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Atentados del 11-S: sangre y lágrimas entre los escombros

El 11 de septiembre de 2001 parte del mundo se estremecía. Dos aviones comerciales se estrellaban contra los edificios más altos de Nueva York; el World Trade Center.

Un segundo y todo cambió. El mundo entero quedó pegado frente al televisor mientras veía cómo el horror y la muerte llovían sobre la ciudad de Nueva York. En apenas unas horas, 3.000 vidas fueron sesgadas y enterradas bajo toneladas de hierro fundido. Un antiguo odio surgido de odios previos, rencores y disputas sobre esta fe o la otra que pagan aquellos de ambos bandos que solo ven cómo se manejan los hilos, sin poder moverlos ni librarse de ellos. Todo un país quedó marcado por la tragedia y puede que nunca llegue a superarla del todo. Ese aciago 11 de septiembre de 2001 comenzaba el siglo XXI, con todo lo bueno y todo lo malo que eso implica.
Los atentados del 11-S, unos de los más desastrosos del joven siglo que nos ha tocado vivir, supusieron un duro golpe para la población estadounidense y el nacimiento de un miedo incierto en todo el planeta. Significó, entre muchas otras cosas, un nuevo tipo de guerra contra un enemigo fantasma, capaz de atacar en cualquier momento y lugar y de la que los civiles son los que salen peor parados. El terrorismo se ha extendido como una serpiente entre la maleza, esperando el momento idóneo para morder de nuevo y retirarse hasta el próximo festín. Y ese miedo, racional por una parte, y el aún latente dolor por aquellos que se perdieron se han convertido en una cerilla para que arda el polvorín de la manipulación, del odio y del sacrificio de las libertades en beneficio de la seguridad. A veces, el castigo viene antes del crimen.
Pero, como suele pasar en las grandes tragedias, los pueblos se unen en solidaridad para superar el trauma y seguir camino, pues solo hay una dirección hacia la que vivir y es adelante. La devastada Zona Cero se reconstruyó como un recuerdo y un rayo de esperanza, una muestra de la fuerza de voluntad y el inquebrantable espíritu de lucha de la gente. El 11 de septiembre fue uno de esos días que, dentro de mucho tiempo, se seguirá hablando de él y se discutirá sobre lo que significó o lo que pudo significar. Los ataques del 11-S abrieron los ojos al mundo, y de ellos brotó una lágrima negra que no se puede borrar.

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