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Victoria I, emperatriz del mundo

La reina Victoria I (1819-1901) fue el mayor símbolo del nacionalismo británico y de una moral estricta y represora, pero con ella llegó el ascenso de las clases medias y el mayor despliegue exploratorio que había conocido Gran Bretaña. En teoría, nunca debería haberse sentado en el trono de Inglaterra. Alejandrina Victoria, que había nacido en el palacio de Kensington en Londres el 24 de mayo de 1819, era hija de Victoria María Luisa, hija del duque de Sajonia-Coburgo- Saafeld, y de Eduardo Augusto, duque de Kent, nada menos que cuarto hijo de Jorge III y hermano menor de Jorge IV y Guillermo IV.


Sin embargo, Guillermo IV no tuvo descendencia y al fallecer el 20 de junio de 1837, dejó como heredera directa a Victoria, que fue coronada con tan sólo 18 años. Hubiérase pensado que semejante sucesión de acontecimientos tendría que haber alterado a la joven, pero la realidad es que no dejó de ser un personaje de carne y hueso con pulsiones muy semejantes a otras chicas de su edad. De hecho, cuando en 1840 se casó con su primo carnal Alberto de Sajonia-Coburgo-Gotha, se enamoró y dedicó los años siguientes al cuidado de una vida familiar que entre otros frutos le dio nueve hijos a los que atendía con acentuado celo. Intensa vida doméstica, desde luego, pero no menos ocupada vida política.

? Sólo hacía buenas migas con los conservadores
Durante sus primeros años en el trono, el mentor político de Victoria fue Lord Melbourne, el jefe del partido liberal, que le inculcó la necesidad de que la reina fuera plenamente constitucional y reinara sin gobernar. Victoria aceptó sin problemas esa visión, pero comenzó a modificarla a partir de 1841 cuando los liberales fueron derrotados y sustituidos por los conservadores. Bajo la influencia de su esposo y de Robert Peel, la reina comenzó a plantearse la posibilidad de intervenir siquiera en las decisiones que afectaran a la política exterior. Se trataba de un planteamiento que no preocupaba a los conservadores, pero que la llevó a chocar con los liberales.

En 1850, Victoria tuvo claras diferencias con lord Palmerston, ministro de Asuntos Exteriores, por su empeño en discutir la política internacional británica. La crisis se zanjó con la destitución de Palmerston, pero la popularidad de que gozaba la familia real se vio muy dañada, ya que era sentimiento extendido el de que Victoria se estaba excediendo en sus funciones. Un nuevo golpe recibió la estima de que gozaba la soberana cuando manifestó su oposición a la guerra de Crimea en 1854. Victoria no veía la razón para intervenir en un frente lejano en el que, en apariencia, los británicos no iban a ganar nada salvo dolor y muerte. Sin embargo, el conflicto era popular por su mezcla de idealismo y de sentido práctico y, al fin y a la postre, tuvo que darle su respaldo. Incluso en 1856, instituyó la Cruz Victoria como condecoración máxima en tiempo de guerra.

? Destrozada por la temprana muerte de su marido

Al año siguiente, tuvo lugar un hecho que marcaría a fuego la vida de Victoria. Nos referimos a la muerte de su marido, Alberto, en 1861. El golpe emocional llevó a Un contencioso que aún colea El conflicto con Irlanda  fue uno de los problemas no resueltos del reinado de Victoria. Derecha, delegados del Sinn Feinn en Londres. temer por la salud mental de la reina, ya que se encerró en sí misma y permitió que el príncipe de Gales asumiera los deberes protocolarios. A pesar de todo, no puede decirse que Victoria se desentendiera de lo que sucedía. De hecho, superó la crisis y comenzó la etapa más floreciente de su reinado. Durante esos años, Victoria tuvo que nombrar distintos gabinetes de carácter liberal y conservador presididos por Gladstone y Disraeli. De manera bien significativa, ambos eran piadosos protestantes, pero sus políticas diferían notablemente. Victoria aborrecía al liberal Gladstone, que legalizó los sindicatos, que no deseaba intervenciones en el exterior -a esa política se debió la muerte en soledad de Gordon enfrentándose con el Mahdí en Jartum- y que estaba dispuesto a conceder la autonomía o Home Rule a Irlanda. Por el contrario, sentía verdadera veneración por el conservador Benjamín Disraeli, un judío converso que la coronó emperatriz de la India en 1876 -gesto al que ella respondió nombrándole conde de Beaconsfield- y que representó con creces el espíritu de la época. De forma patente, la popularidad de Victoria fue aumentando con el paso de los años en paralelo con la subida del nivel de vida de los británicos, por eso no resultó sorprendente que las celebraciones de su quincuagésimo (1887) y sexagésimo aniversario (1897) en el trono constituyeran verdaderas explosiones de respaldo popular.

? Apoyó sin paliativos la guerra contra los boers
A esas alturas, Victoria era una convencida de los beneficios que la Pax Británica podía aportar al mundo. Resuelta a no repetir errores como los que se dieron años atrás con la guerra de Crimea, apoyó sin palia tivos la guerra contra los boers (1899-1902). Cuando exhaló su último aliento el 22 de enero de 1901, concluyó un reinado que había durado más de seis décadas y Gran Bretaña se había convertido en la primera potencia mundial. Aunque no pocos insistieron en hablar con desprecio de la época victoriana y de sus prejuicios morales -¡como si estos no existieran en todas las épocas y lugares!-, había sido el período de mayor esplendor de la historia británica.

PARA SABER MÁS

Esteban Canales.
La Inglaterra Victoriana.
Ediciones Akal. Madrid, 1999.

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