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La razón instrumental. ¿En qué consiste?

Es aquella razón que emplea el razonamiento lógico/tecnológico para obtener exclusivamente un beneficio propio y particular. Así es cómo la usamos hoy en día.

Finales de los setenta: una banda de punk siembra el desconcierto allí donde actúa. Nadie parece entender muy bien su sentido, más allá de una violenta reivindicación nihilista, así que le preguntan a su líder, Johnny Rotten, por lo que pretenden los Sex Pistols. Johnny responde algo así: “No tenemos ni puta idea de lo que queremos, pero tenemos muy claro cómo lo vamos a conseguir”. Sin pretenderlo, ha dado una definición bastante ajustada de lo que Max Horkheimer catalogó décadas antes como “razón instrumental”. Pero la historia arranca de bastante más atrás.

El sueño ilustrado

Hubo un día en que los humanos creímos haber encontrado la solución para que el mundo fuera un lugar habitable, cordial, acogedor. Un mundo en el que las relaciones entre nosotros fueran honestas, sinceras, armónicas, sin problematicidad ni conflicto sino guiadas por la cordialidad y el bien común. Tuvo lugar en Europa a finales del siglo XVIII, cuando la Ilustración aportó un elemento que debía ser el principio emancipador, progresista y liberador de todos nosotros, el elemento que extirparía la superstición, el dogmatismo y la tiranía. Ese principio no era otro que la razón, y su única exigencia, la de “atrevernos a pensar”. Fue todo un acontecimiento. Fue un auténtico sueño. Pero hay despertares que nos crujen hasta los huesos. El siglo XX y lo que mal llevamos de este se muestran como la peor de las resacas: la barbarie, la irracionalidad, la estupidez y el estruendo se despliegan hasta la entronización del más oscuro, sádico y sofisticado horror. La miseria, la guerra de trincheras, Hiroshima, Auschwitz, Stalin, las desigualdades, las hambrunas, el fundamentalismo, los genocidios, la crisis climática... ¿Qué demonios le ha pasado al sueño ilustrado? ¿Qué fue de aquella razón que nos traería prosperidad, paz, justicia y liberación?
El físico Stephen Hawking sintetizó el problema: nuestra tecnología avanza mucho más rápido que nuestra sabiduría. O dicho anteriormente por Horkheimer: la “razón instrumental” le ha ganado la partida a la “razón objetiva”. Pongamos un sangrante ejemplo: la organización y gestión de un campo de exterminio. Nada hay en él que no haya sido minuciosamente, racionalmente optimizado, calculado, evaluado. Todos los “procesos” de un plan general han sido meticulosamente establecidos y racionalmente mejorados a fin de conseguir su propósito: liquidar al mayor número de personas posible en el menor tiempo posible y minimizando los costes. O dicho de otra manera: un campo de exterminio es algo ideado y gestionado por la razón, por esa misma razón que soñamos que lo único que exterminaría sería la posibilidad de que volviera a existir algo como un campo de exterminio.
Intentar explicar cómo el mundo ha llegado a ser lo que es deviene una de las funciones principales de la primera Escuela de Frankfurt y su Teoría Crítica, con autores como Adorno, Horkheimer, Marcuse o Fromm, entre otros de igual relevancia. La Dialéctica de la Ilustración, obra conjunta de Adorno y Horkheimer compilada entre 1944 y 1947, es lo que podríamos llamar su “manifiesto”, y de ella arranca la obra de Horkheimer de 1967 Crítica de la razón instrumental. Pero ¿qué es eso que se conceptualiza como “razón instrumental”? Pues fundamentalmente aquella razón que emplea el razonamiento lógico/tecnológico para obtener exclusivamente un beneficio propio y particular; aquella que evalúa, mide, estudia, pronostica los comportamientos, acciones e inclinaciones naturales y humanos con el objetivo de que alguien obtenga una ventaja; la que, en nombre de la eficacia de los medios, se despreocupa del fin, que no cuestiona y asume como dado (por lo “natural” –como querer vivir a toda costa–, por mi apetencia, por el Führer, por el jefe o por su santa madre), y entiende que ese objetivo no es trascendido por absolutamente nada (ningún valor, ninguna virtud, ningún “imperativo categórico”); la que instrumentaliza al ser humano y sus relaciones, lo cosifica (aquí, Lukács y su tesis sobre la “reificación” sirven de base) y lo convierte en un “objeto” que debe ser tratado como mera mercancía... ¿Les suena hoy en día ese tipo de racionalidad? Podemos ser más concretos y ejemplificadores.

Ganar a cualquier precio

Paseamos por un prado y vemos una vaca. Inmediatamente, pensamos que la vaca nos “da” leche para nutrirnos, carne para alimentarnos y piel para cubrirnos. En realidad, la vaca no nos “da” nada; no aceptamos de ella una “donación”, sino que cometemos con ella un “expolio”. A la vaca la convertimos en un simple instrumento del que obtener un beneficio inmediato, gracias a que hemos aprendido a interferir tecnológicamente en sus procesos de selección y reproductivos de forma que tenga siempre las ubres a reventar. Por haber estudiado su anatomía y mejorado los sistemas de corte la podemos descuartizar en serie, así como sabemos aplicar métodos de despellejamiento y curtido. La vaca no nos “da” leche, carne y piel; a la vaca la ordeñamos, la descuartizamos y la despellejamos porque no es una vaca, es una simple “cosa” puesta a nuestra entera disposición y servicio. La llamada crisis climática y ecológica es el resultado de aplicar exclusivamente la razón instrumental sobre el mundo y sobre nosotros mismos, que dejamos de ser algo superior y trascendente para devenir un mero recurso enteramente disponible que explotar.
¿Otro ejemplo? El descrédito de la democracia en cuanto algo que no tiene un valor supremo (ni siquiera el de la propia democracia) que se anteponga al interés particular del “ganar” de los agentes activos (partidos, corporaciones o políticos). La finalidad no es el bien común, sino conservar la mayoría, asegurar el escaño, el beneficio. El medio, el que vale, sobre el que se vuelca la razón, es la demoscopia, el marketing , la imagen, la estrategia, la disciplina de partido, la oratoria sofista y toda una cohorte de “asesores” y“expertos” en conseguir que lo que “vendemos” nos garantice que se seguirá “vendiendo”. En asegurarnos nuestro objetivo, que no es otro que el “ganar”, sin ni siquiera plantearnos de verdad si le conviene a la mayoría, al mundo y al sentido que sigamos “ganando”.
El diálogo es de los hermanos Marx:
“- Vamos, Ravelli, vayamos más deprisa.
- Pero ¿para qué, jefe, si no vamos a ninguna parte?
- ¡Pues entonces corramos y acabemos de una vez con esto!”.
Esto es un “progreso” sin finalidad ni sentido, un desarrollo vacío. Ahora, gracias a la razón instrumental, podemos ir muy deprisa, pero la pregunta que nunca resolverá la razón instrumental sigue ahí: “Pero ¿alguien sabe adónde leches vamos a toda leche?”.

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