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Los instrumentos de tortura de la Inquisición

El tribunal del Santo Oficio utilizaba diferentes métodos de tortura para obtener las confesiones de los encausados. Cada uno de estos objetos refleja el grado de crueldad que imperaba en la época.

La Edad Media es uno de los periodos más convulsos y oscuros de la historia de la humanidad, caracterizada por las constantes guerras, las persecuciones religiosas y, en última instancia, el olvido o rechazo a todos los avances que se habían logrado durante la Edad Antigua. Si nos centramos en las persecuciones por cuestión de credos y creencias no podemos dejar de mencionar a la Inquisición, un organismo que surgió en Europa en estas fechas para controlar la fe de la población.
Mientras que en Francia apareció en 1184 debido a la creciente influencia que los llamados herejes cátaros estaban ganando en el territorio, en España no sería hasta 1478 cuando el Tribunal de la Santa Inquisición Española se establecería. Se trataba de un órgano ligado al poder de Roma pero independiente del mismo, ya que respondía directamente a las coronas de Castilla y Aragón. Su primer objetivo era controlar la tendencia judaizante y asegurarse de que no existieran falsos conversos que siguieran practicando otras religiones distintas al cristianismo. El Tribunal de la Santa Inquisición Española contó con el apoyo total de los Reyes Católicos y ostentaría un gran poder durante el reinado de los Austrias y, en menor medida, de los Borbones.
Sin duda una de las figuras más importantes de la Inquisición Española fue Tomás de Torquemada, nombrado inquisidor general de Castilla en 1483 por Isabel la Católica y responsable de la expansión de los tribunales a otros territorios de la península (Ávila, Córdoba, Jaén, Medina del Campo, Segovia, Sigüenza, Toledo y Valladolid) e incluso a los de la Corona de Aragón, que habían mostrado sus reticencias. Entre 1480 a 1530 se produjo una de las etapas de persecución contra judeoconversos más intensas de la Inquisición y las cifras varían, según a qué historiador o estudio se recurra, entre 2.000 y 10.000 muertos.
Conforme su fuerza y presencia crecían, también lo hacían sus tareas. La Inquisición Española amplió su vigilancia a cualquier persona que pudiese desviarse de la ortodoxia clásica cristiana y llegó incluso a crear el Índice de libros prohibidos en 1551, que contaba con bastantes más títulos que el hecho por Roma.
La Inquisición Española sería disuelta en 1808 por orden de Napoleón Bonaparte y otra vez en 1813 por las Cortes de Cádiz, pero el regreso de Fernando VII trajo con sigo su restauración. Volvió a prohibirse tras el pronunciamiento de Rafael de Riego, durante el Trienio Liberal, se restauró en la Década Ominosa y terminó siendo abolida definitivamente por la reina regente María Cristina el 15 de julio de 1834.
Es probable que se haya exagerado el sadismo de la Inquisición, pero existen pruebas y testimonios suficientes como para poder definir algunas de sus prácticas como “brutales”. A continuación exponemos algunos de los instrumentos de tortura más utilizados por el Tribunal del Santo Oficio.

Instrumentos de tortura

Maquinaria del pánico

Sobre la Inquisición española reina una leyenda negra procedente del exterior, especialmente del mundo anglosajón, que generó una imagen cruel que no responde a la realidad. A partir de un estudio del Tribunal Inquisitorial de Toledo entre los años 1485 y 1516, la profesora de la Universidad Complutense de Madrid María del Pilar Rábade Obradó afirma que no se recurría de forma demasiado habitual a la tortura. La explicación resultaba bastante simple, ya que si la Inquisición buscaba una confesión, a la mayoría de los condenados les bastaba con entrar en las cámaras de tortura y ver los instrumentos con los que iban a ser atormentados para declarar. Hay que añadir, además, que en esta época justicia y tortura iban de la mano, y todos los tribunales empleaban el tormento para lograr confesiones. Pese a ello, no hay que olvidar la crueldad que empleó el Santo Oficio con muchos de los procesados, y la pesadilla que supuso para los judeoconversos que lograron escapar de sus garras.

La sangrienta doncella de hierro

Este aparato de tortura, que parece tener sus orígenes en Alemania, se relaciona también con el Santo Oficio. Se trata de una especie de ataúd vertical con rostro femenino que debía aterrorizar nada más verlo. En su interior se alojaban un montón de clavos de hierro puntiagudos que se clavaban en diferentes partes del cuerpo del condenado, incrementando su angustia y martirio.

El aplastacabezas

La forma y el nombre de este instrumento de tortura medieval no dejan lugar a la imaginación. El condenado apoyaba la barbilla en la base y la cabeza quedaba encajada en el casquete. Empleado para lograr confesiones, los verdugos hacían girar el tornillo causando en primer lugar la rotura de dientes y mandíbula. Si el torturador seguía apretando, el tornillo podía llegar a destrozar el cráneo de la víctima, expulsando su cerebro por la cavidad ocular.

El potro de tortura

Este aparato es uno de los instrumentos de tortura más conocidos. Con el objetivo de que el procesado confesase, se le colocaba boca arriba en esta tabla en la que era atado de pies y manos; después, se estiraban sus extremidades mediante una polea hasta dislocarlas.

La horquilla del hereje

Los encausados por la Inquisición debían abjurar de sus errores, y con los herejes se utilizó esta especie de tridente con cuatro puntas afiladas que se clavaban bajo la barbilla y en el esternón. Este sistema no permitía moverse, por lo que era casi imposible pronunciar una sola palabra, y de las pocas que lograban decir entre susurros los que lo padecieron estaba el abiuro con el que renegaban de sus creencias.

Ruedas de despedazar

Empleada para delitos muy graves, fue una de las torturas más desmedidas y espantosas. El penado era colocado desnudo en el suelo y con la misma rueda se le rompían los huesos y articulaciones de las extremidades, incluídas cadera y hombros. Posteriormente se le ataba a la rueda, que era colocada sobre un poste, y se le daba comida y bebida hasta que moría, quedando su cuerpo a merced de las aves carroñeras.

Cuna de Judas

Este método estaba pensado para obtener una confesión rápida. El reo era suspendido por la cintura con una abrazadera de hierro y quedaba colgado justo encima de una puntiaguda pirámide sujetada por un trípode. Si el condenado se dormía o relajaba, se clavaba la afilada punta en los genitales. Además, si no confesaba, eran los propios verdugos los que bajaban al procesado suavemente o con todo el peso del cuerpo.

El garrote vil

Utilizado por la Inquisición con los reos arrepentidos para que no sufrieran los padecimientos de la hoguera, era visto como una forma de muerte menos dolorosa. A pesar de ello, muchos de los condenados sufrieron lentas agonías, muriendo por estrangulamiento y no por la rotura del cuello. Este artilugio para administrar la pena capital alcanzó en España su máximo esplendor, sobre todo, a partir del reinado de Fernando VII, que lo institucionalizó en 1832.

Toro de Falaris

Empleado ya por los romanos y rescatado por el Santo Oficio, imitaba a una olla con forma de bovino. Se introducía al acusado en su interior y se encendía una fogata debajo, hasta que el reo quedaba totalmente calcinado. Los gritos de dolor del prisionero salían por la boca del animal.

La picota en tonel

Los borrachos debían tener mucho cuidado en tiempos de la Inquisición. Algunos de ellos tuvieron que enfrentarse al escarnio público portando este pesadísimo tonel de madera por las calles. Pero lo peor no era eso, si no el propio cóctel de excrementos y orines que se encontraba dentro de este artilugio, que llevaba a muchos a morir por la insalubridad del mismo.

La garrucha

Era una práctica común en Europa que consistía en atar al prisionero por las muñecas, ponerle peso extra en los pies y elevarlo a través de un sistema de poleas. Cuando estaba en el punto más alto posible se le dejaba caer pero la cuerda tenía una longitud medida para que no chocase contra el suelo. El dolor no venía del impacto sino de la violenta sacudida que el preso sufría al quedar sin cuerda y que normalmente provocaba que se dislocasen los brazos.

La pera vaginal, oral o anal

Se trata de un artilugio metálico con forma de la fruta que le da nombre, estrecho por un lado y más grueso por el otro, que se introducía en la cavidad vaginal, oral o anal según el delito del que estuviese acusado el torturado. Una vez dentro, la pera incluía un tornillo o manivela que hacía que se abriese al girarlo, provocando un desgarro muy doloroso. Existía una variante que además desplegaba púas metálicas.

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