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Desembarco estadounidense en Manila

Estados Unidos atacó Filipinas –ocupada por Japón–, en 1945. La conquista de Manila tenía ya escasa importancia estratégica en la escenario bélico, pero provocó la muerte de más de 100.000.

Los japoneses habían atacado Pearl Harbor el 7 de diciembre de 1941 y, al día siguiente, ocuparon con rapidez el archipiélago filipino, donde en ese momento vivían más de 800.000 americanos.
Cuarenta y dos años antes, en 1899, Estados Unidos había desalojado a los españoles y se había hecho con el poder. En 1907, Filipinas consiguió una independencia parcial, pero en el archipiélago aún vivían muchos estadounidenses, tanto civiles como militares. Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, el cuartel general de la Flota del Pacífico se encontraba en Corregidor, una pequeña isla en la bahía de Manila. Al mando estaba el excéntrico y popular general MacArthur, famoso por su gorra, sus gafas de sol y su pipa de maíz siempre en la boca.
A los pocos días de la invasión japonesa, la Marina americana recibió la orden de abandonar Corregidor y dirigirse a Java. MacArthur viajó a Australia en marzo de 1942. Al llegar, fiel a su estilo, pronunció un profético discurso en el que aseguraba que regresaría para liberar Filipinas. “Volveré”, prometió el general.
MacArthur cumplió su palabra. En otoño de 1944, desembarcó en la isla de Leyte con 175.000 hombres y liberó tanto Leyte como la isla de Mindoro. Los americanos eran superiores en número, así como en equipamiento militar, y ganaron rápidamente. Los siguientes objetivos eran la isla de Luzón y la capital de Filipinas, Manila.
El 9 de enero de 1945, el 6º Ejército americano, al mando del teniente general Walter Krueger, apoyado por la 1ª División de Caballería, desembarcó en el golfo de Lingayen (isla de Luzón), 150 kilómetros al norte de la capital. A finales de ese mes –el día 31–, el teniente general Joseph Swing desembarcó a 60 kilómetros al sur de Manila con parte del 8º Ejército. Los tres cuerpos recibieron luego el refuerzo adicional de los paracaidistas de la 11ª División Aerotransportada.

La ciudad era difícil de defender

Los 70.000 efectivos del 6º Ejército no fueron destinados en su totalidad a Manila. Parte de las tropas se dedicaron a combatir a tres grupos del ejército japonés –Shimbu, Kembu y Shobu– que habían sido desplegados al norte de Luzón por el comandante japonés de Filipinas, Tomoyuki Yamashita, para impedir que los americanos alcanzaran la capital.
Yamashita casi había abandonado la defensa de Manila, que, por encontrarse en terreno llano y abierto, podía ser atacada fácilmente por mar. Además, en una ciudad donde la gente vivía en pobres chozas de madera y pasaba hambre, resultaba difícil alimentar a las tropas imperiales. Tampoco tenía Manila una gran importancia estratégica en el marco general de la guerra.
Pero una cosa era que Yamashita no tuviera un interés especial en conservar la ciudad y otra que los soldados del Imperio estuviesen dispuestos a entregarla. En Manila había 12.500 marinos y 4.500 soldados al mando del contraalmirante Sanji Iwabuchi que, en consonancia con la tradición militar japonesa, habían recibido la orden de no rendirse. Estas tropas habían montado barricadas en cruces estratégicos, sembrado las calles de minas y abatido palmeras para bloquear el paso. Se encontraban fuertemente atrincheradas en edificios públicos y hospitales, así como en Intramuros, el centro histórico de la ciudad.
El problema era que los habitantes locales también se hallaban atrapados dentro. A diferencia de MacArthur en 1942, Iwabuchi no había declarado Manila “ciudad abierta”, lo que habría permitido a los civiles escapar a los combates. Según preparaba a sus 17.000 hombres para la batalla, el contraalmirante se mostró inflexible: “Nos sentimos muy felices y agradecidos por esta oportunidad de servir a nuestro país en una batalla épica. Ahora, con las fuerzas que nos quedan, nos enfrentaremos valientemente al enemigo. ¡Banzai al emperador, estamos decididos a luchar hasta el último hombre!”.
Estos guerreros japoneses que preferían el sacrificio a la rendición se enfrentarían a unas fuerzas americanas que les doblaban en número y tenían un armamento decididamente superior, además de contar con el apoyo de 3.000 miembros de la Resistencia filipina.
Al día siguiente de la liberación de los prisioneros de la Universidad de Santo Tomás, el general Chase recibió la orden de tomar el puente Quezón, sobre el río Pásig, que dividía Manila en dos e impedía a las tropas llegar al centro de la ciudad. Los servicios de inteligencia estadounidenses habían informado de que era el único puente que los japoneses aún no habían bombardeado en su retirada. Allí los americanos fueron recibidos con una ráfaga de ametralladora que partía de unas barricadas hechas con vigas de hierro y vehículos averiados. Cayeron varios soldados, pero a pesar de este revés los atacantes siguieron avanzando y cruzaron el Pásig.
Iwabuchi comprendió pronto que el enemigo era superior. Los japoneses no podían hacer nada contra las granadas y los tanques americanos, pero en lugar de alzar los brazos y rendirse se dedicaron a perpetrar una masacre contra la población civil. Fueron calle por calle prendiendo fuego a las viviendas de madera con lanzallamas y bombas incendiarias y tirando granadas dentro de las casas o en los sótanos donde se refugiaban los aterrorizados habitantes locales. Quienes se cruzaban en su camino eran aniquilados con rifles o ametralladoras.
Más información sobre el tema en el artículo La masacre de Manila. Aparece en el MUY HISTORIA, de la colección II Guerra Mundial dedicado a Grandes errores del Eje y los Aliados.
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