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Descubriendo la Sagrada Familia, la sinfonía inacabada de Antoni Gaudí

Gaudí asumió la construcción de la Sagrada Familia en 1883 pero, más de un siglo después, la impresionante basílica sigue inacabada.

Cuando uno está en Nueva York tiene que ir (aunque sea pasar por delante) al Empire State Building. Si vas a Roma y no visitas el Coliseo o el Vaticano el viaje se siente vacío, incompleto. En Tokyo, es de obligado cumplimiento cruzar el paso de peatones de Shibuya y pobre aquel que esté en Yucatán y no se admire con las ruinas de Chichén Itzá. Todas las ciudades del mundo, sin importar el país, tienen uno o varios lugares en los que reside su alma y que son un punto de reunión tanto para los propios como para los ajenos. Así, si vas a Barcelona y no paseas por los alrededores de la Sagrada Familia, si no levantas la vista y abres la boca al comprobar la impresionante altura de sus torres, si no te das un baño de bosque recorriendo sus naves y galerías cubiertas por la luz de las vidrieras, es como si no hubieras estado en Barcelona.
El proyecto de la Sagrada Familia surgió de Josep María Bocadella quien, tras hacer un viaje por Europa, consideró que la Ciudad Condal necesitaba un templo expiatorio sufragado con las donaciones y limosnas de los propios fieles. Por cosas del destino, en 1883 el encargo llegó a manos de Antoni Gaudí, un joven y reconocido arquitecto que superó con creces las expectativas en el diseño y se embarcó en lo que parecía una empresa imposible o, por lo menos, hercúlea. Gaudí, ambicioso y con grandes deseos de hacerse un nombre y enriquecerse, imaginó un templo como ningún otro que se hubiera visto y se comprometió a terminarlo en diez años, pero las cosas se torcieron. Los constantes problemas tanto en la financiación como en la construcción hicieron de la Sagrada Familia el tormento y la obsesión de Gaudí, su Moby Dick particular. En 1926, el arquitecto murió sin haber visto terminada su obra.
Desde ese momento, la Sagrada Familia ha flotado en un limbo que ha prolongado su construcción más de un siglo. La idea de Gaudí y sus diseños se han respetado todo lo posible pero el paso del tiempo y el contexto económico y social de cada momento han ido alterando esa oda a la religiosidad y la naturaleza que el catalán había soñado. En la actualidad, y sin saber qué pensaría Gaudí al verla, es innegable que la Sagrada Familia guarda como un tesoro la esencia de Barcelona y que es uno de los monumentos más impresionantes no solo de España, sino del mundo (y así lo demuestran los millones de visitantes que acuden a su cobijo cada año).
La Sagrada Familia es un cuadro que se quedó a medio pintar, una sinfonía que alguien no llegó a componer. Una obra maestra inacabada, pero una obra maestra.

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