plutonio, al igual que en la prueba Trinity, en lugar de uranio como en Hiroshima); pero la ciudad que había inspirado a Puccini su Madame Butterfly se postró, igualmente, ante ese diablo caído del cielo, que destruyó el 40% de su superficie a partir de la zona cero, situada en el área del valle de Urakami, al norte, donde se ubicaba la planta de torpedos de Mitsubishi. En parte por la topografía de la urbe, protegida por un escudo de colinas, el número de víctimas fue inferior. De sus cerca de trescientos mil habitantes, murieron unos setenta y cuatro mil, y una cantidad similar sufrió heridas de diversa consideración. Si Japón no se hubiera rendido el día 15, otras ciudades habrían corrido la misma suerte.

Se paga el sol naciente

Volvamos ahora a Gallup, la empresa de sondeos que nos hizo ver el rechazo de los ciudadanos americanos a la guerra y su apoyo casi unánime tras el ataque a Pearl Harbor. ¿Qué opinaba la gente de aquel espanto a finales de agosto de 1945? A la pregunta de si el desarrollo de la bomba atómica les parecía un avance positivo o negativo, un 69% se mostró a favor, un 17% en contra y un 14% carecía de opinión.
Durante los meses siguientes se alzarían otras voces críticas, lo que llevó al gobierno a un ejercicio de pedagogía para justificar su resolución. El artículo que el ya exsecretario de Guerra Henry Stimson publicó en la revista Harper’s en febrero de 1947, titulado The decisión to use the atomic bomb, reconocía que Japón había tratado de buscar una salida negociada, implicando, con esa intención, a la Unión Soviética. Pero el gobierno americano consideraba que sus propuestas no podían tomarse en serio por su vaguedad. Stimson sostenía que había indicios de que el Imperio trataría de resistir hasta el final, lo que hubiera obligado a los aliados a “destruir una fuerza armada de cinco millones de hombres y cinco mil aviones suicidas”. Si Estados Unidos se hubiese aventurado a la invasión, razonaba, la guerra se habría prolongado hasta finales de 1946, causando más de un millón de bajas americanas. ¿Y por qué Hiroshima y Nagasaki? El político silenciaba la intromisión del azar y decía que la primera ciudad era un “centro militar, sede del cuartel general del ejército japonés que defendía el sur de Japón”, y la segunda, un “importante puerto marítimo, con diversas y grandes plantas industriales”. Finalmente, argüía que el bombardeo de Tokio había causado más bajas que el de Hiroshima y que el efecto de las bombas atómicas había sido, ante todo, psicológico. La sensación de vulnerabilidad les había arrastrado a la claudicación.
Hay teóricos, como Ward Wilson, que aportan otros motivos. Este miembro del think tank British American Security Information Council (BASIC) cree que el gobierno nipón habría resistido a la embestida –de hecho, tras la experiencia de Hiroshima siguió sin dar su brazo a torcer y ya llevaba varios meses asistiendo a la metódica destrucción de sus ciudades, con el displicente entierro de miles de civiles–; pero que no pudo soportar la declaración de guerra de la Unión Soviética el 8 de agosto, que el Ejército Rojo acompañó de su entrada en Manchuria por tres frentes. Japón y la Unión Soviética, no lo olvidemos, habían suscrito en 1941 un pacto de neutralidad que no expiraría hasta 1946. La Operación Tormenta de Agosto, rematada el 25 de agosto, habría condenado al país a una segura ocupación.
Lo cierto es que Japón se rindió el 15 de agosto de 1945, tras una serie de reuniones sin acuerdo por parte del Consejo Supremo de Guerra, formado por el primer ministro, los ministros de Exteriores, Ejército y Armada y los jefes del Estado Mayor General del Ejército y del Estado Mayor General de la Armada. En su declaración a sus súbditos, retransmitida por radio, el emperador Hirohito aceptó las condiciones impuestas por los aliados y volvió la vista atrás, a aquel 7 de diciembre de 1941, cuando la Flota Combinada machacó a la desprevenida Flota del Pacífico de Estados Unidos. La verdadera razón de aquel ataque, dijo, no había sido otra que el “sincero deseo de autoconservación del Imperio y la seguridad de Asia Oriental”. A bordo del USS Missouri, los representantes de los países aliados y del Imperio de Japón sellaron el 2 de septiembre el fin de la guerra.

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